¿Las ciudades afectan nuestra salud mental?

Resumen y traducción por Natalia Equihua

En 1965, las autoridades de Camberwell, una agitada zona del sur de Londres, iniciaron una inusual encuesta. Empezaron a mantener registros de cada caso de personas diagnosticadas con esquizofrenia, depresión, trastorno bipolar o cualquier otra condición psiquiátrica en el área. Décadas más tarde, cuando los psiquiatras revisaron los resultados, encontraron una sorprendente tendencia: la incidencia de esquizofrenia se había duplicado de cerca de 11 personas por cada 100,000 habitantes al año en 1965, a 23 personas por cada 100,000 habitantes al año en 1997. El resultado ha hecho que muchos investigadores se pregunten: ¿es posible que el estrés de la ciudad esté aumentando el riesgo de esquizofrenia y otros trastornos de la salud mental?

En 1950, menos de un tercio de la población mundial vivía en ciudades. Ahora, atraídos por los prospectos laborales y oportunidades, más de la mitad viven en zonas urbanas. Actualmente, las enfermedades mentales representan la morbilidad más alta del mundo después de las enfermedades infecciosas y, a pesar de que las estadísticas globales aún no muestran un gran incremento en la incidencia, el costo va en aumento. En Alemania, por ejemplo, entre 2000 y 2010 se duplicó el número de días de incapacidad tomados debido a malestares psiquiátricos.

Históricamente existe una relación entre las ciudades, el estrés y la salud mental. Los psiquiatras saben que el estrés puede generar trastornos mentales y la vida urbana moderna se percibe como muy estresante. Los citadinos por lo general viven con más ruido, más crimen, más zonas de pobreza y más personas en las calles que aquellos que viven fuera de las zonas urbanas. Las personas con empleo se quejan de que las exigencias en el lugar de trabajo han aumentado: se espera que hagan más en menor tiempo.

Ahora, algunos científicos han decidido abordar esta pregunta por medio de imágenes cerebrales funcionales y monitorización digital, con el objetivo de ver cómo los cerebros de las personas que viven en ciudades y el de aquellas que viven en zonas rurales difieren en la forma de procesar las situaciones estresantes. Andreas Meyer-Lindenberg, director del Instituto Central para la Salud Mental de Mannheim, Alemania, opina que “el estrés urbano es un concepto enorme y complejo, pero debe ser posible por lo menos ver si los cerebros de las personas citadinas son diferentes de alguna forma”. Si los científicos logran entender qué aspectos de la vida urbana son los más estresantes, sus hallazgos podrían ayudar a mejorar el diseño de las ciudades.

El incesante estrés

Desde el punto de vista de la evolución, la respuesta fisiológica al estrés es algo positivo: permite que los mamíferos sobrevivan. Cualquier amenaza, ya sea de un depredador, la falta de suministros de comida o un enemigo agresivo, desencadena la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina. Estas hormonas aumentan los niveles de azúcar en la sangre y redistribuyen el flujo sanguíneo hacia los músculos y pulmones para que los animales puedan responder a la amenaza ya sea corriendo, cazando o luchando.

Surgen problemas cuando la respuesta al estrés no se apaga. Los niveles de las hormonas del estrés que permanecen muy altos por largo tiempo ocasionan una presión arterial elevada y reprimen el sistema inmunológico. Además, aun cuando se desconocen los mecanismos, los científicos concuerdan en que el estrés grave o prolongado también puede aumentar el riesgo de enfermedades psiquiátricas, una situación aún más crítica para aquellos que tienen una predisposición genética y si el estrés ocurre cuando el cerebro aún está desarrollándose.

Publicado en 2003, el estudio de Camberwell impactó fuertemente a Meyer-Lindenberg, quien en ese momento trabajaba para el Instituto Nacional de Salud Mental en Bethesda, Maryland, Estados Unidos. Cuando estudiaba en Manhattan unos años antes, Meyer-Lindenberg recuerda que: “me sorprendió el número de personas indigentes con enfermedades mentales que vi en las calles, y los problemas de la ciudad de alguna forma tuvieron resonancia”. Se preguntó si la vida urbana de alguna forma estaba haciendo que el cerebro se volviera susceptible a enfermedades de salud mental. Cuando volvió a su natal Alemania en 2007, decidió abordar esa pregunta; sin embargo, Meyer-Lindenberg menciona que al iniciar su investigación “los demás creían que el efecto sería demasiado sutil como para que estuviera relacionado”.

No obstante, el estudio que publicó el año pasado en Nature mostró claramente que las personas que crecen en ciudades procesan las emociones negativas —como el estrés— de manera diferente a las que se mudaron a la ciudad siendo adultos. El equipo de Meyer-Lindenberg escaneó los cerebros de 55 voluntarios sanos que resolvieron problemas de aritmética bajo un constante bombardeo de comentarios negativos. “Les hicimos saber por medio de audífonos que pensábamos que estaban fracasando o al menos que no lo estaban haciendo tan bien como otros sujetos en la prueba”, comenta Meyer-Lindenberg. “En un experimento dejamos que vieran nuestras caras de impaciencia a través de las pantallas de sus computadoras”.

Uno de los mayores retos ha sido identificar qué partes de la agitada vida urbana son las más estresantes. Jim van Ox, psiquiatra y epidemiólogo de la Universidad de Maastricth en Holanda, planea hacer una observación detallada de la vida citadina para identificar las fuentes de estrés. “Poco a poco me he dado cuenta que, si sabemos que el cerebro interactúa con el ambiente, ningún aspecto de la salud mental se volverá más claro a menos que observemos el entorno”, comenta. Van Os desarrolló una aplicación para teléfonos inteligentes que permite que los participantes registren sus estados de ánimo, pensamientos, ubicación y actividades a lo largo de su vida cotidiana. “Es importante porque los estados de ánimo y las emociones pueden generar cambios radicales en el cerebro, al igual que lo hace la presión arterial”, afirma.

Además de ayudar a diseñar las ciudades del futuro, investigaciones como las de Meyer-Lindenberg y van Os podrían producir un mayor interés en regenerar las urbes. Las ciudades son ya enormes incubadoras económicas y culturales, y la esperanza es que las nuevas investigaciones científicas alrededor del estrés urbano ayuden a convertirlas en las cunas de la salud mental.

* Éste es un resumen del artículo “Stress and the city: Urban decay” escrito por Alison Abbott para la revista Nature. Consulta el artículo completo en el siguiente enlace: https://www.nature.com/news/stress-and-the-city-urban-decay-1.11556