La aportación de la literatura a la formación de psicoanalistas

Por María Antonieta Rosas Rodríguez

Cuando llegan por primera vez a la clase, mis alumnos de maestría invariablemente me hacen dos preguntas. Una, de carácter enteramente práctico, es: “¿Cuántos exámenes va a haber?”. La segunda, motivada por la confusión, es: “¿Por qué debemos estudiar literatura en una maestría en psicoanálisis?”.

La primera pregunta es sencilla de contestar: “En esta materia no hay exámenes” (al menos, no el sentido tradicional de la palabra). La segunda pregunta, por otro lado… Bueno, esa requiere una respuesta un tanto más larga. Una que involucrará un poco de historia, algo de apasionada defensa, un puñado de citas, una lección breve sobre el lenguaje, y una que otra reflexión.

 

Aquello que llamamos “humanidades”

Las humanidades parten de la siguiente idea: nacemos humanos por genética y evolución, pero nos convertimos en seres humanos por socialización y educación.

En la cultura occidental, esta idea tiene sus orígenes en la antigua Grecia. En ese mundo de dioses y mitos, los griegos lo tenían claro: además de los asuntos divinos, también había que ocuparse del asunto humano. A la larga, esta preocupación se volvería la base de uno de los dos ejes del conocimiento clásico (las ciencias naturales y las matemáticas serían el otro). No se trataba solamente de entender el mundo natural (tarea de las ciencias), sino de entender también el mundo de la experiencia humana. Así, la civilización griega desarrollaría la filosofía, la literatura, el arte, la música y la historia como las herramientas intelectuales que les permitirían procesar, comprender y documentar su experiencia consciente del mundo.

Este interés en la vida mental, emocional, estética y ética de las personas es, pues, el núcleo de estudio de las humanidades; las cuales, además, promueven dos objetivos, también de origen griego: el amor por lo que nos hace humanos (la philantrôpía) y la educación (la paideia).

Podemos describir entonces a los humanistas como individuos empáticos, interesados en todo lo humano, y que ven en la educación el camino para el bien vivir tanto público como privado. Como notaba el romano Cicerón un siglo antes del inicio de la era cristiana en su libro Pro Archia Poeta: “Estos estudios alimentan la juventud, deleitan la vejez, adornan los acontecimientos favorables, ofrecen refugio y consuelo en los desfavorables, complacen en casa, no estorban fuera, y pasan la noche con nosotros”.

Con el paso de los siglos, los herederos culturales de Grecia, con los romanos encabezando la lista, seguidos por las universidades medievales, los pensadores del Renacimiento, los intelectuales de la Ilustración y los filósofos del siglo XIX, continuarían desarrollando estas ideas dentro del contexto de sus propias épocas, y en el siglo XX y XXI le pasarían la estafeta (como corredor con la llama olímpica) a las artes y a las universidades modernas.

 

En defensa de la literatura

De todas las disciplinas y las artes humanistas, aquella de la que quiero hablar es de la literatura. Para el poeta italiano Petrarca (fan renacentista de Cicerón), esta es una luz (litterarum lumen) que alumbra el mundo. Sin literatura, estaríamos atrapados en la oscuridad. ¿Cuál? La de la cueva de nuestra mente. Cada uno de nosotros encerrados en un espacio solitario y limitado, sin forma de comunicarnos entre nosotros.

Decía Susan Sontag, escritora y filósofa estadounidense del siglo XX, que los libros educan al espíritu. Solo a través de ellos podemos entender cosas que de otra forma no entenderíamos, pues los libros “agrandan nuestra percepción de las posibilidades humanas, nuestra comprensión de lo que es la naturaleza humana y de lo que pasa en el mundo. [Los libros] son creadores de introspección”.

Leer es hacer un viaje hacia nuestro interior. Un acto íntimo, pero no uno solitario. La lectura es conversación, primero con el texto, y luego con el mundo y con nosotros mismos. En esa conversación nadie más está invitado a sentarse. Solo estamos nosotros y las palabras en la página. Al ingresar a un libro, ingresamos a un santuario intelectual donde gozamos de la libertad y el silencio necesarios para expandir nuestras ideas y cuestionar todo lo que sabemos. Delante de nuestros ojos mentales, página tras página, van apareciendo universos de experiencias, lugares y tiempos poblados de seres humanos destilados hasta su esencia y de ideas exploradas hasta sus últimas consecuencias.

Pero, ¿cómo es que la literatura consigue hacer esto?

 

¿Hay pensamiento más allá del lenguaje?

Uno de los temas más discutidos en lingüística es la llamada “hipótesis de Sapir-Whorf”, la cual propone que los pensamientos de los individuos están condicionados por la lengua (o lenguas) que estos hablan. En su versión más controversial, la hipótesis sostiene que todos nuestros pensamientos y acciones están sujetos a las posibilidades y límites de nuestro propio lenguaje. Por otro lado, una versión menos rígida del asunto dice que el lenguaje solo influye en nuestros patrones de pensamiento y comportamiento, pero no los determina.

Dicho de otro modo, y parafraseando el libro de Santiago Ramírez Sandoval, un psicoanalista mexicano que escribió sobre la influencia de nuestra infancia en nuestro futuro, podríamos decir que, de acuerdo con la hipótesis de Sapir-Whorf, la lengua es destino. Nuestro mundo tendrá la forma de nuestra lengua.

Esta hipótesis supone, además, que el lenguaje aparece antes que el pensamiento, lo que la enfrenta con otras corrientes lingüísticas que postulan lo contrario, esto es, que el pensamiento viene primero que el lenguaje. Por el momento, dado lo que se sabe sobre el fenómeno del lenguaje, hablar sobre cuál de las dos posturas tiene la razón es el equivalente lingüístico de aclarar qué fue primero, si el huevo o la gallina. Y, como no me interesa la avicultura, me quedo, pues, con el núcleo de esta hipótesis: a saber, que hay una relación estrecha entre lenguaje y pensamiento.

Este es el mecanismo básico que explica cómo la literatura consigue tener una influencia directa en nuestra mente. Las novelas, los poemas, los cuentos, las obras de teatro, los ensayos… ¡todos están hechos del mismo material que nuestros pensamientos!

Veámoslo así: si de los árboles sacamos madera con la cual construir edificios, de los libros sacamos ideas con las cuales construir al mundo (ese mundo de la experiencia humana que mencionaban los griegos), por lo tanto, entre más libros leamos, más material tendremos a nuestra disposición y, por ende, el mundo que construyamos será más amplio y complejo. Después de todo, ¿cómo podríamos construir una casa si solo hemos talado un árbol?

 

El mundo son historias

Mencionar el sonido del dolor, el aroma de la felicidad o el sabor de la nostalgia es algo frecuente en los libros. “Gracias aroma azul (…) gracias pudor turquesa”, escribía Oliverio Girondo, no porque tuviera sinestesia (una condición debido a la cual una persona percibe una sensación con un sentido distinto al asociado con el estímulo, como ver sonidos o escuchar colores), sino porque este poeta argentino comprendía que la experiencia mental del mundo es tan compleja que no puede limitarse a las operaciones del mundo natural.

Así, como alquimistas, los poetas le copian al cuerpo y crean una figura retórica (la que utiliza Girondo), llamada, también, sinestesia. No se trata ya de un fenómeno neurológico, sino de una operación artística diseñada para estimular la imaginación e invitar a la reflexión.

“Detrás de cada palabra hay un mundo que debe ser imaginado”, decía el novelista alemán Heinrich Böll. Nosotros, pues, imaginaremos cosas que huelen a color azul (¿el mar, quizá?) y la razón por la cual nuestra vergüenza se viste de verde azulado (¿porque las lágrimas también están hechas de agua salada?). Como quiera que sea, el hecho es que, a través del poema de Girondo, la realidad y los sentimientos se han desdoblado para mostrarnos profundidades desconocidas. El mundo, gracias a la literatura, se ha vuelto más complejo de lo sospechado.

Esa, creo yo, es una de las razones por las cuales contamos historias, no importa si como cuentos, como novelas o como poemas. El acto de transformar nuestras experiencias en historias por medio del lenguaje nos permite reelaborar el mundo, darle forma y sentido más allá de la mera percepción del fenómeno, cualquiera que sea este.

El animal humano vive en un mundo físico. El ser humano, por otro lado, habita un mundo mental que crea a través de historias: la propia, la de su familia, la de su infancia…

 

El diván es el mejor lugar para leer literatura

“¿Por qué un psicoanalista en formación debe leer y estudiar literatura?”, es lo que mis nuevos alumnos me preguntan cada semestre.

Porque son seres humanos. Porque trabajarán con otros seres humanos. Porque la vida es un entrenamiento en humanidad que requiere, no de una membresía en un gimnasio, sino de un proyecto de lectura que nos acompañe hasta la muerte.

Idealmente, este proyecto nos refugiará de las miserias de la cotidianidad, nos consolará de sus desgracias, nos educará sobre sus complejidades, y nos dará (con su arsenal infinito de palabras) las herramientas mentales para darle sentido a la vida, propia y ajena.

La vida es demasiado corta (y qué bueno) como para vivirlo todo, experimentarlo todo, sentirlo todo, entenderlo todo. La literatura es el atajo que hemos inventado para vivir mil vidas en una sola.

Un psicoanalista, en el transcurso de su carrera, se enfrentará al mundo de historias de sus pacientes. Qué mejor que hacerlo con una biblioteca mental a cuestas que lo dote del conocimiento acumulado por siglos sobre aquello llamado la condición humana.