El silencio en la situación analítica

Fecha: 10 julio, 2026

Autor: Kaori Ríos

La clínica psicoanalítica ve en el silencio aquello que todavía no puede verbalizarse. Con el tiempo, el analista aprende a diferenciar los silencios, puede haberlos hostiles, llenos de espera, temerosos, etcétera. El silencio se considera aquello que todavía no puede representarse psíquicamente. A partir de Freud, Klein, Bion y Winnicott, se analiza el silencio como resistencia, repetición, identificación proyectiva, transferencia y espacio de gestación psíquica. Se propone que el sentido del silencio depende del momento analítico, la historia del paciente y la capacidad del analista para sostener la incertidumbre, favoreciendo la simbolización y la elaboración de la experiencia emocional.

En la vida cotidiana, el silencio suele sentirse como una interrupción. Algo se detuvo, alguien no respondió o una conversación perdió continuidad. En la clínica psicoanalítica, sin embargo, el silencio adquiere otro estatuto: no necesariamente representa ausencia, sino quizá una forma distinta de presencia. A veces, incluso, el silencio puede llegar a ser lo más importante que está ocurriendo en la sesión.

El paciente calla, pero no todos los silencios son iguales. Hay silencios que protegen algo todavía demasiado frágil para ser dicho; otros funcionan como una defensa frente a una angustia que amenaza con desbordar. Existen silencios hostiles, silencios llenos de espera, silencios vacíos y silencios profundamente fecundos. El analista aprende, poco a poco, que escuchar no consiste únicamente en atender palabras, sino también en tolerar aquello que aún no puede tomar forma verbal.

Desde Freud, podríamos pensar que el silencio aparece ligado a la resistencia. En La dinámica de la transferencia (1912), señala que aquello que el paciente no logra recordar tiende a repetirse dentro del vínculo analítico. Muchas veces el silencio constituye precisamente una modalidad de esa repetición, una forma de comunicar aquello que todavía no puede representarse psíquicamente. El silencio puede expresar vergüenza, temor, dependencia, hostilidad o incluso el miedo a perder el amor del analista.

Sin embargo, reducir el silencio únicamente a resistencia empobrece enormemente su complejidad clínica. Melanie Klein amplió la comprensión del mundo interno al mostrar que la comunicación inconsciente existe desde mucho antes de la adquisición del lenguaje. En 1946, habló sobre la identificación proyectiva, explicando cómo es que aspectos intolerables del self son evacuados hacia el objeto. En la situación analítica, podríamos pensar entonces que ciertos silencios pueden generar en el analista sentimientos de vacío, desesperación, confusión o somnolencia. Lo importante no es solamente interpretar el silencio, sino preguntarse qué experiencia emocional está siendo depositada en el vínculo analítico. Para Klein, el psiquismo temprano está poblado de fantasías inconscientes. En este sentido, el silencio puede contener ataques, ansiedades persecutorias o intentos desesperados de preservar un objeto interno sentido como amenazado.

Wilfred Bion llevó todavía más lejos esta idea al pensar que muchas experiencias emocionales primitivas ni siquiera pueden ser pensadas inicialmente. En Aprendiendo de la experiencia (1962), plantea que la función del analista consiste, en parte, en recibir elementos emocionales caóticos que el paciente aún no puede metabolizar. Hay silencios que aparecen no porque el paciente “no quiera hablar”, sino porque todavía no existe una capacidad psíquica suficiente para pensar aquello que se está viviendo.

Bion advertía también que el analista debe resistir la tentación de llenar compulsivamente esos espacios. La ansiedad que produce el silencio no es exclusiva del paciente; muchas veces también el analista siente urgencia por intervenir, explicar o tranquilizar. Sin embargo, ciertas interpretaciones precipitadas funcionan más como una defensa del analista frente a la incertidumbre que como una verdadera escucha. El silencio puede convertirse entonces en un espacio de gestación psíquica: algo todavía “sin forma” que busca adquirir significado.

Donald Winnicott comprendió igualmente el valor transformador de ciertos silencios. Para él, existen momentos en que el paciente necesita simplemente experimentar la presencia de un otro que no invade ni abandona. Un silencio sostenido suficientemente bien puede convertirse en una experiencia profundamente reparadora. A veces, lo terapéutico no ocurre en lo que se dice, sino en la posibilidad de permanecer con otro sin que el vínculo se rompa.

No obstante, el silencio también puede adquirir formas más destructivas. Hay silencios congelados, desconectados, donde pareciera que no circula nada. Silencios que expulsan al analista o lo dejan atrapado en sentimientos de inutilidad, sueño o desesperación. En estos casos, el silencio puede funcionar como actuación transferencial, como evacuación emocional o como defensa frente a vivencias internas catastróficas, de las cuales el analista tiene que estar sumamente atento para entonces poder interpretar y no actuar.

La clínica enseña que no existe un único significado del silencio. Su sentido depende siempre del momento analítico, de la historia del paciente, de la transferencia y también de la capacidad del analista para tolerar no comprender de inmediato. Quizá una de las dificultades más profundas del trabajo analítico consista justamente en soportar que no todo puede ser apresurado hacia las palabras. Asimismo, hay experiencias humanas que primero necesitan ser sostenidas antes de poder ser pensadas. Y, en ocasiones, el silencio constituye precisamente ese lugar intermedio donde algo comienza lentamente a adquirir existencia psíquica.

 

Referencias:

Bion, W. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Paidós.

Freud, S. (1912). La dinámica de la transferencia. Obras completas (vol. 12). Amorrortu.

Klein, M. (1948). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. Revista de Psicoanálisis. 06(01), pp. 82-113

Winnicott, D. (1965). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós.