La función paterna, desde una perspectiva psicoanalítica, no se refiere únicamente al padre como persona. El padre tiene una función. simbólica que introduce límite, separación y orientación. Su importancia radica en abrir una distancia necesaria en la relación entre madre e hijo para que el niño pueda construir un deseo propio. Esta función no depende solo de la presencia del padre real. Debe existir una referencia simbólica capaz de mediar la relación y transmitir la idea de un mundo más amplio de vínculos, límites y palabras. Massimo Recalcati plantea que el problema contemporáneo radica en sostener una función de mediación, transmisión y horizonte. El declive de la autoridad paterna ha debilitado las referencias capaces de orientar a las nuevas generaciones. La función paterna se sostiene cuando un adulto puede poner límites sin autoritarismo, orientar sin borrar la libertad y ofrecer una presencia capaz de sostener el orden simbólico.
En psicoanálisis, la función paterna no se refiere únicamente al padre como persona, sino a una función simbólica que introduce límite, separación y orientación. Su papel no es castigar ni imponer autoridad, sino abrir una distancia necesaria en la relación inicial entre madre e hijo, para que el niño no quede colocado como aquello que completa a la madre y pueda empezar a construir un deseo propio (Lacan, 1999).
Desde Lacan (1999), esta función no depende únicamente de la presencia del padre real. Lo importante no es solo que el padre esté o no esté físicamente, sino que exista una referencia simbólica a un tercero: una ley, un límite, una palabra que medie la relación entre la madre y el hijo. En el día a día, esto significa que un padre puede estar en casa todo el día y estar ausente en su función, o no vivir ahí, pero dejar una huella clara de límites y estructura.
Esta función puede aparecer también en el discurso de la madre, cuando ella transmite que el niño no lo es todo para ella y que ambos forman parte de un mundo más amplio de vínculos, límites y palabras (Lacan, 1999). Por ejemplo, cuando una madre le dice a su hijo: “Ahora no puedo jugar porque voy a salir con mis amigas” o “Esto no se puede hacer porque hay una regla”, está introduciendo la idea de que existe un mundo más allá de la relación madre-hijo.
El padre, entonces, no debe entenderse solamente como una figura concreta, sino como una metáfora: una función simbólica que introduce una sustitución en la relación inicial madre-hijo. Cuando no aparece una función que marque un límite, al niño puede costarle más trabajo reconocer que no todo gira alrededor de lo que él quiere. La función paterna ayuda a introducir la existencia de los otros: sus deseos, sus tiempos, sus necesidades y sus límites. Aunque el padre es quien marca el límite, la madre tiene que permitirle marcar ese límite, de lo contrario su fuerza se debilita (Lacan, 1999).
Para Massimo Recalcati (2014) el debate contemporáneo no consiste en restaurar al padre autoritario, sino en preguntarse qué formas actuales pueden sostener esa función de mediación, límite y transmisión. El autor retoma esta preocupación desde el contexto actual: el padre tradicional ha perdido fuerza, pero eso no significa que ya no sea necesaria una función capaz de orientar, separar y transmitir un horizonte. Como él mismo señala de forma contundente: “La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremisiblemente a su ocaso” (Recalcati, 2014, p. 11). Este autor nos habla del declive de la autoridad paterna como lugar simbólico. No se refiere solamente a que los padres reales estén ausentes o sean menos autoritarios, sino a que la función que antes orientaba, ordenaba y daba cierto marco de sentido ha perdido fuerza. Los padres han tomado el lugar de amigos y, al hacerlo, han dejado huérfanos a sus hijos, borrando la distancia necesaria para guiarlos.
¿Qué le sucede cuando las reglas no son claras y las autoridades tradicionales se desvanecen? Recalcati (2014) lo describe así: “Nos hallamos en la era del ocaso irreversible del padre, pero estamos también en la era de Telémaco; las nuevas generaciones observan el mar aguardando a que algo del padre regrese” (p. 13). En este sentido, más que una ausencia, hay una función debilitada –aquella que ponía límites y abría un horizonte de sentido. Recalcati recurre al mito de Telémaco en la Odisea. Él es el hijo que mira obsesivamente al mar, justo al punto por el que desapareció la embarcación de su padre, esperando el regreso de Ulises para que restaure el orden en su casa y los rescate a él y a su madre de los invasores que pretenden usurpar su hogar (Recalcati, 2014).
¿Y cuáles son los dilemas de nuestra época? Jordi Soler (2015), en su ensayo “Los hijos de Ulises”, alude a que el problema actual no es que los jóvenes quieran rebelarse contra un padre tiránico, como en Edipo; el problema es la evaporación de reglas claras y de referencias capaces de orientar. En este sentido, los jóvenes se parecen más a Telémaco: no se trata de una rebelión contra la ley, sino de una espera por referencias adultas capaces de orientar y transmitir un horizonte. No necesariamente esperan el regreso de un padre autoritario. Más bien, buscan la aparición de una palabra adulta capaz de orientar, poner límite y devolver cierto orden simbólico en medio del caos.
Las nuevas generaciones siguen esperando algo de esa función paterna. Más allá de buscar necesariamente al padre fuerte, dictatorial o idealizado del siglo pasado, esperan una presencia adulta que pueda introducir una ley que regule el caos, que no lo aplaste con autoritarismo, pero que tampoco lo abandone a su propia suerte (Recalcati, 2014).
Podría pensarse que, en nuestra práctica, cada vez podríamos cruzarnos con más jóvenes angustiados por la falta de rumbo, que son sujetos oprimidos por una ley familiar demasiado rígida. Es decir, el malestar contemporáneo, además de estar marcado únicamente por el exceso de autoridad, también lo determina la dificultad de encontrar referencias adultas que orienten, limiten y sostengan.
La función paterna se sostiene cuando un adulto puede poner límites sin recurrir al autoritarismo y orientar sin borrar la libertad del hijo. En una cultura marcada por la incertidumbre y el vacío, las nuevas generaciones no necesitan un padre perfecto ni autoritario. Lo que falta es una presencia adulta que funcione como brújula: alguien que enseñe, a través del ejemplo, cómo sostener el timón en medio de la tormenta (Recalcati, 2014).
Referencias:
Lacan, J. (1999). Seminario 5. Sobre Las formaciones del inconsciente. Paidós.
Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama.
Soler, J. (2015, 26 de abril). Los hijos de Ulises. El País. https://elpais.com/elpais/2015/04/24/opinion/1429901083_521769.html