La depresión repentina en la madre después de un buen vínculo con su bebé

Por Nadezda Berjón

El psicoanalista André Green (en Kohon, 2005) descubre un fenómeno emocional que denomina “madre muerta”. A partir de su propia historia es que configura este dolor. Dice Green que

Cuando tenía 2 años de edad, mi madre estaba en depresión: tenía una hermana menor, que murió después de haberse quemado accidentalmente. Ella era la más pequeña de su familia, mi tía Rose, y mi madre se deprimió. He visto fotografías donde uno puede ver en su rostro que realmente tenía una depresión muy severa. En ese momento, el tratamiento era muy pobre. Fue a descansar a una estación termal cerca de El Cairo. Puedo suponer que he estado fuertemente marcado por esta experiencia que por supuesto me tomó tres análisis revivirla completamente (Kohon, 2005, pp. 12-13).

 

Es decir, la madre muerta es una vivencia que tiene el bebé de su madre, la cual es posterior a la depresión materna. Puede deberse a una pérdida, como la mencionada en el ejemplo, o a un divorcio, así como cualquier evento que sea demasiado doloroso para la mujer:

Puede ser que la madre se dé cuenta de que el padre le es infiel. Quizá se trate de la propia pérdida de su padre o madre. Existen muchas otras posibilidades; lo que es diferente es que esta madre deprimida y muerta no desaparece. Sigue ahí y está deprimida, y esto provoca un cambio tremendo en el bebé, que no comprende lo que sucede (Kohon, 2005, p. 54).

 

Antes de la depresión, la madre era cariñosa, atenta, vital. Ahora se presenta como una figura distante, sin forma, casi inanimada que sienta las bases para las posteriores relaciones interpersonales. Es una madre biológicamente viva, pero muerta, desvitalizada a los ojos de su hijo, está presente físicamente, pero ausente en el plano emocional. Esto es devastador para el bebé, que la necesita como su objeto de amor, por lo que pierde el sentido personal, quedando además identificado con ella. No hay una ansiedad de separación, sino que en realidad la madre está afectivamente ausente.

En la vida de los hijos todo sigue como si nada, salvo que la madre está, pero sin estar. Es un pasaje entre tener una madre atenta, cariñosa, ocupada en la crianza y de pronto perderla. En la película Dulces sueños, mamá (2015), para el protagonista, un niño cuyo hermano gemelo muere, podemos considerar que la pérdida es doble: pierde al hermano, pero también a la madre, antes alegre, feliz y cariñosa. Desde que muere el gemelo, ambos están en duelo. Ahora la madre es una mujer fría, seria, que pasa los días durmiendo. Esto impacta profundamente al hijo, parece que le cambiaron de madre, hay un ser extraño, pero no vivo, en su lugar; no lleno de vida, sino apagado, lo cual enloquece al menor.

Green (en Kohon, 2005) observa ciertas tendencias en las personas cuya infancia estuvo marcada por esta situación. Por ejemplo, la incapacidad de amar acompañará estos intentos de llenar los huecos psíquicos, como una búsqueda continua de objetos que llenen transitoriamente dicho vacío, pero sin lograrlo (Green, 1986, en Kohon, 2005). Pensemos en personas que hacen pareja, incluso se casan, pero después de un tiempo retiran todo su interés en tal relación, reviviendo así la pérdida de la vitalidad materna, pero siendo ahora los que se distancian. También sucede con las actividades profesionales en las que se presenta pasión inicial que al poco decae para no volver a recuperarse. Es como si se pusiera en escena el momento en el que la madre, antes viva, murió emocionalmente.

Se estudiarán éste y muchos otros temas en el Diplomado “Angustia y depresión en la vida cotidiana”.

 

Referencias

Green, A. (1986). Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Buenos Aires: Amorrortu. (Obra original publicada en francés en 1983).

Kohon, G. (2005). The dead mother, the work of André Green. Nueva York: Routledge. (Obra original publicada en 1999).