¿Cómo se construye la vida adulta a partir de la experiencia infantil? Este artículo propone un diálogo entre Freud y Klein para mostrar el tránsito de la realidad psíquica al mundo interno. Freud sostiene que la realidad psíquica, el inconsciente, la fantasía, las series complementarias y la familia organizan progresivamente la mente, de modo que la vida adulta conserva la marca de las figuras parentales internalizadas. Klein retoma esta concepción y propone un mundo interno habitado por objetos, donde la fantasía inconsciente constituye la forma primordial de experimentar las primeras relaciones. Ambos autores coinciden en que lo interno tiene un peso mayor que lo externo y que la familia es el primer escenario de la construcción de la mente, fundamento de la conducta individual y social adulta.
Cómo se construye la vida adulta a partir de la experiencia infantil es una pregunta que atraviesa la obra de Sigmund Freud y encuentra en Melanie Klein una continuación natural.
En este artículo propongo un diálogo entre Freud y Klein en torno a la construcción de la vida psíquica. A lo largo de esta conversación abordo algunos de los conceptos que marcaron el desarrollo de sus teorías: la realidad psíquica y el mundo interno, la construcción de la mente, el inconsciente y la fantasía, las series complementarias, el lugar de la familia en el desarrollo temprano y la manera en que estos procesos repercuten en la vida social.
Freud introduce la idea de realidad psíquica hacia 1897, al abandonar la teoría de la seducción como causa universal de la neurosis: lo determinante no es el suceso “real”, objetivo, sino lo que el sujeto fantaseó o temió (Freud, 1900), y la fantasía produce efectos con la misma fuerza que un hecho real. El caso del Hombre de los Lobos ilustra bien este principio: a los cuatro años, Sergei Pankejeff sueña con lobos blancos posados en un árbol frente a su ventana. Freud remite ese sueño a una escena primaria (presenciar el coito de los padres), vivida hacia los dieciocho meses, cuyo efecto patógeno no depende de su exactitud histórica, sino de la fantasía inconsciente reconstruida a posteriori (Freud, 1918).
Klein (1959) parte de esta concepción freudiana de la realidad psíquica, pero sostiene que la fantasía inconsciente constituye una forma primordial en que el bebé experimenta, desde el inicio, sus impulsos y sus primeras relaciones con los objetos. Desde esta perspectiva propone un “mundo interno” habitado por objetos parciales (el pecho bueno, el pecho malo, la madre introyectada) que se relacionan, se enfrentan y se reparan entre sí.
Si en Freud la realidad psíquica es una cualidad del deseo, en Klein es un espacio con geografía propia, idea heredada de los procesos de introyección descritos en Duelo y melancolía (1917/1992), en el que Freud afirma que el yo incorpora al objeto perdido de forma que “la sombra del objeto cae sobre el yo” (p. 246). Para Freud, la mente se organiza progresivamente, del principio de placer al principio de realidad (Freud, 1911). El yo se diferencia del ello por el contacto con el mundo externo y por identificaciones sucesivas. La familia interviene aquí de manera decisiva: el superyó, la instancia más cargada de contenido social, se forma por identificación con los progenitores, convirtiéndose en el “heredero” del complejo de Edipo, de ese complejo (Freud, 1923), de modo que la mente adulta conserva la marca de las figuras parentales internalizadas. Por su parte, Klein (1959) propone una divergencia cuando afirma que “el yo existe y opera desde el nacimiento” (p. 253), y que, ya en los primeros meses, la introyección de la madre y, poco después, del padre y los hermanos, constituye directamente el armazón del yo y de un superyó incipiente, mucho antes de la resolución edípica freudiana. Describe además dos posiciones (esquizo-paranoide y depresiva), no como estadios que evolucionan, sino como configuraciones de angustia y defensas entre las que el sujeto oscila toda la vida.
En la historia de “Dick”, un niño de cuatro años casi sin lenguaje ni juego simbólico, muestra lo que ocurre cuando ese proceso se traba: Klein interpreta que la intensidad de sus fantasías sádicas hacia el cuerpo de la madre había detenido por completo su capacidad de simbolizar; al interpretarle esas fantasías a través de su juego con un tren, el niño comienza a simbolizar y a vincularse con su entorno (Klein, 1930). El caso ilustra la tesis kleiniana de que el yo, y la mente misma, se construyen (o se traban) desde los primerísimos meses de vida, no solo por maduración, sino por el manejo de la angustia.
Desde la perspectiva freudiana, el inconsciente es la forma más originaria de vida psíquica: los procesos mentales son inconscientes, y la conciencia es solo una cualidad que eventualmente se les añade (Freud, 1915). El caso del Hombre de las Ratas muestra el peso del inconsciente sobre la vida adulta: Ernst Lanzer vive atormentado por la fantasía de un suplicio con ratas aplicado a su padre (ya muerto) y a la mujer que ama, producto de deseos hostiles infantiles jamás resueltos, que el paciente experimenta con la fuerza de una amenaza actual (Freud, 1909b). Freud y Klein coinciden en que lo interno tiene un peso mayor que lo externo en la vida mental. En este sentido, la fantasía inconsciente no acompaña simplemente la vida psíquica, sino que constituye el medio por el cual el niño organiza, desde el inicio, sus experiencias de amor, odio, gratitud, envidia, pérdida y reparación. Es a través de ella que el mundo interno adquiere continuidad y dinamismo, convirtiéndose en el escenario donde se desarrollarán posteriormente las relaciones con los demás.
En el historial de Juanito (Freud, 1909), el niño de la fobia a los caballos, Freud combina una disposición erótica constitucional del pequeño con hechos concretos de su historia (como el nacimiento de una hermana o amenazas veladas de castración) para explicar por qué la angustia edípica se fijó precisamente en esa forma. Freud (1916-1917) explica la etiología de la neurosis mediante las series complementarias: la combinación de la disposición constitucional-hereditaria y de las vivencias accidentales, sobre todo infantiles. Klein coincide en que el desarrollo del niño y las actitudes del adulto son “un resultado de la interacción de influencias internas y externas” (Klein, 1959, p. 253), aunque carga el polo constitucional (envidia primaria y voracidad innata, pulsión de muerte (Freud, 1920)) y reserva al ambiente, la madre, un papel modulador.
Asimismo, ambos autores conciben a la familia como el lugar en el que se desarrolla la construcción de la mente. Para Freud (1913), la tríada edípica es la matriz donde se inscribe la ley y se organiza el deseo; el complejo de Edipo es, a la vez, drama familiar y origen filogenético de la moral. Klein (1959) sostiene que el bebé establece relaciones tempranas: desde los primeros meses, el niño “no sólo espera alimento de la madre, sino que también desea amor y comprensión” (p. 252), y lo evidencia con el caso de “un niño que tuvo un nacimiento prolongado y difícil y resultó lastimado en el proceso, pero, cuando se le dio el pecho, se alimentó ávidamente” (p. 257), prueba de que la confianza temprana en la madre puede sobreponerse a un comienzo adverso. La familia es el primer escenario de introyección y proyección: un hogar donde predomina el amor construye un mundo interno rico en objetos buenos, mientras que la severidad excesiva o la indulgencia sin límites (ambas señaladas por Klein como riesgos igualmente dañinos) dificultan la síntesis entre los aspectos buenos y malos del objeto, con implicaciones directas sobre la capacidad adulta de tolerar la frustración y cooperar, en vez de competir destructivamente.
En el libro Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud expresa que la psicología individual es, desde el comienzo, psicología social (el otro interviene en la vida anímica desde el origen) y explica la cohesión grupal a partir de mecanismos individuales: la identificación mutua entre los miembros y el lazo libidinal de cada uno con el líder, sustituto del padre. Klein extiende, de manera análoga, mecanismos infantiles como la envidia, la avidez, la culpa y la reparación a la comprensión de fenómenos sociales adultos. Un ejemplo clínico que ella misma desarrolla en otro trabajo es la llamada reacción terapéutica negativa: pacientes que empeoran después de una interpretación certera porque la viven como prueba de la superioridad del analista y responden con un ataque inconsciente, en lugar de aprovechar la ayuda recibida (Klein, 1957). Es el mismo mecanismo que describe al líder incapaz de tolerar la crítica o al individuo ambicioso que no soporta ver destacar a otros: la envidia, arraigada en la relación más temprana con el pecho materno, reaparece en la vida adulta saboteando justamente los vínculos (de trabajo, de liderazgo, de cura en el análisis) que podrían resultar más beneficiosos.
Tanto Freud como Klein comparten la convicción de que el mundo adulto (su ética, su sociabilidad, su capacidad de amar y odiar) tiene raíces en la infancia más temprana. Freud construye el mapa pulsional y estructural: aparato psíquico, fases libidinales, complejo de Edipo, series complementarias. Klein retrocede a los primeros meses de vida, otorgando a la fantasía inconsciente, a la relación temprana con la madre y a la familia como primer escenario social un peso primordial. De manera que el punto de partida de estas reflexiones nos confirma que comprender la conducta individual y social adulta exige, inevitablemente, comprender primero al bebé.
Referencias:
Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños. En Obras completas (Vol. IV-V). Amorrortu.
Freud, S. (1909a). Análisis de la fobia de un niño de cinco años. En Obras completas (Vol. X). Amorrortu.
Freud, S. (1909b). A propósito de un caso de neurosis obsesiva. En Obras completas (Vol. X). Amorrortu.
Freud, S. (1911). Formulaciones sobre los dos principios del funcionamiento mental. En Obras completas (Vol. XII). Amorrortu.
Freud, S. (1915). Lo inconsciente. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.
Freud, S. (1916-1917). Conferencias de introducción al psicoanálisis. En Obras completas (Vol. XV-XVI). Amorrortu.
Freud, S. (1917). Duelo y melancolía. En Obras completas (Vol. XIV). Amorrortu.
Freud, S. (1918). De la historia de una neurosis infantil. En Obras completas (Vol. XVII). Amorrortu.
Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer. En Obras completas (Vol. XVIII). Amorrortu.
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras completas (Vol. XVIII). Amorrortu.
Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. XXI). Amorrortu.
Klein, M. (1930). La importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del yo. International Journal of Psycho-Analysis, 11.
Klein, M. (1959). Nuestro mundo adulto y sus raíces en la infancia. En Envidia y gratitud (Obras completas, Tomo III). Paidós.