Neurosis de guerra y masculinidad

Resumen y traducción: Natalia Equihua

Artículo original: “Masculinity, trauma and ‘shell-shock’” escrito por Tracey Loughran para The Psychologist*.

La Primera Guerra Mundial se recuerda como una guerra de reclutamiento: 2.5 millones de hombres británicos se enlistaron en las fuerzas armadas sin que hubiera algún tipo de obligación legal. Cien años después, resulta difícil comprender qué motivó a estos hombres a luchar y cómo lograron sobrellevar los horrores que vivieron en las trincheras. Éstas preguntas históricas son complejas, pero queda claro que lo que dictó las acciones de muchos de ellos fue el ideal de un comportamiento masculino honorable. El éxito de la campaña de reclutamiento voluntario representó, al menos en parte, el triunfo de los ideales victorianos de hombría de la Gran Bretaña. Sin embargo, cuando pensamos en esta guerra, también debemos recordar a aquellos que no lograron lidiar con las exigencias de este ideal, sin importar lo mucho que lo intentaron.

A penas unos meses después de que se desató la guerra, soldados de las diferentes naciones en pugna empezaron a manifestar extraños síntomas nerviosos y mentales. Los médicos de inmediato notaron las similitudes con diagnósticos conocidos, como la histeria, neurastenia y neurosis traumática. También se preguntaron qué efectos desconocidos podría ocasionar el uso de artillería altamente explosiva en el sistema nervioso central. En todas las naciones combatientes, los doctores formularon teorías que entendían estos síntomas como la consecuencia de concusiones o daños imperceptibles a nivel molecular causados por la exposición recurrente al disparo de municiones. Conforme la guerra siguió, se formularon teorías psicológicas cada vez más sofisticadas que explicaban estos síntomas como el resultado de un conflicto entre el instinto de supervivencia y el deseo de realizar el deber propio, o como resultado de un intento por reprimir recuerdos de las experiencias de guerra. Hoy en día, la llamada “neurosis de guerra” se percibe cada vez más como una forma de crisis nerviosa equivalente, en el pensamiento popular, al constructo moderno del trastorno por estrés postraumático (TEPT).

No se sabe con exactitud cuántos hombres fueron diagnosticados y tratados por este tipo de neurosis durante la Primera Guerra Mundial o su secuela. En el ejército británico, la cifra que comúnmente se menciona es de entre 80 mil y 200 mil hombres. No obstante, los cálculos se basan en los registros de personas que recibieron un diagnóstico y tratamiento formal por neurosis de guerra. Es posible que muchos hombres hayan sufrido pesadillas, recuerdos angustiantes de sus experiencias de batalla, y otros síntomas traumáticos, pero lidiaron con ellos lo suficiente en su día a día como para evitar ver a un médico. Estos fueron hombres que sobrevivieron la guerra, aunque no sabemos cómo retomaron el hilo de sus vidas. El único hecho indiscutible es que, después de 1918, la neurosis de guerra se volvió parte de una nueva y popular manera de entender los posibles efectos que tiene la guerra sobre los cuerpos y las mentes de las personas.

Muchos historiadores argumentan que la experiencia de una crisis nerviosa masiva durante la Primer Guerra Mundial llevó a la reconfiguración de los ideales del comportamiento masculino. El heroico soldado ya no era el principal actor en las representaciones populares de conflictos armados; ahora estaba acompañado del cobarde, el joven asustado y el “neurótico de guerra”. Para la historiadora Elaine Showalter, la neurosis de guerra representó una “crisis de masculinidad y una manera de refutar el ideal victoriano de la hombría”; además, fue una protesta inconsciente “no sólo en contra de la guerra, sino en contra del concepto mismo de ‘virilidad’”. Otros historiadores han sugerido que reconocer que cualquier hombre podía desmoronarse bajo suficiente estrés “obligó a que la sociedad occidental se diera cuenta y modificara sus perspectivas sobre la enfermedad mental, la motivación humana y otras situaciones que van más allá de los problemas inmediatos del soldado con discapacidad”. La neurosis de guerra reveló la fragilidad de la psique humana y minó el estoicismo que se aplicaba a tantas áreas de la vida social.

Aun cuando la experiencia de 1914-18 creó una consciencia popular sobre los efectos potencialmente traumáticos de la guerra, no cambió por completo las concepciones de la masculinidad idealizada. Esto es evidente en el deseo de los psicólogos de la Primera Guerra Mundial de devolver a los soldados su autocontrol y carácter “masculino”. Durante este periodo, trataron la neurosis de guerra de distintas formas: en algunas instituciones, médicos influyentes desarrollaron técnicas analíticas. Aunque era poco común que se empleara ese tipo de “remedios hablados”, sus tratamientos demostraron que incluso los acercamientos psicológicos más sofisticados para atender esta neurosis estaban basados en los conceptos de autocontrol, independencia y fuerza de carácter.

Los médicos “analíticos” favorecieron métodos de tratamiento basados en el análisis y la reeducación. Creían que el extenso esfuerzo realizado durante el servicio militar cansaba al paciente y reducía su autocontrol, lo cual ocasionaba que se obsesionara con un elemento emocional de su experiencia de guerra. El papel del médico era ayudar al paciente a entender el “verdadero significado” de su historia y condición, lo cual lograba a través de tratamientos terapéuticos de “reeducación”, es decir, el “proceso por el cual los factores causales que se descubren mediante el análisis se modifican y reacomodan para que dejen de producir efectos mórbidos”. A pesar de que estos doctores mostraron bastante empatía por sus pacientes, jamás abandonaron la creencia de que la guerra debía lucharse hasta el final y que los hombres con neurosis de guerra debían, en la medida de lo posible, volver a algún tipo de servicio (no necesariamente como combatientes). Por lo tanto, los médicos “analíticos” no reevaluaron los principios fundamentales de los ideales victorianos y eduardianos del carácter masculino. Al contrario, creían que estaban ayudando a los neuróticos de guerra a recobrar el autocontrol que les permitiría vivir consigo mismos después de la guerra.

Es tentador mirar atrás y pensar que hemos “aprendido” y que el legado de la neurosis de guerra nos ha dado un mejor entendimiento del trauma bélico; y quizá sea cierto, hasta cierto punto. Aun cuando nadie ha podido encontrar una forma definitiva para evitar que los hombres sufran crisis nerviosas o alguna cura para el TEPT, y a pesar de que existen enormes lagunas en la provisión de servicios psiquiátricos para veteranos, los gobiernos, militares y el público en general ya no pueden ignorar la existencia de las respuestas traumáticas al combate. Ahora bien, las narrativas de progreso pueden ser consoladoras, pero nuestro punto de partida no debe ser lo que ha cambiado, sino el trabajo que todavía queda por hacer. Éste sería el tributo más adecuado para todos los hombres —héroes, víctimas, cobardes, falsos enfermos— que desde 1914 han intentado sobrevivir la guerra de cualquier forma posible.

* Consulta el artículo completo en el siguiente enlace (texto en inglés): https://bit.ly/2mnCnDl.