El impacto emocional del sismo

Por Sara Fasja y Elena Ortiz

Todos sentimos el impacto del sismo que afectó al centro del país el pasado 19 de septiembre de 2017 –incluso, desde el ocurrido el 7 de septiembre, que dañó a los estados del sur de México, principalmente Oaxaca‒. Nos estremecimos en el momento que sucedió, al ver las noticias y las redes sociales, al escuchar las tragedias o al observar el dolor y la destrucción que suscitó. Esta conmoción es la que, por lo general, deriva de una situación potencialmente traumática y se traduce en distintos niveles de afectación, tanto en lo social como en lo familiar e individual.

La experiencia no fue la misma para todos: algunas personas desgraciadamente fallecieron en los edificios colapsados, otras fueron rescatadas de los escombros y lograron salir con vida, hay quienes perdieron a un familiar o amigo, mucha gente quedó en calidad de damnificada al perder o tener en gran riesgo su patrimonio, los rescatistas y testigos cercanos a las víctimas observaron todo el dolor, la tristeza, la angustia y el caos.

Una crisis o un trauma es algo que excede las capacidades mentales para procesar y comprender la situación que se está viviendo. Se trata de algo que sobrepasa nuestros recursos emocionales. Cuando una persona atraviesa un evento traumático, su mente se desploma ante choque que este representa.

Es posible que al inicio el sujeto parezca pasmado: pasan las horas sin que tenga noción del tiempo, sin que sienta hambre o la necesidad de dormir e, incluso, sin que pueda reconocer su propio estado emocional. En muchas ocasiones esta es una reacción inicial común. Después suelen desplegarse reacciones defensivas para controlar o deshacerse de la experiencia dolorosa. Entre tales actitudes se encuentran las siguientes: negar la gravedad de lo ocurrido, actuar con prisa (ansiedad) o premura desorganizada, intentar ordenar y limpiar como una forma de recuperar el equilibrio, o bien, aislarse y deprimirse perdiendo las ganas de realizar las actividades diarias.

En la vida cotidiana, cuando no acontece nada grave, alguien que se sienta tenso, enojado o triste, puede encontrar un espacio para calmarse y reponerse (su casa, por ejemplo). Cuando la realidad externa es benigna, amortigua y alivia la inestabilidad interna. Sin embargo, con este sismo para muchos esa estabilidad se rompió y su espacio quedó destruido. La realidad, en lugar de reconfortar, los enfrentó a un panorama desolador.

Perder la casa provoca una perturbación muy fuerte, pues significa quedarse sin el lugar donde uno se refugia (física y mentalmente). Los espacios externos representan también espacios internos. Seguramente, uno de los grandes desafíos para los damnificados que perdieron sus viviendas será impedir que el sentido de hogar y su seguridad interior queden arrollados junto con la construcción derruida.

Es fundamental rescatar aquello que constituye el hogar, no las paredes, tabiques o varillas; el hogar está apuntalado en los vínculos, en la fuerza de las relaciones, en la cohesión que parte de la intimidad y sinceridad de los contactos emocionales. El reto está en reubicar y discriminar que la estabilidad, la seguridad y la solidez que tantas veces se coloca en las edificaciones, tiene su eje en el mundo interno y en los vínculos.

El duelo por el patrimonio dañado puede ser devastador. Perder una casa, los muebles, objetos de valor sentimental y la estabilidad económica son experiencias que conllevan mucho dolor, tristeza, rabia o desesperación. Es necesario realizar un intenso esfuerzo emocional y mental para procesar este duelo. También, debemos identificar lo que no se ha perdido o lo que es recuperable. Se trata de recapitular los recursos internos y externos con los que contamos. La red social y familiar es un elemento esencial en estos momentos. No es conveniente aislarse porque se estaría dejando de lado la posibilidad de fortalecer ese tejido de vínculos que brindan un sostén emocional.

El impacto no será igual para todos los afectados por el sismo. Muchos elementos se ponen en juego para determinar si una crisis conllevará o no problemas a largo plazo: la naturaleza e intensidad del suceso, los recursos con los que cuenta cada quien y la ayuda externa disponible.[i]

La personalidad global (el carácter) es un elemento determinante para enfrentar el trauma. Con frecuencia aquellos que ya presentaban conflictos o síntomas psicológicos previos muestran un agravamiento de los mismos.[ii] La cualidad traumática quedará determinada entre el suceso en sí y la interpretación individual del sujeto, junto con sus capacidades para enfrentarlo.

Por ejemplo, es común que una persona depresiva tenga sueños y temores ligados a temblores, casas en ruinas, abandonadas o áreas derruidas. La mente emplea estas figuras metafóricas para expresar emociones de tristeza e inestabilidad. Para alguien con semejantes experiencias, es muy probable que el sismo represente algo traumático, incluso si no lo afectó directamente, porque se entrelaza la amenaza interna con la inminencia del peligro externo. Un sujeto frágil encontrará mayores dificultades para concentrar sus recursos y recuperarse del impacto; en contraste con aquel que posee una condición interna más sólida, cohesionada y estable. La intensidad del suceso se combina con la manera en que se vive, se decodifica y se registra en el mundo interno.

La culpa es otro elemento que surge ante la crisis, como una expresión natural por estar a salvo a pesar de encontrarse cerca de otros que fueron lastimados.

Es importante contar con criterios claros que nos permitan evaluar la capacidad de una persona para salir adelante después de un evento traumático. A continuación se enlistan algunos elementos que conviene observar tanto en los demás como en nosotros mismos:

1) Trastornos de sueño (insomnio, terrores nocturnos). Es normal no dormir bien después de una vivencia impactante. Sin embargo, después de unos días, se tendría que ir recuperando la capacidad de descanso. Dormir mejor cada noche es una buena señal. Tener pesadillas es también algo esperable, pues es una forma de reproducir y de apropiarse de una experiencia dolorosa. Pero, si no ceden o se transforman en terrores nocturnos, es síntoma de que algo no marcha bien.

2) Pensamientos e imágenes recurrentes sobre lo vivido (flashbacks). Hay que valorar la frecuencia e intensidad de repetición de aquellas escenas traumáticas dentro de la mente. Lo saludable es que paulatinamente vayan disminuyendo, desvaneciéndose, y que se pueda recuperar la capacidad de atención sobre otros aspectos de la vida.

3) Trastornos de alimentación. Es normal durante los primeros momentos después de la crisis que dejemos de ingerir alimentos porque no hay registro fisiológico del hambre o que comamos sin ganas, hasta que poco a poco recuperemos nuestro apetito regular. También puede ser que la ansiedad nos lleve a comer en exceso, pero lo esperable es que esta actitud aminore conforme la angustia va disminuyendo.

4) Alteraciones en la conducta y estados de ánimo. Una situación de emergencia puede dar lugar a actitudes que revelan ansiedad, agresividad, agitación, estados depresivos (apatía, falta de placer hacia la vida o aislamiento), comportamientos obsesivos (limpiar en exceso u ordenar compulsivamente, etc.). Tales reacciones deben disiparse en el transcurso de los días. Es normal que al principio cada quien desarrolle sus propias actitudes defensivas para lidiar con una crisis. Pero, si las alteraciones se prolongan, entonces es necesario consultar a un especialista.

Aun cuando consideremos que se está haciendo frente al evento traumático adecuadamente, siempre es recomendable una revisión médica, en tanto que el equilibrio psicobiológico es delicado.

Las enfermedades son producto de condiciones fisiológicas que se disparan cuando los elementos emocionales también entran en juego. Las vivencias traumáticas y dolorosas nos hacen más vulnerables a desarrollar algún padecimiento. Por esta razón, es conveniente realizar chequeos regulares durante los dos años posteriores al evento.

Existen distintas formas de apoyar a una persona que presenta dificultades para salir de una crisis, a fin de evitar que genere una neurosis postraumática o que sus síntomas se agraven. La psicoterapia y el apoyo psicofarmacológico brindan grandes beneficios a una gran parte de la población. En el Centro Eleia ofrecemos un servicio especializado para atender este tipo de situaciones y, además, puedes encontrar un espacio de alivio y desarrollo personal. http://centroeleia.edu.mx/ayuda-psicologica-df-centro-eleia

 

[i] Lindemann, E. (1944). Symptomatology and management of acute grief. American Journal of Psychiatry, 101:141-148.

[ii] Celia Leiberman, reflexiones sobre el sismo de 1985, comunicación personal, 2017.