Surrealismo y psicoanálisis

Por Ana Livier Govea

“Aquí va la receta práctica prometida. Tome unas hojas de papel y durante tres días sucesivos anote, sin falsificación ni hipocresía, cualquier cosa que le pase por la cabeza. Escriba lo que piensa de usted mismo, de sus mujeres, de la guerra de Turquía, de Goethe… o del juicio final, de quienes tienen autoridad sobre usted, y al cabo de esos tres días se asombrará de los pensamientos novedosos y sorprendentes de los que ha sido capaz”.[1]

Ludwig Börne (1823) 

El surrealismo fue un movimiento artístico nacido en Francia en reacción al dadaísmo[2], que se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XX y tuvo su auge entre los años 1918 y 1939. El término “surrealista” hace referencia a todo aquello que está por encima de la realidad. Su aparición, como cualquier otra reforma social, artística o intelectual, debe ser entendida en relación con su tiempo; en este caso, es inconcebible sin las hostilidades desatadas por la Primera Guerra Mundial y el posterior clima de futilidad y desazón.

Con frecuencia, “surrealismo” es un término usado restringidamente para vincularlo solo a la pintura moderna (en realidad el prestigio que alcanzó en el terreno pictórico fue debido a la genialidad de unos pocos de sus representantes)[3]. Sin embargo, esta corriente tuvo su expresión más pura y clara en la poesía. Independientemente de su relevancia como movimiento artístico, en la historia de las ideas fue un acontecimiento revolucionario que difiere fundamentalmente de todos los demás “ismos”, puesto que los surrealistas exigían una transformación total de la vida.

André Breton, iniciador del surrealismo

En 1924 Breton declaró en su manifiesto: “El surrealismo es puro automatismo psicológico por medio del cual se pretende expresar verbalmente, por escrito, o de cualquier otro modo, la función actual del pensamiento; el puro fluir del pensamiento sin que la razón ejerza ningún control y fuera de todo prejuicio estético o moral”. Ludwing Börne[4] fue el descubridor de la escritura automática, aunque es a Breton a quien se le da el crédito de haber sido el precursor del “método” en esta locura, el punto de partida, no únicamente como recurso estético, sino como un instrumento para crear y conocer otras realidades. Durante el dictado automático, la lógica ha sido eliminada. Mientras que el sujeto se haya enteramente despierto, devela y reconoce a su Yo oculto e íntimo y se somete a él. Al igual que el psicoanálisis, este movimiento artístico es ante todo un descubrimiento de nuevos mundos en el terreno del inconsciente.

Este “método” del emancipado fluir de la actividad psíquica —esta asociación libre que se vuelca sobre la escritura— es el que permite el despliegue de fantasías y estados alucinatorios en relatos oníricos. Es así como a través del arte (y del psicoanálisis) se exploran el inconsciente, la locura, las fantasías y los sueños. Las expresiones gráficas del mundo onírico, en su pintura, son un tema común. Para ello basta apreciar las obras de Max Ernst[5], paisajes del mundo interno colmados de una rigidez maleable, su rareza de diamante, sus contornos cristalinos intensamente iluminados.

                            Max Ernst -The Robing of the Bride, (1940), Peggy Guggenheim Collection.

O las de Salvador Dalí[6], en las que relojes blancos y escurridizos como la manteca, comienzan a derretirse, gotean… Relojes para desmentir el tiempo, objetos que se presentan diluyéndose, para recordarnos la “persistencia de la memoria”, a la vez, inaprehensible. O bien, formas humanas como armarios, cajones, espacios desintegrados que rompen y juegan con el concepto común de dimensión, tiempo y espacio. Es ahí, en el sueño, donde las paredes se vuelven permeables, donde uno puede filtrarse a través del techo, en donde una grieta abre una tumba, en donde se transfigura una nueva dimensión. Ahí la pintura permea y tiñe de color los oscuros paisajes anímicos. “La región onírica al fin y al cabo se asemeja a la experiencia bélica: la tierra de nadie, la desolada zona de aniquilamiento. El polvo de los escombros altera la dimensión plástica de los objetos” (Schmeller, 1959, pág. 10). En este escenario, los objetos y los seres humanos están dispersos al azar, y la relación común entre las cosas queda en suspenso.

 (Figura 1)

(Figura 2)

Figura 1. Salvador Dalí, (1931) “La persistencia de la memoria”

Figura 2. Salvador Dalí, (1936) “Gabinete antropomórfico”

 

El sueño es la vía regia al inconsciente, dice Freud. Es un “medio para dominar la enajenación, para fijar y retener las características del misterio, de lo singular y lo incomprensible”, según lo promulgó Breton. “El fundamento del surrealismo es la fe en la prioridad de ciertas formas de asociación hasta ahora descuidadas, en la omnipotencia del sueño, en el juego desinteresado del pensamiento. Se propone la total aniquilación de todos los demás mecanismos psicológicos y aspira a ocupar su lugar en la solución de los problemas vitales del hombre” (Ibíd., pág. 11).

Los territorios psíquicos explorados por Freud en su libro La interpretación de los sueños[7] (1900), serán considerados por los miembros de este movimiento como la realidad en sí misma. En efecto, de acuerdo con el manifiesto surrealista, habría de prestarle más atención al hombre cuando sueña que cuando piensa. El pensamiento consciente o despierto es relegado a un plano secundario, ya que la suma de las experiencias oníricas es considerada una realidad tan verdadera como las vivencias de la vigilia. En palabras de Freud (1900) “El sueño es un acto psíquico importante y completo. Su fuerza impulsora es siempre un deseo por realizar. Su aspecto, en el que nos es imposible reconocer tal deseo, y sus muchas singularidades y absurdidades proceden de la influencia de la censura psíquica que ha actuado sobre él durante su formación” (Freud, 2006, pág. 670).

 

  Retrato de Sigmund Freud por Salvador Dalí (1938)

El psicoanálisis sedujo a estos artistas, y fueron estos quienes rindieron homenaje permanente a Freud —su “santo patrono”—[8] refiriéndose a él en cada una de sus obras. El surrealismo-psiquismo es contradicción materializada, primacía del proceso primario encarnado. Es la mente ese lugar surrealista que invalida la ley de gravedad, donde la linealidad del tiempo ha sido abolida, donde las cosas se penetran mutuamente y dan luz a nuevos seres. Son los cimientos de nuestros paisajes internos donde se sumerge el cosmos en un terreno siempre cambiante. El surrealista se adentra al descubierto en el país de las ausencias, en la bóveda abisal que el hombre intenta explorar con una lamparita eléctrica. Ambas corrientes apuestan al hombre y a su capacidad de descubrir las regiones no reveladas de su mente. Los surrealistas-psicoanalistas reconocen los móviles apetitosos de los deseos sin dejar pasar por alto el subsuelo psíquico del sujeto, en donde lo reprimido se torna muchas veces en algo abrumador.

 

Referencias Bibliográficas

Freud, Sigmund (1900) La interpretación de los sueños. Madrid: Biblioteca Nueva, 2006.

Schmeller, Alfred (1957) El Surrealismo. México: Hermes, 1959.

Burello, Marcelo G. (2016) Sigmund Freud y Stefan Zweig “La invisible lucha por el alma”: Epistolario completo 1908-1939. Miño y Dávila Editores.

 

[1] Cita encontrada en el ensayo “El arte de convertirse en un escritor original”, Ludwig Börne, 1823.

[2] Dadaísmo: movimiento cultural y artístico surgido en 1916 en el Cabaret Voltaire en Zúrich, Suiza. Una de sus características fundamentales es la oposición al concepto de razón instaurado por el Positivismo. Proponía rebelarse contra las convenciones artísticas. Su actividad se extiende a gran variedad de manifestaciones, desde la poesía a la escultura pasando por la pintura y la música.

[3] Como lo fueron: André Breton, René Magritte, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Man Ray, Leonora Carrington, Remedios Varo, Oliverio Girondo, Yves Tanguy y Giorgio de Chirico, entre otros.

[4] Ludwing Börne, escritor judeo-alemán de la primera mitad del siglo XIX. Según cuenta Ernest Jones en la biografía sobre Freud, Ludwig Börne fue uno de los escritores favoritos del “padre del psicoanálisis”, al cual leyó en su juventud, este escritor influyó en él para introducir la asociación libre como herramienta técnica del psicoanálisis. (Lo reconoce en el pequeño texto de 1920, “Para la prehistoria de la técnica analítica”, AE, tomo XVIII, p. 257.).

[5] Artista alemán (1891-1976) que en 1909 comenzó a estudiar filosofía y psiquiatría en la Universidad de Bonn. Durante la Primera Guerra Mundial entró en el ejército germánico, y cuando lo abandonó, en 1922, viajó a París donde pintó obras surrealistas.

[6] Pintor español (1904-1989) formado en los salones de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, de la que salió para sumarse de lleno al movimiento surrealista de la mano del cineasta Luis Buñuel.

[7] Las aportaciones de Freud y del psicoanálisis fueron claves para el desarrollo del movimiento surrealista; este libro constituye su inspiración esencial. La influencia del psicoanálisis sobre el arte y, particularmente el surrealismo, se halla contenida en este texto fundamental.

[8] Hace referencia a 1938 cuando Dalí, en su estadía en la ciudad de Londres, visita a Freud, quien ya exiliado acepta un encuentro con el pintor junto con el poeta Edward James y el escritor Stefan Zweig. Freud, quien mantenía correspondencia con este último, le escribe: “Hasta ahora me inclinaba a pensar que los surrealistas, que parecen haberme elegido como santo patrón, eran unos locos absolutos (pongamos que el 95% como el alcohol). Pero el joven español, con sus ojos cándidos y fanáticos y su innegable maestría técnica, me ha sugerido otra apreciación y a reconsiderar mi opinión” (Sigmund Freud y Stefan Zweig: “La invisible lucha por el alma”. Epistolario completo 1908-1939).