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Arte y pensamiento

Escrito por Jorge Luis Chávez | Sep 24, 2026, 6:14:58 PM

 

El mundo del arte contemporáneo se caracteriza por su tendencia inexpugnable. Un museo pareciera alienar a un visitante que desconozca ese lenguaje esotérico que sostienen los discursos museográficos, y que se vuelven imprescindibles para dar algún sentido a una obra que, en el mejor de los casos, se presenta como enigma, y, en el peor, como burla ofensiva.

Basta una incursión al Museo Tamayo, al Museo Jumex o al Museo de Arte Contemporáneo (los tres ubicados en la Ciudad de México) para comprobar que las piezas ahí expuestas son más parecidas a una arqueología personal de los artistas que a símbolos de los que uno puede hacer uso para una experiencia estética que despierte una reflexión personal.

Hablo en términos generales, por supuesto, ya que la escena artística es vasta y sus integrantes diversos. El despliegue de artefactos misceláneos y subterfugios intelectuales obliga al espectador a cuestionarse lo siguiente: ¿Esto es arte? ¿Qué distingue una obra de arte de una expresión plástica que no es artística? ¿Son todas las piezas expuestas en los museos piezas artísticas por el simple hecho de que se les ubica allí? ¿Es el arte un simple ejercicio de descontextualización?

Desde una perspectiva psicoanalítica que abreva de los desarrollos de autores como W. Bion y D. Meltzer, podríamos distinguir una obra de arte de una que no lo es del mismo modo que podemos distinguir entre un pensamiento y algo que solo se le asemeja, o entre una experiencia emocional y algo que, aunque podría compartir muchos elementos, no llega a serlo.

Para Bion (1996), la mente podría modelarse para su comprensión al pensar en un aparato. Este aparato tiene una función como cualquier aparato corriente. La función del aparato mental es transformar, a través del pensamiento, vivencias en experiencias. Esto es: datos (externos e internos) de la esfera sensitiva en elementos que se puedan articular entre sí para formar significados. Una vivencia cruda sería una en la cual la imagen de un paisaje brumoso evoca sensaciones como desagrado o incomodidad; una experiencia mediada por un aparato para pensar captura los elementos sensitivos del paisaje para encadenarlos con emociones tales como la nostalgia o el asombro ante la naturaleza. La precondición para que esta imagen se vuelva luego pensable tendrá que ver con la posibilidad de la persona de tolerar la frustración y el impacto estético de tal imagen.

En un caso, la imagen es directamente desechada al no servir más que para provocar una reacción transitoria; en el segundo, la imagen se conserva para poder emplearla después al servicio de la expresión de una operación mental más sofisticada. Las imágenes, sonidos, y movimientos pueden expresar de manera fugaz un impulso que no proviene del pensamiento. Un insulto es una imagen acústica que se profiere de manera intempestiva, prácticamente sin mediación del aparato para pensar, el cual siempre considera qué transformación pertinente se le puede dar a una vivencia para ser comunicada y comprendida.

Es esta consideración la que caracteriza al pensamiento simbólico, el cual es el encargado de realizar obras de arte sirviéndose del lenguaje poético y la elaboración imaginativa. El impulso directo, sin embargo, comunica algo inevitablemente. Solo que no comunica un pensamiento formulado por alguien, sino una emoción pensada por nadie. Una expresión así deja la tarea elaborativa al interlocutor. Es quien recibe el acto quien tiene que prestar su aparato para pensar y transformar ese asalto afectivo en algo coherente.

Los grandes artistas nos comparten productos derivados de una elaboración cuidadosa, de una reflexión personal, de un insight íntimo, si se quiere. A través de este mecanismo, al que podemos llamar sublimatorio, o de transformación, o de creatividad de los objetos internos, el arte nos interpela y conmueve de formas que son emocionales y nutritivas. Nos contacta con lo humano de un modo que nunca pudimos anticipar.

La tendencia contemporánea del arte apunta a una vertiente más sintomática. Un arte de “actings” que más bien deja al espectador como encargado de metabolizar una vivencia cruda. Me prevengo de utilizar ejemplos concretos, ya que el artículo no trata de dar cuenta de qué considero yo que es una pieza de arte y qué no lo es. No es mi propósito hacer crítica de arte. Mi propósito es invitar a cada quien a distinguir, desde su propio aparato para pensar, qué es una pieza artística y qué podría no serlo.

El arte, como la vida, es una experiencia emocional. Nuestra apertura a ella depende mucho de nuestra capacidad de pensar y transformar lo que vivimos. Es tarea de cada uno evaluar si nuestros pensamientos y los de otros lo son realmente, si nuestra vida está siendo “examinada” y vivida, o si llamamos a nuestro hábito de actuar “arte”, así como muchos “artistas” llaman arte a sus caprichos estéticos.

 

Bibliografía:

Bion, W. R. (1996). Una teoría del pensamiento. En Volviendo a pensar (Cap. 9, pp. 151–164). Lumen-Hormé.

Ortiz, E. (2019). Propuestas. En Donald Meltzer. Vida onírica. Sueños, mente y pensamiento (pp. 137–154). Analytiké.