Envidia… ¿De la buena?

Por Conrado Zuliani

“¡Qué envidia! Pero, de la buena”. En esta ambigua frase no se sabe bien si el que la dice alude a una posible envidia “bondadosa”, “buena onda” ‒diríamos coloquialmente‒ o si se refiere a una envidia “de la buena” como cuando se alude a la “pureza” de determinado objeto o sustancia. El Diccionario de la lengua española (2014) define “envidia” como: “1. Tristeza o pesar del bien ajeno. 2. Emulación, deseo de algo que no se posee”.

Lo cierto es que la envidia nunca es de la “buena”. Tía de los celos y prima hermana del resentimiento, la envidia supone siempre el odio y los deseos de destruir aquello bueno, bondadoso que el otro tiene y de lo que se carece. No se contenta con tener aquello envidiado sino que, además, intenta destruir al dueño, a aquel que en la fantasía se considera como poseedor de todos los bienes.

Podemos pensar en un niño que busca arrebatarle el juguete a un amiguito, no para jugar con el preciado trofeo, sino porque no tolera que tenga algo que él no posee. Inmediatamente vemos que, o rompe el carrito o golpea al otro niño: “Si yo no lo tengo, tú tampoco.” De igual forma, en ocasiones el analista realiza una buena interpretación y los pacientes, en lugar de beneficiarse de ella, la atacan y también al terapeuta, situación que produce bastante desconcierto. Por ejemplo, a veces después de una buena interpretación, contestan: “No es el momento para decirme esto. ¿Qué no ve que estoy sufriendo?” o “¿Es lo mejor que me puede decir?”.

Uno de los aspectos fundamentales de la envidia es la agresión hacia la persona que nos da algo bueno, privándonos a nosotros mismos de aquello que nos beneficia. Así, se crea un círculo vicioso en donde el sujeto envidioso se siente frustrado por no recibir lo bueno; esto retroalimenta su odio y vuelve a atacar.

A menudo escuchamos la frase “es una crítica constructiva”. En realidad, esta expresión funciona como fachada de intensos sentimientos envidiosos. Por ejemplo, la persona que critica o minimiza el automóvil nuevo de su vecino, aquel que pide prestado un objeto y “accidentalmente” lo daña o la madre que devalúa el nuevo departamento de la hija recién casada. Quizá alguna vez hayamos derramado café sobre la hermosa alfombra o sobre la computadora recién comprada de nuestro anfitrión, porque la envidia ‒aun inconciente‒ es un sentimiento presente en todos los seres humanos.

Con frecuencia sucede que una persona ayuda a otra y quien recibe el apoyo, en lugar de mostrar gratitud hacia el otro, lo ataca, lo injuria, habla mal de él, lo traiciona. El envidioso “muerde la mano que le da de comer”. A diferencia de los celos, donde el sujeto teme perder a quien ama en manos de un tercero, la envidia es esencialmente destructiva: no hallamos rastros de amor en ella.

A su vez, la envidia obstaculiza el aprendizaje. Por ejemplo, si mi envidia hacia Freud es muy intensa ‒en tanto que él es poseedor de una genialidad y un talento de los que carezco‒, puedo llegar a juzgarlo ferozmente: “Su teoría es caduca”, “Todo lo entendía desde la sexualidad”, “Está probado que el psicoanálisis no sirve”. Quizá esto me lleve a abandonar la lectura incluso antes de culminar la primera página. De esta forma me empobrezco como persona y me privo de conocer las ideas de uno de los pensadores más valiosos del Siglo XX.

Aquellos que vieron la película La pianista, dirigida por Michael Haneke, recordarán la terrible escena en donde la protagonista induce a su mejor alumna ‒joven y tal vez más brillante y talentosa que su profesora‒ a meter las manos en una bolsa para buscar algo. Esa bolsa estaba llena de vidrios rotos, por lo que le causa un terrible daño ‒potencialmente definitivo‒ a la muchacha.

En La interpretación de los sueños (1900 [1899]), Freud valientemente relata un sueño propio cuyo contenido es la muerte de uno de sus hijos, ausente en aquellos días por encontrarse en el frente de batalla. (Eran los días de la Primera Guerra Mundial). Freud se pregunta azorado: “Siendo el sueño siempre una realización de deseos, ¿qué deseo podría satisfacerse en este sueño cuyo argumento es la muerte de mi hijo?”. Entonces, concluye dolorosamente: “Es la envidia a la juventud, que los mayores creen haber extirpado de raíz; y es innegable que precisamente la fuerza de la emoción penosa en caso de que ese accidente realmente ocurriera hace salir a la luz, como su sedante, ese cumplimiento de deseo reprimido”.

Acaso fue la oportunidad para Freud de des-cubrir algo profundamente humano: la presencia de sentimientos hostiles hacia aquellos que amamos.