¿Por qué es importante la relación entre madre y bebé?

Fernanda Aragón

Entre la madre y el recién nacido existe uno de los vínculos más estrechos que puedan experimentar los seres humanos. En esta íntima conexión, la madre percibe lo que el pequeño necesita (comida, atención, aseo, etc.). Pero ¿de qué forma es capaz de saberlo? ¿Qué se despierta cuando esos dos seres están juntos?

El psicoanalista británico Donald Winnicott sostiene que, justo después del nacimiento, la madre y el bebé “se hacen uno mismo” en una especie de fusión. La madre necesita volcarse en el pequeño y conectarse con sus necesidades, de esta manera que le sea posible identificar cuándo tiene hambre o frío, qué lo inquieta o lo calma, incluso en qué momento busca solamente su contacto físico, su calidez y su mirada.

A partir de entonces –o tal vez desde antes, en el embarazo–, se establece una relación entre ambos, la cual se verá matizada tanto por las ideas y sentimientos propios de la mamá como por el comportamiento y exigencias del bebé.

Sin embargo, debemos considerar también que el factor social influirá en dicho vínculo: las recomendaciones de gente conocida, la inevitable comparación con el actuar de otras familias, las indicaciones del pediatra o de otros especialistas, etc., ocasionarán respuestas automáticas poco genuinas que muchas veces no se someten a reflexión ni se apegan a las necesidades particulares de la madre o del hijo.

En ocasiones observamos que algunos bebés son más tranquilos y tolerantes al esperar el biberón o a su mamá, mientras que otros gritan, patalean y lloran sin cesar. ¿De qué depende este comportamiento?

Freud menciona que los seres humanos estamos determinados por dos factores: los constitucionales y los ambientales. Los primeros se refieren a los elementos que traemos con nosotros mismos al nacer: qué tanta energía se dispone al crecimiento, con cuánta tolerancia a la incertidumbre se dispone, si costará trabajo asimilar aspectos buenos y malos de uno mismo y de los demás, por mencionar algunos ejemplos. Pero también implican sentimientos agresivos, destructivos o envidiosos. Quizá sea difícil creer que un bebé recién nacido posea esta clase de emociones hostiles, pero podemos verlas expresadas en actitudes como morder el pezón de mamá, rechazar la leche después de que ella se demoró en brindarla, llorar si un extraño lo carga, entre otras.

Lo ambiental es aquello externo al individuo, como la familia, el país, el lugar de residencia, la escuela a la que uno asiste. Tanto los factores constitucionales como los ambientales se enlazarán y moldearán al ser humano interna y externamente.

Por esta razón, la relación con la madre será determinante en la vida del bebé, pues ella es el primer objeto de amor. Aunque es posible que en algunos momentos no sepa específicamente lo que necesita el pequeño y se sienta agobiada, el grado de intimidad que –idealmente– posee su vínculo le permitirá reconocer qué ocurre: puede tomarlo en sus brazos y hablarle para calmarlo; asegurarse si tiene hambre, si necesita un cambio de pañal, si el clima lo incomodó, etc. Esta conexión no sólo se refiere a las necesidades fisiológicas del bebé, sino también –y de mayor relevancia– a las de holding o de sostenimiento emocional.

A través del cuidado físico y psíquico, la madre irá construyendo en el bebé una mente que sea capaz de contener experiencias agradables y desagradables, que las tolere y las digiera, de forma que no se desborde con los sentimientos que experimenta cotidianamente, como miedo, angustia o terror. La madre le ayudará a procesarlas; las devolverá transformadas y disminuidas en su intensidad. Esto imprimirá una huella indeleble en la mente del bebé y definirá cómo serán las futuras relaciones con otras personas.

Pero ¿qué clase de sentimientos, fantasías e ideas se generan en este vínculo? Tomemos en cuenta tanto a los padres como al bebé, empezando por el significado que ese hijo tiene en la mente de la madre. Cuando ella se entera de que está embarazada, surge una fantasía acerca de su hijo, imagina qué características tendrá o a quién se parecerá; Serge Lebovici (1988) lo llama “el bebé imaginario”. Posteriormente, el autor describe al bebé “fantasmático”, idea que surge a partir de la ansiedad materna y que tiene su origen en las fantasías inconcientes que elaboró desde su infancia. Finalmente, estaría el bebé real, el de carne y hueso, que por fin llegó a los brazos de su madre.

El recién nacido despierta fantasías y emociones muy intensas. En una madre donde el amor propio se encuentre magnificado, la percepción de sí misma, agrandada, y tenga la sensación de “estar completa”, probablemente vivirá al bebé como espejo, como extensión de sí misma, no como un ser diferente, con su propio lugar y forma de ser.

De cualquier manera, la criatura despertará sentimientos contradictorios (ambivalentes) en los padres, pues, por un lado, ellos recibirán sonrisas, balbuceos o intentos de palabras como recompensa, pero, por otro lado, serán objeto de descargas de frustración (por tardarse en darle el biberón o en atenderlo, por ejemplo). Experimentar ambos tipos de emociones es totalmente normal y forma parte de la naturaleza del ser humano, pues todas las relaciones están permeadas de ambivalencia.

No obstante, si tenemos a una madre que, en vez de solucionar, calmar y tolerar la angustia, se desquicia por no entender qué ocurre, si busca un sustituto para que sea objeto de amor de ese bebé o si el pequeño le es indiferente, dará lugar a una relación cargada de agresión y odio hacia el objeto-madre o hacia sí mismo, junto con angustias de gran intensidad. Un ejemplo de esto aparece en la película Tenemos que hablar de Kevin: lo que predomina en la protagonista es la ausencia del deseo materno, así como el rechazo y el odio al primogénito, y una estructura de personalidad bastante frágil.

Por lo general se tiene la idea de que las relaciones entre madres e hijos siempre son “buenas”, sin odio, agresión o cualquier sentimiento negativo. La realidad es que es normal y totalmente sano experimentar un gran deseo de estar cerca y, en otros momentos, se desee poner distancia. De esta manera, al estar separados, se abre la oportunidad de extrañar y genuinamente buscar un acercamiento gozoso.

Referencias

  • Bion, W. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Buenos Aires: Paidós.
  • Lebovici, S. (1988). El lactante, su madre y el psicoanalista. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Winnicott, D. (1958). Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona: Paidós.
  • Fox, J.; Roeg, L. y Salerno, B. (Productores). Ramsay, L. (Director). (2011). Tenemos que hablar de Kevin. [Cinta cinematográfica]. Reino Unido – EUA.