Esquizofrenia: la conformación de una mente afligida

Rachel acababa de dar a luz a su tercer hijo, cuando comenzó a sentirse abrumada por el ruido en la sala de partos, se sintió altamente paranoica sobre su hermana y, poco a poco, sufrió su primer episodio esquizofrénico; tenía 28 años.

Aunque fue sólo en ese momento que empezó a escuchar voces –de su familia, gritos distantes, mensajes de naves espaciales– Rachel y su psiquiatra se dieron cuenta de que ya había experimentado “susurros” de esta condición muchos años antes.

De niña, inteligente, pero también tímida social y físicamente, Rachel solía pasar tiempo a solas; se adentraba en sus dibujos llenos de complejos detalles fractales como los que se ven en el trabajo de artistas psicóticos.

Durante la adolescencia, algunas de sus dificultades se agravaron: tenía una aguda sensibilidad al ruido, se daba cuenta del refrigerador que empezaba o terminaba un ciclo, los pasos en el departamento vecino, el tráfico en el exterior.

Sólo en retrospectiva logró entender que esas peculiaridades eran señales de su condición.

 

Primeros indicios de esquizofrenia

 

Como el psiquiatra de Rachel, Robert Freedman, explica en su libro La locura dentro de nosotros, en donde escribe sobre esta paciente, así sucede con los primeros indicios de paranoia, confusión, hipersensibilidad y alucinaciones en personas que desarrollan esquizofrenia.

Con frecuencia estos surgen justo cuando la adolescencia genera cambios en el cuerpo y el cerebro, y años antes de que la enfermedad se manifieste por completo. “El problema con los síntomas precoces”, explica Freedman, jefe de psiquiatría de la Universidad de Colorado, Denver, “es que no son muy específicos.

En una época en la que el pensamiento, las emociones y el comportamiento cambian bastante; es muy difícil separar estos indicadores tempranos de la normalidad”.

En los últimos 20 años, estudios han demostrado que el cerebro adolescente sufre cambios importantes en su desarrollo.

Las autopsias y estudios por imagen han revelado que, durante la niñez y la adolescencia, el cerebro se deshace de un gran número de sinapsis (las uniones entre neuronas a través de las cuales fluyen las señales eléctricas); esta “poda” parece suceder en mayor medida y durante más tiempo en personas con esquizofrenia.

Otro trabajo comprobó que la adolescencia trae consigo grandes mejoras a las redes neuronales que generan las capacidades de juicio, cognición y control conductual.

Investigación sobre los indicadores

A nivel diagnóstico, algunos investigadores argumentan que los síntomas sutiles no sólo pueden distinguirse de la adolescencia normal, sino que podrían ser un indicador confiable de enfermedades futuras.

Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos ha revelado el secreto de este complicado trastorno.

Uno de los principales investigadores, David Lewis, del Instituto y Clínica Psiquiátrica Occidental de la Universidad de Pittsburgh, Pennsylvania ha dedicado las últimas dos décadas a explorar las raíces del desarrollo de la esquizofrenia.

Aun así, el mismo Lewis considera que aún es temprano para saber si alguna línea de trabajo, no importa cuán prometedora, identificará el componente central en el rompecabezas de la esquizofrenia.

 

El cerebro adolescente

En la actualidad, Lewis realiza uno de los intentos más amplios y sólidos de explorar cerebros adolescentes normales y pre-esquizofrénicos.

Su enfoque ha sido un circuito particular localizado en la corteza dorsolateral prefrontal (DLPFC), una región con múltiples capas y esencial para conectar la experiencia, la memoria, el pensamiento y las emociones, para lograr así una perspectiva coherente y homogénea sobre el mundo.

La DLPFC construye y refina la mayoría de sus circuitos tan complejos durante la niñez y adolescencia.

Es por ello que el trabajo de Lewis examina la relación, durante este periodo del desarrollo, entre dos tipos de células: las neuronas piramidales, que ocupan varias capas de la corteza, y las células candelabro, que se encuentran cercanas a la base de las células piramidales.

Las células piramidales, llamadas así ya que su cuerpo central es triangular, generan gran parte de las complejas señales eléctricas que ocurren en la DLPFC y en la corteza prefrontal (PFC).

La efectividad de esta tarea depende, en su mayoría, de la riqueza de las ramificaciones que se encuentran en su estructura larga y similar a un árbol. Diversos estudios post mortem han demostrado que en adultos con esquizofrenia estas células piramidales tienen cuerpos más pequeños y menos protuberancias —llamadas espinas dendríticas— para recibir estímulos de las sinapsis.

En las células piramidales que se localizan en la capa 3 de la DLPFC, Lewis encontró una reducción de cerca de un cuarto de las espinas dendríticas.

La mayoría de los neurocientíficos del desarrollo sospechaban que esta escasez de ramificaciones se debía a una poda sináptica desmedida durante la adolescencia.

La poda es una especie de limpieza que se cree que elimina las sinapsis débiles y mantiene las fuertes. Anteriormente se creía que, en la esquizofrenia, el proceso de poda se deshacía de manera indiscriminada de sinopsis, incluidas las débiles y las fuertes.

En 2008, el equipo de Lewis encontró evidencia que contradice esta idea. Dichos descubrimientos llevaron a Lewis a generar una hipótesis alternativa: las células piramidales en las personas con esquizofrenia tienen sinapsis más débiles antes de que la poda siquiera comience.

No obstante, Lewis quería ir más atrás en la historia: ¿qué es lo que detiene el desarrollo de las células piramidales en primera instancia? Sospechaba que se trataba de las células candelabro.

Durante muchos años, todos asumían que las células candelabro sólo cumplían un papel inhibidor; sin embargo, hace unos cinco años, un equipo liderado por Gábor Tamás en la Universidad de Szeged, Hungría encontró que las neuronas candelabro también tienen un papel excitador.

Lewis considera que, en las personas que más adelante desarrollarán esquizofrenia, las células candelabro fracasan en la crucial tarea de cultivar células piramidales durante la niñez o la adolescencia temprana y no logran generar el tráfico neural organizado requerido para construir conexiones robustas; así, más adelante, la debilidad de ambos tipos de células hace que la corteza prefrontal se vuelva incapaz de crear disparos vigorosos y coordinados para generar una memoria funcional.

El resultado sutil, pero cada vez más evidente —puesto que las sinapsis se podan durante la adolescencia— es un cerebro que no logra organizar de manera congruente su actividad eléctrica o sus pensamientos; esto es, la mente fragmentada de la esquizofrenia.

 

Algunos adelantos

El enfoque en el desarrollo del cerebro adolescente que ha sido tan valioso para la investigación también ha despertado controversia entre los médicos.

La idea más contenciosa es agrupar los susurros iniciales de la esquizofrenia en un periodo “pródromo” diagnosticable durante la adolescencia (pródromo es un concepto derivado del latín que significa “precursor”).

Por ahora, la esquizofrenia por lo general se diagnostica en la adultez temprana.

El Estudio Pródromo Longitudinal Norteamericano, o NAPLS, es un proyecto realizado en ocho centros, que se formó en 2003 y ha estudiado formas confiables de diagnosticar a personas en dicho estadio pródromo para ofrecerles tratamiento psicoterapéutico, entrenamiento cognitivo, terapia familiar o medicamentos con la esperanza de prevenir el agravamiento de problemas.

La principal herramienta diagnóstica del NAPLS es un cuestionario al que llaman Entrevista estructurada para síndrome pródromo.

Éste califica síntomas que incluyen pensamientos fragmentados o inusuales, historia familiar de psicosis, problemas sociales o escolares y paranoia u otras peculiaridades emocionales, conductuales o del pensamiento.

En 2008, el grupo publicó un reporte sobre 291 adolescentes y adultos jóvenes que el cuestionario identificó como “en alto riesgo” de padecer esquizofrenia u otros trastornos psicóticos.

Durante los 2.5 años de identificación sistemática, 35% de dichos pacientes sufrieron episodios psicóticos.

Asimismo, los investigadores del NAPLS explicaron que derivaron un conjunto de algoritmos de predicción a partir de los resultados y posteriormente volvieron a usarlos para evaluar los mismos datos y, así, aumentar la precisión predictiva del examen hasta casi 80%, algo comparable con las predicciones de riesgo de problemas médicos como enfermedad cardiaca.

Este punto es de gran importancia para algunos médicos, quienes subrayan los indeseables falsos positivos.

“Inevitablemente le dirás a personas que no están en verdadero riesgo de sufrir esquizofrenia, que están en un alto riesgo”, comenta Til Wykes, psicólogo clínico del King’s College de Londres, quien se especializa en salud mental.

Wykes explica que el impacto podría llegar hasta el uso inadecuado de medicamentos antipsicóticos, además de afectar de manera negativa la forma en que la familia, los amigos y la comunidad en general tratan a esa persona, así como su percepción de sí mismos.

“La ansiedad que produce este diagnóstico podría incluso generar justamente aquello de lo que tratas de protegerlos y estarías ocasionando estos problemas a personas que tiene 15, 16 años de edad. Se trata de una enorme intervención con alguien que podría no estar destinado a tener esquizofrenia”.

Muchos de los científicos que estudian las complicadas conexiones del desarrollo de la esquizofrenia no creen contar aún con herramientas que disciernan con precisión el periodo pródromo, y menos aún con lo necesario para tratarlo:

“actualmente tenemos una idea más clara sobre lo que sucede en el cerebro esquizofrénico que en el pasado”, explica Lewis, “pero aún no tenemos un punto en la mira o una intervención, si de eso se trata, con una probabilidad suficientemente alta de éxito”.

 

Resumen y traducción: Natalia Equihua

Artículo original: “Schizophrenia: The making of a troubled mind” por David Dobbs para Nature.