Los niños también se deprimen

Por Gabriela A. Cardós.

La palabra “depresión” es un concepto muy actual, así como es impreciso, pues se utiliza de tantas formas que ha perdido su significado y poco a poco pasó a ser un sinónimo de casi cualquier molestia psíquica. Se trata, además, de un malestar que aqueja cada vez a más y más personas, al punto de considerarse una “epidemia de nuestros tiempos”.

Se puede presentar en todas las fases del desarrollo, de tal manera que podemos observarla en bebés, niños, adolescentes, adultos y adultos mayores. Si bien es cierto que la infancia está lejos de considerarse una etapa sin conflictos, por mucho tiempo fue difícil creer que los niños se deprimen y sienten insatisfacción, angustia, falta de interés y sentimientos de vacío y culpa. Quienes sostenían esta afirmación argumentaban que los niños no tienen la madurez intrapsíquica para experimentar una depresión, porque la entendían como el resultado de la agresión que se vuelca sobre el yo y de un conflicto con el superyó que causa sentimientos de culpa. En los pequeños el superyó no está totalmente desarrollado, de tal manera que no podrían deprimirse.

Para Abraham, la depresión aparece cuando el niño renuncia a la satisfacción de sus tendencias libidinales y eso lo lleva a no sentirse amado, situación que causa una herida narcisista.

Por su parte, Klein piensa que se trata de una etapa normal de desarrollo que conlleva una forma particular de ansiedad a la que se hace frente con mecanismos de defensa avanzados o patológicos. La no-resolución de este conflicto es la base de los desórdenes neuróticos.

Con respecto a la depresión, cuando frente a la separación no es posible percibir lo bueno en la relación con nuestra madre, quedamos a merced de nuestra violencia y, en ese sentido, de la autodestrucción. Esto genera una imagen devastada del mundo y de nosotros mismos.

La predisposición a la depresión depende, en parte, de la capacidad del niño para tolerar las separaciones y las pérdidas, y del tipo de mecanismos que utilice para lidiar con ellas. Por ejemplo, puede que un chico no muestre tristeza ante una situación y sobrevengan lo que Klein llamó “defensas maníacas”, una forma de negar la realidad a través de fantasías omnipotentes. Por el contrario, la respuesta de tristeza ante una situación también puede ser desproporcionada hasta convertirse en un rasgo de carácter con el que responde ante cualquier situación; entonces se convierten en pequeños con tendencias depresivas.

El dolor y la tristeza son afectos propios de la vida misma y por ello es necesario pensar que, de la misma forma que ocurre en la vida adulta, los niños igualmente sufren de sentimientos de desasosiego, angustia, inhibición, desamparo, aburrimiento y apatía o falta de interés, culpa, pesimismo, vergüenza, impotencia, desánimo, etc. Y, al igual que los adultos, también pueden encubrir esas emociones con conductas contradictorias como una forma de defenderse.

Lo complejo es que los niños no tienen la capacidad de poner en palabras su malestar. Para expresar ese dolor psíquico indecible pueden somatizar o accidentarse de manera frecuente, como una forma de manifestar una necesidad masoquista de autocastigo. En otros momentos están “ralentizados” y se refugian en el sueño que por las emociones antes mencionadas no querían conciliar la noche anterior.

Podemos observarles inhibidos, con desinterés por el juego y por casi todas las demás actividades. Así la depresión puede ganar terreno en las funciones psíquicas y en las intelectuales (junto con la apatía, razón por la cual llegan a presentar dificultades escolares), y surge entonces una fobia asociada a su condición. Con frecuencia expresan que se sienten aburridos, lo que hace pensar en una experiencia de vacío y de sufrimiento. Como dice Arfouilloux, se aburren de algo o de alguien ausente.

Por último, el narcisismo, entendido como la visión que se tiene de uno mismo, también se ve impactado. El resultado es una mala imagen de sí mismo que, además, el niño transmite a los otros, como si intentara mostrar su condición de objeto malo gracias a la intensa agresión que dirige contra sí mismo y que invade su funcionamiento psíquico. Por esa razón, lo vemos fracasar y tener sentimientos de incapacidad, destruir sus construcciones y ser violento o provocar a los otros para que sean agresivos contra él, lo que muestra la necesidad masoquista.

De acuerdo con Freud, la tristeza es una respuesta natural a la pérdida de un objeto, y la angustia, el resultado del peligro que percibimos ante la posibilidad de que esa pérdida sobrevenga. Es así como se llega a la conclusión de que la angustia y la depresión son afectos que constituyen nuestro psiquismo.

Es necesario, pues, pensar que la depresión se relaciona con la inevitable pérdida del objeto. Sin embargo, ésta es indispensable para el desarrollo, ya que ayuda a lograr una individualidad. Hace falta perder al objeto para poder recrearlo más tarde. ¿Qué puede alterar este proceso al punto de convertirlo en un estado real de depresión? En ocasiones puede ser que un evento en la realidad, como una situación traumática, un duelo o una separación temprana, cause la depresión, pero no todos reaccionan igual ante las mismas circunstancias. Por lo tanto, es necesario pensar también en la psique, pues lo decisivo está en la manera en que procesa estos eventos. En todo caso, se pierde algo externo, pero quizá lo más importante es que se pierde en la mente. Dicho de otro modo, la respuesta depresiva debe entenderse como el trabajo de la realidad psíquica frente a eventos, reales o no, de la vida diaria.

 

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