La suerte de los buenos hombres blancos: Deriva continental

deriva_continental_rusell-banks-Russell Banks
-Título original: Continental Drift
-Primera edición: 1985
-Novela

Angela Rosas

Sucio dinero. Una miseria. Dinero que se va antes de que llegue. Sin dinero en absoluto. Bob no lo piensa, pero sabe que pronto el hombre deja de sonreír tan fácilmente, y cuando de hecho sonríe, está cerca de una burla. Y de lo que alguna vez estuvo agradecido, un trabajo, una esposa, niños, una casa, lo llega a considerar una carga, un peso que hala su barbilla lentamente hacia su pecho, y porque alguna vez estuvo agradecido, se siento tonto ahora, engañado de alguna manera por él mismo.

Este año se cumplieron 99 años del nacimiento del poeta estadounidense Walt Whitman, a quien le debemos la popularización del verso libre y algunas de las líneas más emblemáticas sobre lo que pudo haber sido Estados Unidos. La exuberancia recorre y constituye el pleno de su obra, incluyendo composiciones de carácter patriótico como “América” o “Escucho a América cantar”. En ambas, habla de un país plural —“The United States are”—  en el cual sus habitantes trabajan al unísono para crear una armonía única e igualitaria que funciona para el bien común. Aun cuando pueda sonar idealizado, su optimismo tenía bases sólidas: se encontraba frente a un país que crecía rápidamente con la adquisición de tierras, tenía una economía estable, la democracia parecía funcionar y, como cereza del pastel, cada día llegaban grupos de migrantes que esperaban ansiosos por unirse a la melodía que componía el país. Había un movimiento constante y alegre que retumbaba en las calles, y a pesar de haber sido perturbado por la Guerra Civil y el asesinato de Lincoln, la cadencia de sus habitantes y del poeta continúo escuchándose.

Claro está, toda melodía que dura demasiado terminar por desentonar. Años después, Allen Ginsberg retomaría el título de “América”, pero esta vez no para alabar el candor de sus constructores. De nuevo el verso libre, de nuevo el país vecino, pero ahora no hay un “todos nosotros”, sino un “tú”. Tú, América, que arrojas bombas. Tú, América, que inicias guerras. Tú, América, nos tienes cansados a todos con tus demandas insanas. Tú, América, deja de presionarme. En vista de los acontecimientos recientes en cuanto a temas de migración, maltrato infantil y la eterna amenaza de un muro, los amargos versos de Ginsberg resultan mucho más familiares y veraces que los optimistas jubileos de Whitman. Sin embargo, y quizás por una suerte de efecto globalizante, es fácil perder de vista que Ginsberg no está hablando desde nuestra misma perspectiva. Si bien Latinoamérica es víctima y testigo de aquella gran nación que se niega a aprender el idioma más hablado del continente, sus primeros damnificados son sus propios hijos. Ginsberg no está gritando desde la postura de migrante o exiliado, sino como estadounidense o, como ellos se llaman a falta de una palabra que los describa, americano. Se forjó en la misma tierra que Whitman pisara cuarenta años atrás, pero no logró florecer en ella. Sería fácil decir que esto no es más que un resultado obvio de sus propias inclinaciones políticas y sexuales, que su llanto es aislado porque obedece al de una minoría. Pero justo cuando el camino de la segregación y la categorización humana parece salvarnos del enfrentamiento con la otredad, nos encontramos con Bob Dubois, personaje principal de Deriva continental: un buen hombre blanco, cristiano, heterosexual, padre de familia, jefe del hogar, cuya vida ha terminado por completo a los 30 años y América lo rodea como el mar al que se hunde. Un buen hombre que nunca podrá aspirar a más que migajas.

El inicio de la novela, “Invocación”, nos advierte que no nos encontramos frente a una historia esperanzadora, sino con “la triste historia de Robert Raymond Dubois, la historia que finaliza en las oscuras calles y callejones de Miami, Florida, una mañana de Febrero de 1981”. A la manera de La Ilíada, Banks abre su narración con un llamado, pero no son las musas quienes se requieren para entonar el canto del héroe, sino un Loa, espíritu de la religión vudú que sirve como intermediario entre los hombres y los dioses y a Legba, representación de la gran elocuencia, quien facilita la comunicación, el habla y la comprensión. Esta tergiversación de la tradicional invocación griega tiene varios propósitos. Para empezar, evoca el estilo de la epopeya, pero sin presentarnos con un héroe de sólidas convicciones; rompe con las expectativas del lector, pues ¿qué tiene que ver el vudú con un buen hombre cristiano de New Hampshire?; plantea el tono de inútil luto que se extenderá por todo el libro, pues Dubois está muerto desde que inicia la lectura y necesitamos de Legba para volverlo a la vida brevemente y que nos diga cómo es que su muerte no tiene ninguna clase de trascendencia, ni siquiera para aquellos que alguna vez lo amaron, y finalmente, contraviene los buenos valores cristianos que rigen gran parte del escenario estadounidense, pues son las aberraciones vudús, sustraídas de oscuros rituales, quienes parecen llevar el mando de la historia.

A pesar de lo extraño que puede resultar este primer capítulo, el contexto en el que sucede la novela es de lo más normal: son los inicios de la década de los ochenta y Jimmy Carter está a punto de terminar su mandato con altas cifras de desempleo, crisis energética, inflación, escasez de petróleo y bajo crecimiento económico. El malestar que se vive en todo el país se manifiesta con especial crudeza en los apacibles hogares de la clase media blanca, donde la comida nunca había faltado y siempre sobraba un poco de dinero para el esparcimiento familiar. Ahora, con las cuentas apretando el cuello de los habitantes y las hipotecas lanzándolos de sus casas, el sueño americano es más un mito que una posibilidad.  Como representante de esta mayoría ignorada —aplastada entre las apremiantes necesidades de la pobreza y los lujosos caprichos de la riqueza— encontramos a Bob Dubois, quien explota en diatribas en medio de una tienda departamental tras no poder comprar un par de patines para hielo y culmina su noche estrellando las ventanas de su auto con sus herramientas. Su crisis lo orilla a tomar la infructuosa decisión de abandonar la fría New Hampshire por la soleada y prometedora Florida, donde su hermano lo aguarda con un empleo nuevo y una vida mejor.

Esta cruda primera impresión sintetiza gran parte de la esencia del libro: Bob le habla al dependiente de la tienda sobre una serie de cuestiones relacionadas con el deporte, su infancia y su vida actual que el otro no logra entender porque no le interesa. El joven quiere cerrar la tienda, pero aquel último cliente se resiste a salir de ahí y lo acorrala con sinsentidos de hombre viejo. Bob alza la voz más y más, pero no logra hacerse entender. Esta misma situación se repite con su esposa, sus hijas, su hermano, su mejor amigo y hasta con sus amantes. Los problemas de Bob no le importan al otro y al otro no le importa a Bob. Ambos quieren escapar, no sólo el uno del otro, sino de ellos mismos y sus vidas miserables. Este conflicto con la otredad y con la propia vida se vuelve más grave a medida que avanza la historia, hasta que, al final, tanto la otredad como Dubois terminan siendo carne muerta, víctimas de su desconocimiento mutuo y propio.

Aquel otro que gesta su destino a la par de Bob es Vanise Dorsinville, una joven madre haitiana que se ve obligada a escapar de los abusos de poder que existen en su comunidad. Acompañada por los espíritus del vudú, su bebé recién nacido y su sobrino, emprende su viaje a través del mar Caribe, soportando a su paso injusticias y maltratos que van de la violación a la esclavitud. Al igual que Bob, su destino es Florida, pero sus motivaciones difieren notablemente. Dubois se dirige al estado soleado convencido de que habrá algo mejor aguardándolo, seguro de hallar por fin la fortuna que merece por llevar su papel de padre y esposo medianamente bien. Vanise, por su parte, va hacia allá por pura supervivencia. Florida tiene el mismo atractivo utilitario que una pieza de pollo asado cuando se está hambriento o una cobija en tiempos de frío. El lector no recibe ninguna pista de que esta mujer dirija sus pasos por alguna clase de decisión idealizada o motivación esperanzadora, sino que queda grabada la impresión de que nos encontramos frente a una criatura salvaje que busca vivir a cualquier costo y que espera ser tan infeliz en Florida como lo ha sido en Haití. Prueba de lo primero es su virtual incapacidad de hablar, pues su único lenguaje es el criollo, y con él no puede hacerse entender por nadie (no así su sobrino, quien se las arregla para aprender un poco de inglés e imagina que todo será posible una vez que toque el suelo de aquella gran nación). Su silencio es el mismo que arrastran cientos de migrantes cada día, y cuyas historias, aunque desgarradoras, apenas trascienden una o dos menciones en las noticias, pues no hay lenguaje que las articule. A pesar de que sus problemas sean notablemente más graves que los de Bob, su presencia en la historia es apenas importante, y sólo se vuelve vital cuando ella, junto con su gente, se encarga de condenar a un infierno a aquel hombre americano que solía ser bueno, solía ser justo y solía ser capaz. Es en el enfrentamiento con los otros que no sólo Bob como hombre, sino Estados Unidos como conjunto, pierda la brújula de su moral, y se ve orillado a actos irreparables.

Para Dubois, Florida es la promesa de un lugar mejor; para los Dorsinville, lo es América en general. Al final, sin importar el nombre con el que se le denomine, la idea de pastos más verdes y senderos bendecidos guía a estos dos individuos, quienes son inconscientes de que se encuentran a la deriva y su desplazamiento obedece más a la entropía que al albedrío. Buscan que el destino los haga felices o por lo menos los rescate de la muerte, ignorando que éste es caprichoso y no se le entrega a nadie. Buscan también, en la llamada “América”, una fuente donde saciar su sed, pero el agua de ésta hace tiempo que se ha estancado. A aquél ideal de sueño americano le quedan las rimas imposibles de Whitman, que ve en el poeta a un árbitro que vela y actúa con justicia en favor de la democracia (“By Blue Ontario’s Shore”); le queda el cansancio de Ginsberg, quien acusa a aquella excesiva maquinaria que ha aplastado los cultivos y finaliza con Banks, cuyo único propósito es ser testigo de aquellas personas ficticias que protagonizan desventuras bien reales y que nos recuerdan que hay otras vidas y otras muertes aparte de las nuestras, las cuales nos afectan, nos transforman y nos arrebatan de la apacible fantasía de que nada fuera de nuestro control sucede en realidad.

 

Medimos el cambio geológico en milímetros anualmente, no sentimos nada moverse bajo nuestros pies y concluimos, por lo tanto, que nada ha pasado. Del mismo modo, cuando leemos en un periódico y escuchamos de las emisiones de noticias de la noche que hay una revolución en Irán, guerra en Irak, soldados extranjeros y tanques en Afganistán, pues cada nuevo día trae un exceso de estas noticias, borrando las noticias del día anterior, noticias de israelís en Líbano reemplazando reportes de rusos en Afganistán, americanos en Granada reemplazando israelís en Líbano, concluimos aquí también que nada ha pasado.