La identificación en la melancolía

Por Guillermo Nieto Delgadillo

A lo largo de la vida de una persona, la constitución de la personalidad y de la identidad es una de las cuestiones más complejas con las que nos enfrentamos. Afortunadamente, cuando todo sale bien, el individuo rara vez se cuestiona cómo desarrolló su carácter y rasgos más significativos. Es únicamente cuando surge el sufrimiento mental que realmente nos hacemos preguntas relativas a las causas que nos pudieron ocasionar el malestar.

A lo largo de su larga obra, Freud estudió uno de los temas más íntimamente relacionados con la identidad: el de la identificación, que es aquel mecanismo inconsciente por medio del cual la persona adquiere características, primero, de los seres más cercanos y queridos y, posteriormente, de sus sustitutos. De niños queremos ser grandes y fuertes como papá, y buenos y bondadosos como mamá. En ocasiones nos identificamos con aspectos no tan agradables, como puede ser desde un temperamento fuerte hasta el gusto por el cigarro o la bebida. Sin embargo, todas estas particularidades de identificación suelen ser catalogadas dentro del tan debatido espectro de la “normalidad”.

En el otro lado del espectro, tenemos un fenómeno (que puede ser también una estructura de la personalidad) caracterizado por un estado casi permanente de autodevaluación, reproches contra la propia persona, tendencia a arruinar las cosas más valiosas, depresión aguda e incapacidad total para establecer contacto con el mundo exterior y llevar a cabo las actividades cotidianas más simples: la melancolía.

Dentro de sus muchas aportaciones a la comprensión de la mente humana, Freud estudió la melancolía a profundidad, diferenciándola de los duelos normales que todos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Al final de cuentas, la persona en duelo parece tener casi todas las características enunciadas anteriormente; no obstante, parece faltar el ingrediente principal que vuelve a la melancolía una cuestión de tanto cuidado y seriedad: los autorreproches y autodevaluación constantes que el melancólico se hace, y que suelen extenderse por periodos bastante más largos al de un duelo normal, incluso de manera permanente, ocasionando muchas veces que la persona melancólica se suicide.

A grandes rasgos, Freud describió el duelo como un estado en el que el sujeto se da cuenta de que la persona o cosa amada ya no se encuentra más, y se ve en la obligación de renunciar a él para llevar a cabo una redistribución del afecto que antes sentía por dicho objeto. El proceso lleva tiempo y conlleva un primer redireccionamiento de toda esa libido de vuelta a la propia persona, dando origen a los sentimientos pesarosos y la falta de interés en el mundo exterior. Sin embargo, con el tiempo, la persona en duelo toma la decisión de optar por un camino distinto al del ser perdido para seguir con su vida, muchas veces adoptando rasgos de este objeto tan preciado ya sea momentánea o permanentemente. Por ejemplo, Karl Abraham, uno de los discípulos más apreciados por Freud, y quien hizo una de las aportaciones más importantes al estudio del tema, menciona que encaneció como su padre por un periodo de tiempo cuando éste falleció; a otros nos ha pasado que adoptamos manierismos o frases de parejas o familiares perdidos como manera de llevarlos dentro.

En la melancolía se da un proceso particular originado en gran parte por la intensa ambivalencia (esa mezcla de sentimientos de amor y odio que todos sentimos hacia nuestros seres cercanos) que tuvo el individuo hacia la persona perdida. El melancólico lleva a cabo una identificación con el objeto para evitar cualquier sentimiento de pérdida, es decir, toma una parte del ser querido y la incorpora en su persona. La cuestión es que esa incorporación inconsciente ya no es de los aspectos amados del ser querido, sino de sus aspectos odiados, mismos que originan los constantes autorreproches y el sentimiento de bajeza personal. Por lo tanto, y como bien lo vislumbró Freud, en realidad los sentimientos de odio son contra la persona perdida, “la sombra del objeto cayó sobre el yo” (Freud, 1915).

La problemática y seriedad de la melancolía radica en la severidad de esta identificación, que ocasiona una partición en el yo, quien ahora es juzgado constantemente, quedando completamente empobrecido y dando lugar a los sentimientos ya mencionados. Por lo tanto, en la melancolía, la identidad del sujeto es el resultado de la relación entre un yo convertido en un objeto maltratado y un superyó tiránico y persecutorio, producto de la incorporación del objeto original odiado y atacado inconscientemente.

Una de las tareas del tratamiento psicoanalítico es hacer conscientes los sentimientos de ambivalencia y fortalecer el yo del paciente para que paulatinamente el cuadro patológico disminuya su intensidad; tarea nada fácil, por cierto. El tratamiento de pacientes melancólicos le exige al terapeuta compromiso total, tanto intelectual como emocional, para poder ayudar a la persona que, a veces, más que estar sufriendo un proceso temporal, tiene una estructura de personalidad con esas características, lo cual le impide disfrutar la vida.

 

Referencias

Abraham, K. (1994 [1924]). Un breve estudio de la evolución de la libido, considerada a la luz de los trastornos mentales. En Psicoanálisis clínico. Buenos Aires: Lumen-Hormé.

Freud, S. (2008 [1915]). Duelo y melancolía”. En Obras completas, 14. Buenos Aires: Amorrortu.

Klein, M. (2011 [1940]). El duelo y su relación con los estados maniaco-depresivos. En Obras completas de Melanie Klein, 1: Amor, culpa y reparación. México: Paidós.