Lacan: sus ideas sobre el yo, la identidad y la dialéctica intersubjetiva

Mario Domínguez Alquicira

 

Las elaboraciones sucesivas de la fase del espejo forman parte de la entrada de Jacques Lacan en el psicoanálisis. Este concepto ocupa un lugar central en el registro imaginario, uno de los tres registros, órdenes o categorías que introdujo el 8 de julio de 1953.[1]

Lo especular está presente en Lacan desde sus orígenes psiquiátricos. Ahora bien, su encuentro con el psicoanálisis viene de su interés por la psicosis, y en particular la paranoia. El caso Aimée (amada), caso princeps estudiado en su tesis sobre la “paranoia de autocastigo” (Lacan, 2005 [1932]), da lugar al desarrollo de la relación especular. En 1933 examina el famoso crimen de las hermanas Papin. Con el doble asesinato cometido por las hermanas Papin contra sus patronas, Lacan estudia la paranoia para mostrar que es una enfermedad del narcisismo y uno de sus avatares. El paso franqueado por él ha sido el de ligar el yo freudiano con el narcisismo.[2]

Lacan introduce la fase del espejo como tal en el XVI Congreso de la Asociación Psicoanálitica Internacional (IPA, por sus siglas en inglés) en Marienbad, en 1936. Ahí liga el yo a la imago.[3] El yo tiene su origen temporal para todo ser humano en la fase del espejo como constitución de la imagen del cuerpo propio. Dos años después, en 1938, al examinar el “complejo de intrusión” dentro de los complejos organizadores del desarrollo psíquico, analiza los celos y la identificación con la imago del otro (Lacan, 2003 [1938]).

Lacan, traductor al francés del artículo de Freud de 1922, “Sobre algunos mecanismos neuróticos de los celos, la paranoia y la homosexualidad”, utilizó ya en su tesis la relación entre los celos y el narcisismo en la paranoia. El prójimo y el drama de los celos actúan en la formación del yo.

Formula entonces la fase del espejo como un momento que corresponde al declive del destete al final de los 6 meses y que tiene su ocaso a los 18 meses. El reconocimiento de uno mismo en el espejo vendría a situarse en torno a los 6 meses. Simultáneamente, se observan en esta edad ciertas actitudes particulares del niño respecto a su homólogo en edad. El niño, puesto en presencia de ese otro, lo agrede y trata de imponérsele imitándolo. Se produce entonces la “asunción triunfal de su imagen reflejada” frente a la visión de la imagen especular, una unidad que es el ideal: la imago del doble. A partir de esa unidad se constituye el yo: “el yo se confunde con esta imagen que lo forma, aunque lo aliena primordialmente”, constituyéndose así el narcisismo.

La fase del espejo es una identificación y transformación producida en el sujeto al asumir su imagen, fijada instantáneamente antes de su dominio motriz. La visión de la forma total del cuerpo humano dada como una Gestalt le brinda un dominio imaginario del cuerpo. Lacan sostiene que este momento del espejo posee todo el valor de una identificación, en el sentido que el psicoanálisis da a este término, a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen; más aún, lo que en ese momento se constituye es el “yo ideal”, matriz de todas las identificaciones posteriores.

Lacan sitúa aquí el origen del yo, y las consecuencias serán de suma importancia, pues esa función “salvadora” de la imagen, al posibilitar la ilusión del paso de una imagen fragmentada del cuerpo a una forma que él llama “ortopédica” de su totalidad, por mediación de una imagen que al niño le viene dada desde afuera (por el rebote en el espejo), instaura por este hecho una dimensión de alienación fundamental. Es decir que, en la base de la constitución del yo humano, se encuentra una alienación estructural, dado que el sujeto se identifica con su imagen reflejada, que es la propia, pero a la vez ajena, pues está ahí, enfrente.

De ahí el tema del doble. No es casual que Narciso encuentre en el espejo del lago el rostro de su propia muerte. En todas las leyendas, el doble es mortal, pues el doble se forma en la fase arcaica en que el otro se confunde con el cuerpo propio. En efecto, es en el espejo donde el niño aprehende por primera vez la totalidad de su cuerpo. La cría de hombre nace incompleta. Su cuerpo se le aparece en forma de objetos fantasmáticos y fragmentados: miembros autónomos, fragmentos mutilados que resurgen en el sueño, en la esquizofrenia o en la pintura de Jheronimus Bosch.

Otra consecuencia ligada a este momento es la de la agresividad humana con respecto al semejante, pues éste es alguien que suplanta, que siempre está en el lugar del sujeto precisamente por ser su semejante, por ser otro y a la vez él mismo. A partir de 1946, Lacan liga el yo al conocimiento paranoico. De allí se desprende la tesis de Lacan de que el conocimiento humano tiene una estructura paranoica, pues al hombre le interesa el objeto en la medida en que al otro le interesa, en que está dispuesto a quitárselo.

Por otra parte, la libido narcisista queda en estrecha relación con la agresividad que se desprende de ella. Esto lo plantea en 1948 en “La agresividad en psicoanálisis”. El transitivismo lleva a que el gesto del otro se confunda con el propio: el niño que pega dice que le han pegado, el que ve caer llora. Tal es el transitivismo del amor al prójimo: me duele tu pecho, tu mejilla abofeteada, homenaje rendido a mi semejante por hacerme sentir mi ser corporal.

Con la fase del espejo, Lacan unifica narcisismo y agresividad. En efecto, el narcisismo, según el cual la imagen del cuerpo propio se sostiene en la imagen del otro, introduce una tensión: el otro, en su imagen, a la vez me atrae y me repele; en efecto, yo no soy más que en el otro y al mismo tiempo él permanece ajeno; ese otro que soy yo mismo es otro diferente a mí. De allí nace una agresividad inherente al amor en toda relación dual. Es todo el drama de la relación dual: “Un solo instante separa a Narciso de Eco. Ya cese la distancia, ya concluya el tiempo: el deseo de amor es deseo de muerte […] mi doble es mi semejante, mi semejante es mi doble” (Ortigues, 1966, p. 217).

 

Referencias

Chorne, M., y Dessal, G. (Eds.). (2017). Jacques Lacan. El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Freud, S. (2013). Sobre algunos mecanismos neuróticos de los celos, la paranoia y la homosexualidad (1922 [1921]). En Obras completas, 18: Más allá del principio de placer, Psicología de las masas y análisis del yo, y otras obras (1920-1922). Buenos Aires: Amorrortu. (Obra original publicada en 1979.)

Julien, P. (1992). El retorno a Freud de Jacques Lacan. México: Sistemas Técnicos de Edición.

Lacan, J. (2003). La familia. Buenos Aires: Argonauta. (Obra original publicada en 1938.)

Lacan, J. (2005). De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932). En De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, seguido de Primeros escritos sobre la paranoia (pp. 11-332). México: Siglo XXI. (Obra original publicada en 1976.)

Lacan, J. (2005). Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papin (1933). En De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, seguido de Primeros escritos sobre la paranoia (pp. 338-346). México: Siglo XXI. (Obra original publicada en 1976.)

Lacan, J. (2013). La agresividad en psicoanálisis (1948). En Escritos 2, t. I (pp. 107-128). Madrid: Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1976.)

Laplanche, J., y Pontalis, J. B. (1996). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Ortigues, E. (2007). Le discours et le symbole. París: Beauchesne. (Obra original publicada en 1966.)

Rifflet-Lemaire, A. (1992). Lacan. Santiago de Chile: Sudamericana.

[1] Para Lacan, los tres órdenes o registros psíquicos (lo real, lo imaginario y lo simbólico) posibilitan en conjunto el funcionamiento de la mente.

[2] Recordemos que el yo es la “instancia que Freud distingue del ello y del superyó en su segunda teoría del aparato psíquico” (Laplanche y Pontalis, 1996, p. 457), y que el “narcisismo”, “en alusión al mito de Narciso, [es el] amor a la imagen de sí mismo” (Ibid., p. 228).

[3] La imago, desde Carl Gustave Jung, es un esquema imaginario adquirido con el que el sujeto “aprehende a los demás”, un “prototipo inconsciente de personajes” elaborado a partir de las primeras relaciones intersubjetivas, tanto reales como fantaseadas, dentro del entorno familiar (Ibid., pp. 191-192).