Las separaciones y su impacto en la mente: normalidad y trauma

Gabriela Cardós

Nadezda Berjón

 

Las separaciones son parte del desarrollo, sin embargo, tienen un efecto duro y hondo en la vida emocional de las personas, aunque no necesariamente de manera negativa, sino también creativa.

 

Las separaciones a lo largo del espectro de vida

 

Si consideramos los primeros años de la vida humana, el bebé está vinculado con su madre de modo vital; sin ella muere, no puede subsistir a nivel de necesidades biológicas ni tampoco regular sus estados afectivos. Sin embargo, como observa Goetschy (2016), así como es importante la cercanía, el distanciamiento es parte esencial de la vida. El bebé no puede estar pegado a mamá de modo continuo, y a medida que crece es capaz de tolerar más tiempo a solas o acompañado de otras personas. Es más, la ausencia del otro ayuda a generar pensamientos más complejos, a mantener vínculos duraderos y profundos que sobrevivan a la distancia. La experiencia humana está hecha de secuencias de ausencias y presencias. Por ejemplo, el bebé que despierta y antes de llamar a la madre mira sus manos, observa la luz que entra a través de la cortina e incluso inicia un juego en solitario.

Goetschy (2016) señala que existen separaciones normales a lo largo del desarrollo, como el cuerpo del bebé que al nacer se separa del de la madre; el destete que implica alejarse del pecho o biberón para poder acceder a una alimentación más compleja; al nacer otros bebés, se accede a una nueva experiencia en la que se deja de ser el centro de la relación paterna para ser hermano mayor; la entrada a la escuela es un alejamiento temporal de los padres que conlleva la creación de nuevas relaciones; en la adolescencia se aleja a los padres para amar a otros y acceder a diversos y nuevos ambientes; casarse; la profesión y el empleo; la enfermedad, y finalmente la muerte, todas son separaciones que impulsan el desarrollo y facilitan la creatividad y la conexión mental y emocional.

 

 

Pérdidas reales tempranas y su impacto en el desarrollo emocional

 

Varios son los autores que enfatizan la importancia de la relación madre-bebé al inicio de la vida. Bion (1962) señala que la mente se gesta en el interior de una conexión con otro. Cuando nace el bebé, requiere que la mente de la madre lo asista mientras se construye su propia mente. La madre debe cumplir una función que él llama rêverie, que implica conexión con los afectos y necesidades de su bebé, la capacidad para tolerarlos dentro de la propia mente y finalmente el poder traducirlos al pequeño de un modo menos violento.

Si la madre es capaz de tolerar estos afectos primitivos, comunicando al bebé sus necesidades, calmándolo, regresándole algo elaborado y digerido, éste podrá recibir ese algo transformado en algo más tolerable. En cambio, cuando no tolera estas ansiedades y se las regresa al bebé sin transformarlas, éste las vivirá como un terror sin nombre. La falta de rêverie provoca una falta de significado en las experiencias infantiles, sin lograr hacer tolerable el miedo a morir, que surge en la vida postnatal. Por lo tanto, la experiencia repetitiva de esta falla crea en el sujeto la sensación de vivir en un mundo sin sentido.

Si la madre falla repetidamente en contactar y tolerar los estados afectivos y físicos del bebé, éste no logra construir una mente fuerte y capaz de comprenderse.

Dentro de este tipo de modelo teórico se encuentra Winnicott (1960). Para el autor, el infante está en un vínculo continuo e íntimo con la madre y las fallas en la relación afectan de modo profundo y duradero. El neonato presenta un estado de dependencia absoluta a la madre y sólo poco a poco, a lo largo de los primeros años de vida, se da una independencia relativa, con la que logra estar sin la madre por tiempos cada vez mayores. Winnicott llama holding o sostenimiento al acto emocional y físico que la madre debe llevar a cabo con su bebé para aportarle la seguridad y constancia que requiere.

En un proceso sano en el que la madre responde de modo interesado y receptivo a su bebé, la separación no causa un estrés particular. Es importante subrayar que no se trata de padres perfectos que saben todo lo que su hijo/a requiere, pues las frustraciones son inevitables, no hay madre o padre que no falle en un momento dado. Sin embargo, lo que se hace respecto a esto es esencial para el desarrollo de la mente.

Si el bebé está estresado, llora descontrolado, pues mamá falló en identificar su necesidad; pero si aun así ella mantiene el interés por comprender y ayudar a su bebé, o si el bebé muerde el pezón y aunque la madre siente dolor está  atenta a entender qué sucedió (si está por iniciar la dentición o simplemente expresa un poco de agresión mezclada con afecto) y no lo rechaza, estas acciones le permiten al bebé confiar en sí mismo; saber que no destruye a nadie, además de poder usar sus relaciones de modo creativo.

Para estos teóricos y muchos otros, cuando las experiencias con el ambiente fallan, las separaciones son vividas como estados de desintegración que subsisten a lo largo de la vida y pueden producir estados de angustia ante nuevas separaciones o una depresión (Newman, 2013).

En el diplomado “Angustia y depresión en la vida cotidiana” revisaremos a fondo estos acercamientos clínico-teóricos, poniendo sobre la mesa la vigencia de dichos constructos teóricos, así como los desarrollos actuales.