Transferencia y contratransferencia en la vida cotidiana

Por Gabriel Espíndola

Hace algunos años, en una presentación de las Jornadas Clínicas del Centro Eleia, cuando Norberto Bleichmar hablaba sobre el tema de la transferencia y el inconsciente, mencionó una frase que me resulta de gran interés: “En cierto sentido, todos somos prestanombres…o sea, todos somos desplazamientos de otros vínculos” (Bleichmar et al., 2007, p. 25). Estas palabras constituyen una perspectiva para comprender la mente humana, donde los vínculos que establecemos todos los días en el trabajo, con las amistades, en las relaciones de pareja, durante la convivencia de los niños en la escuela, e incluso en las redes sociales, guardan un pedazo de nuestra historia y de las relaciones que hemos establecido desde la infancia como libretos de la sexualidad infantil.

Transferir es poner en un lugar algo que hay en otro, es decir, implica tiempo y espacio. En otras palabras, significa depositar en una persona u objeto lo que en realidad corresponde al yo o al self; pero, este depósito no es aleatorio. El inconsciente es un oportunista que busca aspectos comunes para expresar sus contenidos y así tratar de pasar desapercibido, al tiempo que cumple su cometido. Pueden transferirse fantasías, afectos y defensas, un entramado que muestra el complejo funcionamiento de la mente humana.

Veamos dos ejemplos cotidianos donde la mente hace cambios a la realidad de acuerdo a sus motivaciones inconscientes. Un día me propongo a hablar en público y exponer un tema que conozco bien. Antes de mi intervención, participa un maestro al que reconozco y admiro; lo escucho con atención, pero siento una intensa ansiedad. ¿Por qué me angustio? Cuando escucho a mi maestro, siento respeto y reconocimiento; sin embargo, también aparecen los prestanombres y la situación toma otros matices: la rivalidad de un niño con un padre cuando compara su potencia sexual, tamaño y fortaleza, y el temor al ridículo como producto de dicha comparación —“es mejor que yo”, o bien, “¿y si me escucha y se siente avergonzado?”. Es entonces que el público se convierte en una madre exigente que pide más de la cuenta y a la cual no podré responderle. Así es la fuerza de nuestras motivaciones inconscientes, en donde el resultado dependerá de cuál de estos personajes toma el comando de la situación.

Imaginemos ahora que estamos en una reunión social; de pronto llega una persona a la que no conocemos y a quien jamás habíamos visto. De inmediato nos parece arrogante o desagradable y comentamos con alguien: “no lo conozco, ¡pero, qué mal me cae!”. En situaciones de este tipo, transformamos al otro en algo propio: sentimos enojo y rechazo aun cuando no sabemos de quién se trata. Así, el recién llegado se vuelve un prestanombres de nuestros celos, rivalidad, odio o cualquier otra emoción que en realidad se dirige hacia otros personajes de mayor relevancia en nuestra mente.

La transferencia es un fenómeno universal que Freud descubrió durante la sesión y el proceso psicoanalítico. Se dio cuenta de que el terapeuta se transformaba en una reedición idónea de los personajes internos del paciente y que, por medio de este mecanismo, era posible actualizar el pasado en el presente. Además, observó que la realidad y la fantasía se podían experimentar paralelamente, así como aquello que corresponde al yo y al otro. Interpretar la transferencia permite corregir el círculo vicioso en el que nos encontramos, donde distorsionamos la realidad, la convertimos en aquello que no es y desde ahí interactuamos con ella. Cuando el terapeuta muestra que no es ni hace lo que el paciente cree, entonces se rompe el encanto y aparece la posibilidad de contrastar lo transferido y el objeto en el cual se han depositado esas emociones.

Ahora, si yo transfiero a otra persona, ese otro sufre consecuencias y podrá responder desde su propio escenario interno; a este proceso se le llama contratransferencia. En un inicio, Freud consideró que ésta se trataba de un fenómeno indeseable. Las emociones que el paciente despertaba en el terapeuta eran, como en un experimento, una interferencia para el instrumento de medición; por tanto, obturaban la comprensión. En los años cincuenta, la visión sobre la contratransferencia cambió, en buena medida gracias a las aportaciones de Paula Heimann y Heinrich Racker (de León de Bernardi, 2000), quienes la transformaron en un instrumento esencial de comprensión, en un campo, y no solo en una posible interferencia.

El destino de la transferencia es un objeto y el objeto siente y responde. Si, al escuchar a un paciente que comenta lo mucho que teme ser juzgado, yo me siento imposibilitado para hablar, es posible que mi respuesta a su temor transferencial sea un silencio o inhibición por el temor de ser el juez que lo lastima con sus palabras. La comprensión de estos afectos permite transformar una limitación en una interpretación y hacerle saber al paciente sus sentimientos, así como indagar su origen y la manera en que se han estructurado. Todo lo anterior sucede dentro de un campo que incluye dos mentes, cada una con una función bien definida dentro de la sesión psicoanalítica.

La transferencia se encuentra en la vida cotidiana, pues solemos actuar en función de lo que el otro nos requiere, y el otro suele ser, en gran medida, lo que en realidad no es. El enamoramiento es un ejemplo que Freud exploró de manera brillante y que nos permite ver cómo en un periodo muy breve parece que conocemos al otro, que es lo que nosotros quisiéramos ser, lo que fuimos, o bien, todo lo que nos hace falta. La desilusión es necesaria para pasar del enamoramiento al amor, donde el otro es lo que es y no aquello en lo que quisiéramos transformarlo.

Los fenómenos grupales y de masas son otro lugar donde comúnmente se expone nuestra capacidad para hacer de lo ajeno algo propio. Alguien se convierte en líder porque toma el lugar de un personaje amado e infalible —el padre que el niño tuvo o quiso, la madre que tiene todas las características deseables, el niño antes de ser ubicado como tal, o el héroe infantil capaz de salvar al otro; no obstante, se admira al líder sin realmente conocerlo. Por ello, puede volverse un tirano, al tomar el poder que se le ha otorgado desde el desconocimiento y la ignorancia, canales idóneos para la construcción de la locura. Es importante ver que todo dios o tirano es también una construcción interna, falible en la realidad, y es menos poderoso cuando se observa en sus cualidades tanto buenas como malas.

El psicoanálisis no crea la transferencia, la revela mediante el dispositivo analítico y trabaja con ella. Desde ahí, interviene en la realidad psíquica de las personas, para que después ellas puedan ejecutar el procedimiento en su vida cotidiana y distorsionen en menor medida lo que perciben, todo esto por su cuenta. El encuadre analítico es el marco adecuado para permitir el desarrollo de este fenómeno, para develarlo y contenerlo. Sin encuadre no hay análisis, hay vida cotidiana. El analista, desde su marco de trabajo, cuenta con las herramientas para mostrar al paciente aquello que no puede observar en la vida diaria, lo ayuda a contrastar la realidad interna con la externa. En ese sentido, el analista no interactúa con el paciente como lo haría cualquier otra persona, sino que produce interpretaciones que esclarecen la situación presente como una expresión del mundo interno de la persona. De esta forma, desenmascara a los personajes y prestanombres con sus respectivos afectos.

La intensidad de los fenómenos transferenciales y su capacidad para distorsionar e incluso suplantar la realidad, dependen de la mente de cada uno, de los personajes que hemos construido en nosotros con base en el fenómeno de la identificación. Las identificaciones en su conjunto construyen la identidad que se expresa en el carácter. Transferimos lo que somos y somos lo que hemos construido a lo largo del tiempo bajo la influencia de nuestros padres reales y aquellos internalizados según la emoción predominante, la relación con la cultura y el medio circundante, y también con base en la interpretación que hacemos de todo lo anterior. La mente y su manifestación en la transferencia es un entramado complejo y en constante movimiento. La realidad es el resultado de lo que vemos y sobre todo de lo que transferimos a eso que observamos. En consecuencia, la vida cotidiana tiene mucho de espejismo y poco de claridad.

En el taller “Transferencia y contratransferencia en la vida cotidiana” impartido en el Centro Eleia, exploraremos modelos internos que se expresan en las relaciones cotidianas y que nos hacen disfrutar o sufrir, nos inhiben o nos impulsan. Hablaremos sobre diversas propuestas clásicas y contemporáneas alrededor de este fenómeno y su relevancia en situaciones como la vida en pareja, el embarazo, el aprendizaje, la insatisfacción laboral y la crianza de los hijos.

 

Referencias

Bleichmar, N., Goetschy, C., Martínez, C. y Puig, M. (2007). Jornadas clínicas: inconsciente y transferencia. Ciudad de México: Eleia Editores.

De León de Bernardi, B. (2000). Contratransferencia: una perspectiva desde Latinoamérica. Revista uruguaya de psicoanálisis, 92.

 

Artículo del Taller “Transferencia y contratransferencia en la vida cotidiana” que impartirá el doctor Gabriel Espíndola el 25 de agosto y el 1 de septiembre. Si deseas asistir, regístrate aquí.