El mito, la incertidumbre y la interpretación psicoanalítica hoy

Fecha: 10 julio, 2026

Autor: Cristóbal Barud

Para darle sentido a nuestra vida, creamos relatos verosímiles. Los mitos personales organizan las experiencias y hacen posible estructurar un narrador interno, aunque este desfigure, mutile o transforme partes del propio relato para preservar una coherencia. Para el psicoanálisis, el sufrimiento no depende de la vida misma, sino de las representaciones de cada suceso y de la incongruencia entre versiones del mito. La interpretación ocupa un lugar privilegiado en la práctica analítica, ya que abre un espacio para interpelar la narración automática del paciente y favorecer un cambio de mito. Para que esto pueda darse, el analista participa en este proceso con cautela y humildad, por lo que debe ser consciente de sus propios sesgos y de la imposibilidad de separarse de la interacción.

La necesidad de sostener certezas, cuando menos relatos verosímiles para navegar el mundo, se entrelaza con la condición humana. El mito es el velo que hace tolerable el paso por la vida. Sin las complejas construcciones significantes que arman las experiencias, el tránsito por el mundo sería una sucesión desorganizada de imágenes y descargas instintivas, una repetición que solo finaliza con la muerte.

De este modo, la atribución de significado guarda una relación de mutua correspondencia con la posibilidad de estructurar un narrador interno, un observador de la mente. Sin embargo, este narrador no se distingue por su franqueza o sinceridad: resalta hazañas imaginarias, azuza rencores fundados en otras tantas afrentas, disminuye las fallas de carácter. Aunque fantasioso, el mito personal es sin duda el modo más genuino de relacionarnos con el mundo, es signo de vida, conflicto y deseo; es el testimonio de nuestra presión por poseer una coherencia interna, así sea a través del desconocimiento de las contradicciones y pasiones.

El psicoanálisis, desde sus inicios, se enfocó en el enorme problema del entramado de relatos que constituyen a un sujeto. La red metafórica de la teoría freudiana destaca que se padece por las representaciones de cada suceso, no por la vida misma. Para que el escritor y narrador del mito continúe su trabajo sin perturbaciones, hay trozos de un texto que se desfiguran, se mutilan y emergen tolerables para encajar en el mito. La patología para el psicoanálisis no es la desadaptación, sino la incongruencia entre versiones del mito. Cuando la verdad de los afectos emerge y el deseo de tergiversarla se interpone, aparecen la angustia y el sufrimiento mental.

El descubrimiento freudiano establece una relación entre la verdad interna y los intentos por desconocerla. La evolución técnica de la práctica del psicoanálisis muestra en diferentes puntos de desarrollo la relación entre la función del analista y el descubrimiento de la verdad. Desde un mero proceso de trasmisión de saber, como puede observarse en Estudios sobre la histeria (1895/1992), de Sigmund Freud y Josef Breuer, el refinamiento de esta idea transita hasta llegar a la comprensión del campo de trabajo transferencial, experiencial y vivo, como la arena en donde se librará la batalla entre la toma de conciencia y el desconocimiento del sí mismo.

El instrumento técnico de la interpretación ocupa un lugar privilegiado en la consecución de este objetivo. El analista ocupa un doble lugar: es alguien que está por fuera de la narrativa del paciente y, al mismo tiempo, funge como un personaje activo. El proceso interpretativo no es pasivo ni se trata únicamente de un momento para trasmitir información. Se trata de una zona privilegiada en donde se superpone el presente del paciente con vivencias del pasado: el terapeuta que interpreta es al mismo tiempo solo un analista y pone al servicio de la introspección la posibilidad de ser malentendido por el propio narrador del paciente. En el momento en que se articula una interpretación, se abre un espacio para interpelar la narración automática del paciente, para efectuar un sutil cambio de mito y abrir una posibilidad de pensar diferente.

En el psicoanálisis contemporáneo se sigue pensando en la interpretación como una herramienta central, si bien se advierten con mayor profundidad los peligros de que el narrador del analista pretenda imponer su mito sobre el del paciente, obturando sus cambios y evoluciones espontáneas. Dado que el analista es una persona también, su postura como cuestionador del mito del paciente se guía por la cautela y la humildad. Al mismo tiempo, la visión aportada por las ciencias sociales pone en primer plano la imposibilidad de disociar al observador del participante en toda interacción humana. Así, la autoridad del analista como guía del proceso no se fundamenta en su saber trasmitido al paciente, sino en su capacidad de interpelar al paciente acerca de sus dichos y hechos, inmiscuyendo lo menos posible sus sesgos. El analista señala y acompaña al paciente a través de los huecos que se advierten en su mito.

Hoy, la incertidumbre y la humildad de no saberse poseedor de una verdad son pilares de la experiencia analítica. La interpretación psicoanalítica es hoy un respiro, una interrupción mínima en el ritmo coherente y acompasado de la vida cotidiana y convencional, una señalización para detenerse, pensar y no caer en la espiral de la acción no pensada, la reacción o la repetición, una invitación a mirar pausadamente el interior, un proceso creativo y una señalización humilde que permiten salir del sí mismo y observarse. La creatividad, el compromiso y la calidez del analista hacen posible que esto ocurra.

Referencias:

Freud, S. (1992). Estudios sobre la histeria. Obras completas (Vol. 2). Amorrortu. (Obra original publicada en 1895).