La importancia de la teoría detrás de la escucha analítica en la clínica del narcisismo

Viviana Mier

Hablar de psicoanálisis implica una aproximación a la teoría de la complejidad, puesto que ninguna situación emocional tiene una sola explicación o causa. Un ejemplo de ello es la comprensión teórica del narcisismo, la cual sufrió varios cambios a lo largo del desarrollo del psicoanálisis. Desde luego, tales modificaciones conllevan un impacto en el ámbito técnico y en la forma de trabajar directamente con él en la práctica privada con pacientes.

Desde un inicio, el mismo Freud advirtió que el narcisismo no posee una definición única, sino que se le puede entender desde diversas perspectivas, en tanto que se encuentra relacionado con muchos otros temas. Es posible pensar el narcisismo como una etapa del desarrollo, aquella en la que, al inicio de la vida, el bebé está inmerso en sí mismo y no tiene la capacidad para diferenciarse del otro como individuo.

En ocasiones, el narcisismo opera a modo de defensa, cuando el sujeto se enfrenta a los sentimientos de envidia que le despierta el darse cuenta de que no es un ser perfecto ni completo y que otros sí poseen lo que él no. También se trata de una estructura de la personalidad, que regularmente se observa en personas soberbias que devalúan a los demás y que piensan que todo lo saben o que todo lo tienen por el engrandecimiento de su ego. Asimismo, el narcisismo se presenta como un tipo de elección de objeto, como cuando decimos que alguien elige amigos o parejas muy parecidas a sí mismo.

Estas son algunos de los escenarios y modalidades como se manifiesta el narcisismo. Sin embargo, es fundamental que los analistas y psicoterapeutas tengan en claro qué es lo que entienden por narcisismo y cómo lo abordan, pues su escucha estará fuertemente influenciada por su concepción del mismo y esto, por ende, determinará varios aspectos de su labor terapéutica.

Algunos autores se adhieren al concepto del narcisismo primario de Freud, como es el caso de Winnicott y Green, quienes proponen que el bebé centra en sí mismo la concepción de su mundo, en donde los demás son una extensión de él.

En cambio, otros investigadores sostienen que la mente de todo ser humano se desarrolla con base en las relaciones humanas. Dentro de este grupo, podemos mencionar a Klein, Rosenfeld, Bion, Meltzer, por ejemplo. Tal vez, a primera vista, esta parezca una distinción muy sencilla; no obstante, es fundamental para que analista establezca su propia comprensión de la psique.

En la actualidad, la mayor parte de los psicoanalistas aceptan la modalidad de relaciones de objeto tempranas para comprender la vida emocional y sus perturbaciones. Desde mi punto de vista, ambas teorías nos aportan ideas importantes y, más allá de que una u otra sea la correcta, creo que estudiarlas a ambas con profundidad es muy útil para ampliar nuestras capacidades de escucha y de comprensión analítica, a fin de identificar realmente aquello que el paciente expresa en ese particular momento de la sesión o del tratamiento.

En mi propia experiencia clínica, he visto pacientes que parecen más instalados en un narcisismo primario, donde el objeto no es atacado, rechazado o envidiado, sino que, más bien, no existe. Pero también he tratado pacientes en los que, claramente, el sentimiento de omnipotencia sirve para hacer frente a la intensidad de su envidia y de su miedo a la dependencia, al percibir que necesitan de otros para vivir. Estos dos aspectos del individuo son muy difíciles de modificar y, desde luego, el tipo de escucha y la técnica que utilice el psicoterapeuta o psicoanalista al trabajar con cada uno de ellos no deberán ser los mismos.

De lo contrario, se obstaculizaría el desarrollo del proceso, con tres consecuencias posibles: la primera, que el paciente se mantenga en este lugar distante donde las interpretaciones no le lleguen, pues todavía no nos hallamos frente a alguien en quien predomine la motivación de cambiar y cooperar; la segunda, que la persona escuche y asimile un poco de lo que se le interpreta, pero que le cause un terrible dolor y necesite implementar defensas contra esto mismo (por ejemplo, crear una sensación de incomprensión del sentido de las interpretaciones, lo cual reforzaría su aislamiento); finalmente, la tercera consecuencia que se me ocurre es que, en realidad, nos encontremos ante un aspecto agresivo y destructivo de la personalidad y lo tomemos por una condición menos grave. El riesgo de esta tercera posibilidad radica en que dichos aspectos hostiles nos devalúan constante y sutilmente, así como a nuestra labor.

Sin duda, también puede ocurrir que un mismo paciente muestre distintos elementos narcisistas, aunque alguno tenga más cabida que el otro. Sin embargo, será de crucial importancia técnica que el analista sepa diferenciarlos y trabajar con ellos.

Considero que hay mucho que pensar, entender y profundizar sobre el tema, pues nos encontramos cada vez con mayor frecuencia en nuestra clínica con los retos que suponen los rasgos de carácter y de las estructuras. Una mejor comprensión del modelo teórico que explica lo que sucede con el narcisismo permitirá que el psicoanálisis continúe ofreciendo un espacio y estrategias de gran utilidad para su abordaje.