Imaginarios colectivos: su impacto en la familia y la clínica

Fecha: 24 septiembre, 2026

Autor:

Ittamar Hernández

 

El tratamiento psicoanalítico no se lleva a cabo en el vacío. Se despliega en un espacio que le da forma y significado. El proceso analítico se desarrolla dentro de ciertos límites, con un trasfondo estable.

Al inicio del análisis, el terapeuta propone al consultante una forma de trabajo en equipo, en la que solo participan los dos integrantes de la pareja analítica: paciente y analista. Este modelo de cooperación en conjunto da origen al encuadre o setting. El encuadre se ha entendido, en líneas generales, como el conjunto de constantes que crean el dispositivo analítico para que pueda llevarse a cabo el método. Greenson (1976) lo define como “el contexto físico y los procedimientos acostumbrados de la práctica psicoanalítica que son parte integrante del proceso de psicoanalizar” (p. 388).

La principal finalidad del encuadre consiste en poner un marco de normas “definido y estricto a su relación con el paciente para que el tratamiento se desarrollara en la mejor forma posible, con la menor perturbación posible ” (Etchegoyen, 1986, p. 473). Por lo tanto, el encuadre en sí es un sostén del proceso psicoanalítico. Para Greenson (1976), la importancia del encuadre consiste en que el ambiente analítico facilita las reacciones de transferencia y favorece la alianza terapéutica. En la literatura psicoanalítica actual, el encuadre es pensado como un “artefacto que tiene por finalidad permitir la contención, observación, transcurso del proceso psicoanalítico y muy específicamente el desarrollo del vínculo transferencia – contratransferencia” (Espíndola, 2016, p. 254). Estos lineamientos garantizarían el mínimo de interferencias en la tarea clínica y ofrecerían el máximo de información sobre el estado mental y mundo interno del paciente.

Freud estuvo siempre interesado en establecer criterios técnicos que permitieran acceder al material inconsciente y en encontrar un método que pudiera disolver las defensas. Elementos como la disminución de los estímulos externos, que el paciente no vea al analista, que el terapeuta esté relativamente callado, que no haya contacto físico y la petición de que el paciente diga todo lo que se le ocurra permanecen como remanentes de lo que Freud buscaba como recreación de un estado de sueño (Greenson, 1976). A estos lineamientos se le suman los relacionados con los horarios —de preferencia, que sean los mismos días de la semana, a la misma hora—, el número de sesiones semanales, los honorarios, el lugar donde se va a llevar a cabo el análisis y el tiempo que dura la sesión, entre otros.

Sin embargo, como menciona Etchegoyen (1986), “los consejos de Freud no solo se refieren a las constantes del encuadre, sino a la actitud mental del analista” (p. 476). Esta actitud emocional, dirá Meltzer (citado en Ortiz, 2022, p.11), es esencialmente parental y consiste en la disposición de trabajar de manera interesada, comprometida, neutral pero empática, paciente, amable, atenta, de respeto y genuina escucha, para que se genere un ambiente donde las partes infantiles y conflictivas sean permitidas y liberadas. Se da, entonces, un núcleo compartido de normas aplicadas al tratamiento psicoanalítico, pero con capas modulares definidas por algunas modificaciones en beneficio del tratamiento a lo largo del análisis.

Como en todo proceso, estas normas compartidas van evolucionando. Al principio, el paciente llega con una idea preformada del análisis y del analista, y los experimenta según su estructura de personalidad (Meltzer, citado en Espíndola, 2016). De manera paulatina, el terapeuta despeja estas expectativas y el encuadre “se asimila a través de la identificación con el método” (p. 261) y el trabajo analítico del analista, especialmente en pacientes neuróticos y no tan graves.

Diversos cambios se han planteado relacionados con el encuadre. A continuación, se expondrán algunos de ellos. Tradicionalmente se piensa que el terapeuta interviene en la sesión sólo para hacer una interpretación y poder llegar a un insight. Etchegoyen (1986), siguiendo las ideas de Liberman, sugiere que cada estructura muestra un estilo narrativo específico, y que al terapeuta le puede favorecer, asimismo, un estilo interpretativo. Por ejemplo, ante un paciente melancólico que habla poco, con volumen bajo y con baja vitalidad en su relato, el terapeuta puede optar por subir el volumen y tono de voz, incluso agregar algunas palabras para revitalizar el diálogo; o, por lo contrario, pausar a un paciente que se presenta verborreico, en un estado de manía. De esta manera, en ambos casos, a pesar de no ser interpretaciones como tal, no se afecta el modelo del encuadre y se permite que el terapeuta pueda inyectar mayor vitalidad a una mente desamparada, o bien pueda marcar un límite a una mente más desbordada. Estas ligeras modificaciones rompen con la idea de un terapeuta estandarizado.

A veces es necesario contener con más frecuencia a los pacientes no-neuróticos y ofrecerles mayor sostén afectivo mediante ciertos recursos que quizá no convendría ofrecerlos a los pacientes neuróticos. Ante ansiedades de separación muy intensas en fines de semana o interrupciones por vacaciones, el paciente grave puede sentirse que se desintegra. En estos casos, por ejemplo, la posibilidad de hacer una llamada en un día inhábil y que el analista esté receptivo a ella disminuye la angustia hasta el reencuentro.

En conclusión, ¿hay que modificar el encuadre según la psicopatología? Esto es un tema controversial al que no se ha llegado a algún acuerdo. Para los pacientes graves ha habido dos tendencias: la clásica, que propone que no haya cambios en el encuadre, y la que permite introducir innovaciones. Quizá se pueda llegar a una solución salomónica: mantenerse según los principios básicos del encuadre, que, como se ha dicho, dan sostén y movilizan el proceso terapéutico, y, a la vez introducir elementos extraordinarios para ciertos casos. Por lo contrario, en todos los casos, la transferencia, las fantasías inconscientes, las defensas, las angustias, los actings, entre otros fenómenos clínicos, son factores que no pueden soslayarse y deberán ser tomados en consideración en el trabajo sesión a sesión.

 

Referencias:

Espíndola, G. (2016). El encuadre en la clínica psicoanalítica contemporánea. En Conflictos, pérdidas y angustias depresivas en los vínculos intersubjetivos: Jornadas Eleia 2016 (pp. 251–264).

Etchegoyen, H. (1986). Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Amorrortu Editores.

Greenson, R. (1976). Lo que requiere el psicoanálisis del encuadre analítico. En Técnica y práctica del psicoanálisis (pp. 388–391). Siglo XXI Editores.

Ortiz, E. (2022). Donald Meltzer: Actualizaciones en psicoanálisis. Eleia.