El espectro depresivo: lo neurótico y no neurótico

Por Mariana Castillo López

A lo largo del tiempo, los grandes pensadores del psicoanálisis han puesto su mirada y desarrollo en ciertos padecimientos que parecen haberse establecido como los más comunes en determinada época. En tiempos de Freud, los síntomas y rasgos neuróticos eran comunes en la mayoría de los pacientes que buscaban opciones terapéuticas que pudieran aliviarlos. Por su parte, Roudinesco (2000) aborda la incidencia de las depresiones en la época actual y reflexiona, desde su perspectiva francesa, sobre la tendencia de las sociedades a negar el conflicto psíquico:

Forma atenuada de la antigua melancolía, la depresión domina la subjetividad contemporánea, como la histeria de fines del siglo XIX reinaba en Viena a través de Anna O, la famosa paciente de Joseph Breuer, y en París con Agustine, la célebre loca de Charcót en la Salpetiere. En la víspera del tercer milenio, la depresión devino la epidemia psíquica de las sociedades democráticas (p. 18).

Si bien en la época de Freud la histeria abrió paso a la develación de lo inconsciente como eje fundamental del psiquismo que “atraviesa” y orquesta la vida del sujeto, en la actualidad la petición se orienta hacia una especie de “calma que clama” debido a la eliminación de síntomas y a la suspensión inmediata del dolor psíquico, como si eso fuera posible.

Retomando las reflexiones de Roudinesco, en la clínica actual nos enfrentamos a un extraño fenómeno en el que la observación de aspectos neuróticos parece cada vez más escasa. Por el contrario, aparecen en voz de los pacientes síntomas que ellos refieren como depresivos. Dicho término, “la depresión”, se abre ante nosotros albergando innumerables situaciones, sensaciones y dolores que no logran hallar consenso y que introducen la incógnita de si lo depresivo es el común denominador, la base o solo un agregado que se adhiere a diversas estructuras psíquicas.

Ante ello, se tiende a usar la depresión como comodín para un gran espectro de experiencias individuales que merecen entenderse por sus particularidades. Es verdad que el interés por distinguir las diferencias entre los diversos tipos de depresión no es nuevo. El mismo Freud inauguró sus investigaciones en 1917 con “Duelo y melancolía”, el cual dio pauta para dotar de diferencias al proceso psíquico que ocurre entre un duelo normal y otros fenómenos como la melancolía, en donde surgen complicaciones. De ahí siguió Abraham y después Klein, quienes aportaron hallazgos y modelos interesantísimos para pensar las diversas modalidades que existen para hacer frente a la pérdida.

A partir de los autores clásicos, surgió una nueva tendencia que incluye a autores como André Green y Julia Kristeva, los cuales observaron depresiones que no necesariamente parten de la pérdida, y estados mucho más tempranos que abren una nueva interrogante para la labor clínica. A partir de esta mirada es posible generar apasionantes discusiones sobre la teoría psicoanalítica. Un ejemplo es la existencia de la pulsión de muerte como agente inicial del psiquismo, ya que de ahí se desprende uno de los puntos centrales que dividen el pensamiento y el actuar en el psicoanálisis al introducir la influencia de la agresividad y destructividad en la mente de los pacientes y su manera de estar en el mundo.

Si pretendemos entender el término “depresión” desde la postura psicoanalítica, es preciso partir de la idea más bien contemporánea de “las depresiones”. Ampliar este término a la pluralidad nos permite dirigirnos a lo particular, a la diferencia, alejándonos de las explicaciones y modelos unarios a los que el psicoanálisis nunca ha sido asiduo. Otro eje implica despejar – a partir de Kristeva – la diferencia entre la melancolía y la depresión.

Kristeva se enfrentó a la gran confusión de significados que implica el uso de la palabra “melancolía”, término que adquiere diversas acepciones dependiendo del lugar desde el que se ocupa. La autora explica que la melancolía se entiende como una depresión incapacitante en donde reina la falta de simbolización y la inhibición – pasajera o crónica – que se alterna con estados de franca exaltación maníaca. Dichos periodos de “abatimiento y exaltación” pueden variar en cuanto a intensidad, por lo que también pueden presentarse en menor grado en las llamadas depresiones nerviosas.

Kristeva reconoce en Freud la preocupación e importancia de lograr distinguir entre el duelo y la melancolía. Para resolver tal incógnita, planteó la existencia de una especie de continuo al cual denominó “conjunto melancólico-depresivo” (1997, p. 14), en el cual tienen cabida los diversos tipos de depresión y donde la depresión psicótica se encuentra en un extremo y el desaliento en el otro. La idea más importante es que, a pesar de que la depresión puede variar en grado, siempre están presentes dos elementos: por un lado, la pérdida del objeto y, por el otro, la modificación de las relaciones significantes. La autora explica:

“Si por una parte la tristeza pasajera o el duelo y por la otra el estupor melancólico difieren clínica y nosológicamente, se apuntalan, sin embargo, con una intolerancia a la pérdida del objeto y el desfallecimiento del significante para asegurar una salida compensatoria a los estados de retraimiento en los cuales el sujeto se refugia en la inacción, hasta hacerse el muerto o hasta la muerte misma. De esta forma, se hablará de depresión y melancolía sin distinguir siempre las particularidades de las dos afecciones, pero sin perder de vista su estructura común” (Kristeva, 1997, p. 15).

La interrogante sobre la diversidad de estructuras depresivas surge, entonces, de la experiencia clínica. Por ello, es necesario explorar las ideas de los autores contemporáneos con el objetivo de identificar y diferenciar las diversas formas que toma la depresión en sus aspectos neuróticos y no neuróticos, así como sus expresiones y alternativas terapéuticas en la clínica psicoanalítica.

Durante el recorrido teórico y clínico que se realiza en el Doctorado en Clínica Psicoanalítica del Centro Eleia, se destaca la importancia de la diversidad de pensamiento ya que, si se intenta comprender la mente en toda su complejidad, se vuelve necesario estudiar un mismo fenómeno desde varios puntos de vista. En el caso de las depresiones, la escuela francesa alberga el pensamiento de diversos autores como Green y Kristeva, quienes aportaron sus reflexiones teóricas a este y otros temas, siempre partiendo de los autores clásicos.

En el Doctorado del Centro Eleia, la revisión profunda de los diferentes pensadores ayudará a enriquecer la comprensión del funcionamiento psíquico y, a su vez, nos permitirá aterrizar y pensar sobre el trabajo tan cercano que ocurre entre el paciente y el analista, sin olvidar que este último debe trabajar de manera continua para contar con herramientas más eficaces para acompañar al paciente.

 

Referencias

Del Valle, Y. (2010). Silencio y palabra: punto de inflexión en un proceso psicoanalítico y su relación con la clínica del duelo. (Tesis de doctorado). Centro Eleia, Ciudad de México.

Freud, S. (2007). “Duelo y melancolía”. Obras completas, tomo 14 (pp. 237-255). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Kristeva, J. (1977). Sol negro, depresión y melancolía. Caracas: Monte Ávila Editores.

Roudinesco, E. (2000). ¿Por qué el psicoanálisis? Buenos Aires: Paidós.