La cura en el psicoanálisis

Por Marcela Barruel Oettinger

La primera noción de cura que Freud retomó obedecía a un modelo médico. Su propósito era curar los síntomas, pues pensaba que cada uno de ellos correspondía a una causa más o menos específica.  Se trataba, entonces, de encontrar en el inconsciente aquellos complejos o traumas que se manifestaban en la forma de un síntoma. En un inicio, Freud afirmó que cuando los contenidos patógenos del inconsciente alcanzaban el consciente, los síntomas cedían. Fue así que centró su atención en los fenómenos inconscientes y elaboró formulaciones muy específicas acerca de su funcionamiento. La relevancia del descubrimiento del inconsciente y sus particularidades fue tal, que la recuperación de los recuerdos reprimidos comenzó a ser el aspecto central del tratamiento psicoanalítico. Para ello, Freud se valía de la interpretación de sueños, síntomas y demás formaciones del inconsciente.

A medida que Freud amplió y complejizó su teoría, las metas del tratamiento psicoanalítico se volvieron más ambiciosas. Fue a partir de la teoría de la evolución de la libido que el tratamiento psicoanalítico comenzó a preocuparse por reestablecer la libido que queda obturada debido a las dificultades y conflictos que implica el desarrollo. De igual manera, a partir de la teoría de las pulsiones, la capacidad para sublimar quedó implícita como uno de los objetivos de la cura en el psicoanálisis.

Después de aclarar lo difícil que es distinguir entre salud y enfermedad, en 1903 Freud postuló que la meta práctica para la curación de un enfermo sería el restablecimiento de su capacidad de rendimiento y goce, incluso cuando algunos síntomas pudieran persistir. Posteriormente, en 1912 volvió a hablar sobre la importancia de recuperar la capacidad para producir y amar, aunque esta vez aclaró que esas metas solo se alcanzarían parcialmente. Tras elaborar su teoría estructural en 1923, Freud empezó a pensar los objetivos de la cura en términos del ello, el yo y el superyó. Resaltó la importancia de que el yo recuperara la libido ligada a los síntomas. Pensaba, además, que la meta de la terapia psicoanalítica consistía en el fortalecimiento del yo, en su independencia respecto al superyó, y en la ampliación de su campo de percepción de forma que pudiera apropiarse de los fragmentos del ello. Fue en ese momento que Freud enunció su famosa frase: “donde ello era, yo debo devenir” (Freud, 2006/1932, p. 74). Unos años después, en 1937, centró su atención en las reconstrucciones como una manera de llenar las lagunas de la historia sexual infantil reprimida. Fue en ese año que se generó cierto pesimismo en cuanto a los logros del psicoanálisis.

Después de Freud, todas las escuelas del psicoanálisis buscaron aminorar la pretensión de llenar las lagunas del recuerdo, ya que se pensaba que lo reprimido se podía exteriorizar de otras maneras, siendo la transferencia una de las más importantes. De tal forma que, el trabajo con los conflictos inconscientes que se expresan en la transferencia es ahora una de las tareas esenciales del psicoanálisis. Además, actualmente los criterios de la cura son menos absolutos: no existe ya la ambición de eliminar los conflictos por completo, sino que, tal como lo plantean los psicólogos del yo, basta con encontrar formaciones de compromiso que sean más adaptativas y no tan limitantes para el sujeto.  Esta afirmación se relaciona con cambiar los mecanismos de defensa nocivos y rígidos por otros más flexibles que no requieran de tanta energía y empobrecimiento del yo.

La analista Melanie Klein tampoco mostró preocupación por recuperar las lagunas del recuerdo ni reconstruir el pasado infantil. Su propuesta se encaminó en permitir que el sujeto comprendiera las fantasías inconscientes y se responsabilizara por su contenido mental para lograr establecer relaciones objetales menos deformadas. Siguiendo esta idea, Klein hizo hincapié en la importancia de las partes agresivas de la mente. Para ella, uno de los objetivos del tratamiento fue integrar los aspectos sádicos a la personalidad, sin tener que recurrir a mecanismos de defensa primitivos que merman la mente y las posibilidades de evolución del sujeto.

La escuela kleiniana y poskleiniana prefirieron hablar en términos de descubrimiento de la verdad y crecimiento mental como meta de la terapia analítica. De esta forma, los logros y los objetivos a alcanzar en el análisis dependen en gran medida del punto inicial, es decir, del estado mental con el que llega el paciente a tratamiento. Para Donald Winnicott, uno de los objetivos más importantes del psicoanálisis, sobre todo con pacientes graves, fue el descubrimiento y desarrollo del verdadero self que se encuentra encapsulado y oculto por el falso self.

Las ideas de Heinz Kohut fueron diferentes. Lejos de basarse en la modificación del mundo interno del paciente, resaltó el papel del entorno externo y real del sujeto. Kohut planteó que un yo sano y fuerte es capaz de encontrar objetos mejores y más adecuados en el exterior. En cuanto a la meta del tratamiento en psicoanálisis, sugirió expandir el dominio del yo, hacerlo fuerte, sólido y capaz de ejercer el autoconsuelo. De manera similar, Heinz Hartmann explicó que deben mejorarse o restablecerse las funciones autónomas del yo para hacer crecer el área libre de conflicto.

Actualmente, todas las escuelas coinciden en que las metas del psicoanálisis no pueden alcanzarse por completo. Es al final del tratamiento que el paciente tendrá que apropiarse o identificarse con la función del analista para adquirir la capacidad del autoanálisis. En el Diplomado “Clínica psicoanalítica. Diagnóstico, estrategias y resultados” del Centro Eleia, exploraremos a profundidad las distintas posturas que las corrientes del psicoanálisis han tenido respecto a la cura y otros conceptos de gran relevancia para la práctica psicoanalítica.

 

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Referencias

Freud, S. (2006). “31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica”. En Obras completas. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras: 1932-1936 (2ª ed.). Buenos Aires: Amorrortu editores. (Obra original publicada en 1932).