La ética del psicoanálisis: más allá del consumo y el utilitarismo

Fecha: 15 mayo, 2026

Autor: Cristóbal Barud

Aunque la práctica psicoanalítica corresponde, de forma general, a un servicio que se presta, la naturaleza de la relación dista mucho de parecerse al intercambio entre un cliente y un prestador de servicios. En un análisis, aquello que se demanda al terapeuta —una curación, un alivio veloz o la dispensa de consejos— no es aquello que el paciente obtendrá como producto de la terapia. ¿Para qué emprender entonces un ejercicio así?

Allí donde el paciente busca mitigar su padecer emocional mediante la adición de elementos a la vida, como consejos o directrices, el analista se ha comprometido a introducir el ámbito del significado de las experiencias como fuente del malestar. ¿Se sufre porque falta algo concreto que debe ser llenado en la vida cotidiana, o porque una enredada red de significados personales añade malestar a situaciones que ya de por sí son complejas?

Así como uno no dejaría fácilmente que otro eligiera la ropa del día o delegaría la responsabilidad de comer, el psicoanálisis promueve la responsabilidad por la propia vida y por el sentido que se le atribuye a cada momento transcurrido en su trama. En ese sentido, el método psicoanalítico lleva implícita una ética elegante en su sencillez.

¿Qué se explora en un análisis? El espacio de la terapia implica trabajar en lo intangible de la experiencia: sus afectos y significados. La simpleza del método reside en proveer una serie de condiciones a partir de las que puedan aflorar aquellos aspectos desconocidos de cada persona, libres de juicios y filtros, para entender lo más hondo y, al mismo tiempo, cotidiano de cada uno.

Para que esto ocurra, sin embargo, no basta con las buenas intenciones de ambos. Se necesitan unas cuantas diferencias en el modo habitual de escuchar, que son responsabilidad del analista.

El terapeuta debe hacerse a un lado en su cualidad de persona con intereses y conflictos propios. Pocas conversaciones cotidianas excluyen los intereses de ambos hablantes: se habla para conseguir algo, comunicar o generar un estado afectivo en el otro; esa es la naturaleza de la comunicación humana.

En el campo que establece el encuadre psicoanalítico, los intereses personales son un obstáculo para que surja aquello que conduce al paciente hacia el conocimiento de sus deseos y conflictos. Así, la conversación ocurre en dos flancos: no deja de ser una experiencia genuina en la que existen dos seres humanos que dialogan, aunque uno de ellos ha tomado para sí la misión de no introducir lo propio.

No se deja de ser humano por ser analista, pero se está advertido de los efectos de la propia subjetividad en el encuadre: los puntos ciegos o los deseos que se inmiscuyen en la escucha. De este modo, ser analista se desmarca de otros modos de conversación en los que predomina un interés, un objetivo o la transmisión de un argumento que convenza al otro o que provea algo concreto, como un alivio inmediato.

El analista no es indiferente al padecer emocional y sus efectos, sino que redirige la natural tendencia para adormecer el malestar con cosas hacia la pregunta por el significado y la toma de responsabilidad. La ganancia de un psicoanálisis faculta para que un proceso introspectivo pueda darse sin necesidad de que el analista esté presente.

En ese sentido, la terapia no es un producto que deba renovarse, como un servicio de suscripción, sino un patrimonio interno con el que se cuenta tras su finalización: la capacidad de tener un posicionamiento sobre la propia vida. Si bien la terapia analítica tarda en hacer su efecto más promisorio, sus efectos permanecen para toda la vida.

Si bien el método psicoanalítico se fundamenta en una sofisticada teoría sobre el funcionamiento mental, la experiencia de una sesión no transcurre en medio de la discusión de teorías o explicaciones causales acerca del pasado. La vía de cambio e introspección se dirige hacia la posibilidad de tener una experiencia emocional que abra preguntas en la relación con el terapeuta. Si el terapeuta va detrás del paciente, siguiendo sus empeños por entender su mundo interno, se hacen rupturas de aquello que uno creía saber de sí mismo.

Así, el proceso psicoanalítico no deja de tener como mira hacer consciente lo inconsciente, pero no por la vía de llenar con saberes aquellos huecos que interpelan a cualquier ser humano: el sí mismo, sus vínculos, la temporalidad, el fin de la vida, los amores, desamores y refugios para no sentir. Más allá de distinciones teóricas, el método psicoanalítico es aquello que provee confianza frente a la incertidumbre y el misterio de nuestros propios estados emocionales.

A la memoria de Alejandro Y. Krongold