Desde tiempos remotos, la rivalidad y los celos entre hermanos han tenido un lugar importante en la vida. Estas emociones, frecuentemente asociadas con aspectos malvados o malignos, se reflejan en relatos y mitos que ejemplifican los extremos drásticos a los que pueden conducir. Un ejemplo paradigmático es el de Caín y Abel.
Caín, celoso de la atención de Dios hacia su hermano, lo llevó al monte y lo mató. ¿Habría sido distinto el desenlace si Caín hubiera podido compartir el amor de Dios con su hermano? ¿Fue un arranque de celos y envidia, o la sensación de no ser querido lo que motivó su acción? Así, los mitos y la literatura nos muestran que los celos pueden manifestarse como conflictos profundos en la vida humana.
La infancia constituye un terreno donde se experimentan emociones intensas y tensiones internas. Separarse de los padres, ingresar al kínder, relacionarse con otros niños, aprender a ir al baño o compartir juguetes: todos estos momentos involucran una elaboración emocional. Entre estos, un momento crucial en la vida es la llegada de un nuevo hermano.
Compartir el amor nunca es tarea sencilla. Freud (1921/1992) describió que el niño es egoísta y que tiende a buscar su propia satisfacción. El niño, en su medida posesivo y omnipotente, enfrenta la disputa de compartir el amor de sus padres: ve cómo comparten miradas, risas enigmáticas y secretos entretejidos donde él queda fuera.
Eso le puede generar curiosidad: ¿qué hacen papá y mamá cuando yo no estoy? Crece así el deseo de estar cerca de ellos y se intensifica su demanda de atención, cariño y tiempo. Lo que aún no sabe es que lograr tramitar este proceso le permitirá estructurar su lugar en la familia: un lugar de hijo.
Así, la llegada de un nuevo miembro al hogar no solo remueve la dificultad de quedar fuera ante la relación de los padres, sino también el conflicto de compartir el amor con otra persona y, al mismo tiempo, las implicaciones de ser ahora el hermano mayor.
Las fantasías infantiles se activan: ¿Este ser pequeño me quitará mi lugar? ¿Tendré que ser yo una de las personas que lo cuidan? Ante esto, el niño puede mostrar esperadas sensaciones ambivalentes: puede sentirse impotente y celoso, pero al mismo tiempo emocionado y contento. Esto genera en él una importante confusión: ¿Es posible que esté enojado con mi hermano si lo amo?
Dolto (1983) señala que si el bebé es fuente de alegría para los padres, el hermano mayor tenderá a amarlo también, al identificar el amor del adulto como un modelo del cariño y buen vivir.
Los ejemplos clínicos nos permiten ilustrar dichas dificultades. Un paciente de 3 años, ante la llegada de su hermano, jugaba en la sesión a que una mamá cocodrilo tenía una gran barriga, vomitaba y de ella salía un cocodrilo pequeño. A este se lo robaba la policía y nunca más lo volvían a ver. Podríamos pensar que su juego representaba el deseo de que este bebé-cocodrilo desapareciera; al mismo tiempo, podría reflejar su temor de ser él el desplazado.
Otro caso: una paciente de 6 años con una hermana pequeña decía: "Me enoja que mi hermana siempre les pida besos y abrazos a mis papás y yo tenga que esperar mi turno".
Las reacciones ante la llegada de un hermano pueden variar y manifestarse en cambios conductuales o emocionales. En la actualidad, observamos padres de familia que, con sensibilidad, detectan modificaciones en sus hijos frente a este acontecimiento.
Algunos niños presentan regresiones (volver a pedir biberón, hacerse del baño, dificultades en el habla); otros muestran dificultades para socializar en la escuela, problemas académicos, caídas, llanto constante, angustia, dolores corporales, agresividad o aislamiento. Se trata de llamadas de atención ante un conflicto emocional que permanece sin haber sido atendido ni elaborado.
La constante confusión amor-odio que el niño vive ante este acontecimiento debe ser comprendida, pensada y reconocida. Esto supone un desafío importante, ya que requiere de un adulto capaz de sostener dichos sentimientos hostiles sin asustarse y, al mismo tiempo, lograr traducirlos simbólicamente.
Melanie Klein (1932) piensa que es por medio del juego que el niño es capaz de tramitar sus conflictos internos. En este sentido, el espacio analítico le ofrece la posibilidad de expresar esas fantasías de amor, odio, rivalidad, celos, angustia y envidia ante los hermanos, con la seguridad de que el analista no juzgará ni se enojará por tenerlos. El analista escucha, juega y acompaña, lo que provoca calma y alivio.
En conclusión, la llegada de un hermano representa un reto en la vida infantil, no solo por la pérdida de la exclusividad, sino por la complejidad de compartir el amor y la adaptación al cambio. El acompañamiento sensible, cercano y sin prejuicios de los padres, y, si es posible, de un espacio analítico, brindará al niño la posibilidad de elaborar dichas emociones y transformarlas en experiencias que involucren crecimiento.
Referencias:
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Dolto, F. (1981). En el juego del deseo. Siglo XXI Editores.
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Freud, S. (1992). Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad. Obras Completas (Vol. 18, pp. 213-226). Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1921).
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Kancyper, L. (1995). Complejo fraterno y complejo de Edipo. Revista de Psicoanálisis, 52(03), pp. 675-690.
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Klein, M. (1932). El psicoanálisis de niños. Paidós.