La vejez

Laura de la Torre

“¿De qué más podemos hablar las personas de mi edad? Cuando uno es joven habla del novio, del prometido, de los cuernos que se pintan o se carga el amigo o qué sé yo. Recuerdo cuando me gradué, también cuando mis amigas se empezaron a casar. La boda en verano, la de la playa o quién se veía mejor con qué vestido. Pero al pasar el tiempo los temas van cambiando. Después de las bodas vinieron los hijos, el bautizo, la primera comunión, la graduación de la licenciatura, luego los nietos. Yo soy abuela estéril, no tengo nietos; me hubiera gustado, pero no es así. Tengo muchos sobrinos con niños pequeños; a esos los apapacho. Pero, te estaba diciendo, los temas cambian conforme pasa el tiempo. Ahora, ¿de qué puedo hablar hoy? De si fulanito ya tiene diabetes, hipertensión, problemas en las articulaciones o en los huesos… Empieza también la ronda de amigos que enviudan o mueren. ¿Con quién puedo hablar de eso? A mi hija no le gusta que hable de eso porque me angustia, me pone mal. Por eso procuro no hablar de eso, pero, ¿entonces ya no hablo? Me da miedo enfermarme; el cuerpo ya no es lo que era antes”.

Este es el relato de una mujer con más de 85 años que decidió asistir por primera vez a terapia. Acudió siempre puntual a sus sesiones durante ocho meses y narró la historia de su vida en un México de otra época donde todo era “tan diferente, pero tan igual al mismo tiempo”. Fue una lección muy enriquecedora escuchar el relato de una persona que desea compartir sus experiencias de toda una vida y que todavía busca nuevos caminos por recorrer.

Pude observar que en esta paciente se suscitaba una actitud contradictoria ante la vida: se debatía entre ser una espectadora pasiva, una dulce y tierna abuelita que complace a sus hijos y sobrinos o ser esa mujer insumisa que no le preguntaba a los demás si podía hacer algo, sino que lo hacía con determinación guiada por su voluntad. “Es mejor pedir perdón que pedir permiso”, agregaba.

En los orígenes del psicoanálisis, se consideró que la vejez producía un cambio profundo en el aparato psíquico, pues la libido decrece mientras que la pulsión de muerte aumenta; así, los expertos consideraban que ocurría una regresión evolutiva con aumento de la libido en el yo. Esto, a su vez, resultaría en una mayor rigidez caracterológica, con formas pregenitales de goce libidinal que limitan el acceso analítico. Sin embargo, esta noción se ha ido modificando y transformando, directa o indirectamente, en el psicoanálisis contemporáneo (Iacub, 2011).

Por lo anterior, me parece necesario reflexionar acerca de los espacios que las sociedades actuales en el mundo occidental reservan para escuchar a las personas mayores. Estos espacios, ¿realmente existen? De ser así, ¿dónde se encuentran y de qué dependen? Si más bien ocurre lo contrario, que parece ser lo más común, ¿cómo se pueden construir para que los ancianos compartan sus experiencias, ansiedades y temores? La paciente en cuestión vino a consulta con la intención de encontrar un lugar donde fuera escuchada porque no lo tenía en su propia casa ni con su familia o allegados, pero simultáneamente ella misma tiene miedo de escucharse, pues los temas de los que habla —enfermedades y la proximidad de la muerte— son difíciles de escuchar.

Con gran elocuencia y claridad, esta mujer relató cómo el paso del tiempo le brindó un compendio de anécdotas y vivencias, dentro de las cuales no se excluyen las pérdidas y duelos. A través de su discurso me permitió conocerla y acompañarla en su recorrido desde el pasado, hasta llegar al miedo profundo que en la actualidad la aquejaba: la preocupación intensa a enfermar, perder autonomía y sentir una gran impotencia al no poder moverse tan rápido como antes o hacer ejercicio con la frecuencia que en otros años acostumbraba, pues el desgaste de sus entumecidas articulaciones ahora se lo impedía. Para Kohut el acento del conflicto no recae en reconocer que los objetos de amor no son permanentes, sino en la aceptación emocional e intelectual de que el sí mismo cargado con libido narcisista no es permanente. “La capacidad de comprender y aceptarlo no se debe solo a un acto racional, sino también a la creación de una forma superior de narcisismo” (en Iacub, 2011, p. 204).

En el transcurso del tratamiento pude constatar la amplitud de contenidos que podemos hallar en el discurso de un paciente adulto mayor. Por un lado, la gran riqueza de una vida larga, plena, conformada por experiencias diversas que otorgan sabiduría a quien ha tenido la fortuna de vivir así; por otro, la batalla contra las enfermedades, el deterioro físico y la pérdida de las funciones corporales que presagian la inminencia de la muerte. Esto último es, desde luego, lo que resulta difícil y doloroso escuchar, más aun en una sociedad que idealiza la belleza y la juventud, y que tiende a establecer estándares de salud imposibles alcanzar. “La tesis lacaniana piensa un complejo circuito que estructura el orden del deseo al deseo del Otro. El sujeto entendido como deseante, emerge como tal en la medida que haya otro que lo deseó. La posición del sujeto es la de intentar persistir en el lugar de objeto que causa deseo, ya que la única manera en que se sostienen el deseo es en la relación con otro que lo desea (…) La cuestión que puede emerger en el envejecimiento es: ¿de qué modo se presenta el sujeto frente al deseo del otro cuando los ideales sociales rechazan ciertas imágenes de la edad?” (Iacub, 2011, p. 209).

Iacub afirma: “Los ideales son propios de la juventud, el humor se termina de alcanzar con la adultez y la aceptación de la muerte con la vejez, lo cual da como resultado que este sea un logro de esta etapa de la vida” (2011, p. 204). El tiempo pasa y sólo nos queda su huella en los recuerdos; inevitablemente las cosas se acaban y transforman. Las palabras de mi paciente revelaron su nostalgia y dolor por el pasado perdido. Ahora sentía que ya no pertenecía a ninguna comunidad, que se había quedado sola y carecía de una identidad propia, pues las personas a su alrededor le constreñían su autonomía, independencia y su funcionalidad para relacionarse al recordarle constantemente las limitaciones de su edad.

En la psicoterapia descubrimos gradualmente que, si bien había cosas que obviamente ya no podía hacer como antes, aún contaba con su voz y con la capacidad de buscar o construir un espacio para que ella aceptara sus condiciones actuales, su avanzada edad y, sobre todo, sus ansiedades ante la muerte. Comprendió que sus familiares se preocupaban por ella, la cuidaban y la procuraban en la medida de sus posibilidades, pero al mismo tiempo la limitaban en exceso porque les era doloroso verla decaer. En el aire flotaba la angustia por perderla, la cual no podían expresar abiertamente. Este miedo lo sentí yo misma en la contratransferencia, cuando su salud se deterioró rápidamente. Kohut (en Iacub, 2011, p. 206) señala: “El dominio final del yo sobre el sí mismo narcisista, el control final del jinete sobre su montura, quizás haya contado con la ayuda decisiva de que también el caballo ha envejecido”.

Considero que el tratamiento de esta paciente fue muy provechoso. Su ansiedad disminuía al verbalizar y pensar sus emociones, incluso cuando su condición física se tornó más precaria. A pesar de ello, su discurso y su actitud ante la vida reflejaban cada vez mayor aceptación y tranquilidad. Me parece que es aquí donde radica la importancia de nuestra tarea como terapeutas en situaciones como la que se describe: acompañar a la persona a través del proceso de envejecimiento, recuperar los aspectos valiosos de su vida y preparar la experiencia de la muerte sin tantos sufrimientos ni agonías. Es inevitable pensar en el narcisismo y las heridas narcisistas que se van haciendo con el paso del tiempo, por ello la importancia de las ideas que nos provee Kohut sobre la creación de una forma superior de narcisismo o la escuela lacaniana de reencontrarse como objeto aun deseado.

Referencias:

Iacub, R. (2011). “La identidad social en el envejecimiento y la vejez”. En Identidad y envejecimiento, (pp. 33-75). Buenos Aires: Paidós.

_______ (2011). “La identidad psicológica en el envejecimiento”. En Identidad y envejecimiento, (pp. 87-150). Buenos Aires: Paidós.

_______ (2011). “La perspectiva psicoanalítica sobre la vejez”. En Identidad y envejecimiento, (pp. 195-214). Buenos Aires: Paidós.