Sobre el duelo y la melancolía

Gabriela A. Cardós

Si bien la palabra depresión (con todas sus variantes) ha sido estudiada por la psiquiatría con un notable énfasis en las causas bioquímicas, se tiende a hacer a un lado el origen psicoanalítico de este desequilibrio mental. Sin embargo, en los aportes de Sigmund Freud encontramos que la investigación de su etiología formaba parte de la estructura profunda del aparato psíquico.[1] Al estudiar el dolor extremo que sus pacientes sufrían por la pérdida de seres queridos u otras situaciones vitales, Freud notó que la pérdida —con su subsecuente aceptación o no— no era lo mismo que la sensación emocional que ésta produce, la cual, por cierto, puede ser muy duradera.

 

Duelo

Todo puede iniciar con la sensación de pérdida de una persona amada o con algo que se le parezca, sin importar que su origen sea un hecho o una fantasía. La pérdida se experimenta como una profunda falta fundamental o falta originaria, o también como la consecuencia de una carencia. De allí que el duelo se vea acompañado de un dolor profundo que se deja sentir en todas las áreas de la vida de la persona. Se ha perdido un objeto y entonces se hace duelo de la pérdida como “una forma de estar aquí y ahora”, recordando consciente o inconscientemente “una forma de estar entonces”.

 

Pero ¿tienen el duelo y la melancolía las mismas características? Freud definió la melancolía y la diferenció del duelo en su escrito “Duelo y melancolía” (1917):

La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones, de las que el paciente se hace objeto a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Este cuadro se nos hace más inteligible cuando reflexionamos que el duelo muestra también estos caracteres, a excepción de uno solo: la perturbación del amor propio (Freud, 1917, pp. 2090-2091).

Melancolía

La melancolía, como fenómeno inconsciente, utiliza el mecanismo de la identificación con el otro ausente. Por lo tanto, continúa la pérdida permanentemente, como un yo que ha perdido una parte de sí, un yo escindido. En la vida consciente se pierde a la persona amada, pero en el inconsciente, por la ambivalencia, se pierde también a la persona odiada y, por lo tanto, los autorreproches son la manifestación del sentimiento de culpa que estructura a la melancolía debido a la no aceptación del odio. Aquí es donde comienza el círculo vicioso: el autodesprecio (el reproche contra sí mismo) como sentimiento de culpa provoca que se quiera repetir la pérdida, pero ahora de sí mismo; esto provoca angustia y desolación, emociones capaces de destruir cualquier intento de salir adelante, pues no sólo se desprecia al mundo exterior sino a la persona que es.  El odio hacia sí mismo es el resultado más enfermizo de la melancolía.

 

En conclusión, para el psicoanálisis conviene no sólo explorar la capacidad de elaboración del duelo en el paciente, sino también identificar la parte del yo que se fue junto con el objeto afectivo. ¿Qué es lo que realmente perdió, que ahora lo atormenta? ¿Por qué tanta agresividad contra sí mismo, tanto que quiere destruirse junto con el objeto destruido?

 

Desafortunadamente, la palabra melancolía se fue orillando al plano romántico, al plano de la poesía, cuando la psiquiatría decidió que la base de un sentimiento doloroso tiene que ser necesariamente bioquímico. 

 

Freud, S.  (1917). “Duelo y melancolía”.  En (2012). Obras completas, tomo II. México: Biblioteca Nueva. (Obra original editada en 1997).

Roudinesco, E. y Plon, M. (1998). “Melancolía”. En Diccionario de psicoanálisis (pp. 692-695). Buenos Aires: Paidós.

Rebollo, I. (2011). “Melancolía. El dolor de existir”. Recuperado de http://www.irebollo.net/index.php?option=com_content&view=article&id=22:melancolia-el-dolor-de-existir&catid=6:el-psicoanalisis-temas&Itemid=5

[1] Probablemente la excepción sea la investigación de René Spitz con su obra El primer año de vida del niño (1965).

 

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