El duelo de los niños ante el divorcio de los padres

Mariana Castillo López

El divorcio o separación de una pareja es un evento que involucra a todos los miembros del medio familiar. Como parte de la escena, los niños comúnmente se convierten en observadores pasivos y silenciosos de lo que le ocurre a los padres, pues se piensa que, por su edad, no se dan cuenta de los conflictos de los padres o que no entienden la magnitud del problema. Con frecuencia, los padres se muestran preocupados por la reacción de sus hijos ante las separaciones; sin embargo, el temor o la angustia los lleva a fingir que todo está bien y, por consiguiente, no explican a sus hijos lo que realmente sucede.

Diversos factores se involucran en una experiencia de este tipo. Por un lado, la ruptura familiar lleva a cambios en la realidad inmediata: hay que atender asuntos legales, las actividades comunes de la familia varían, la calidad y cualidad de las interacciones entre los miembros se modifica, lo cual sin duda genera un impacto en los padres y los hijos. En cuanto a la dimensión individual, consideramos que dentro de su mente, cada niño vive estas separaciones como una experiencia de mucho impacto emocional relacionada con pérdidas derivadas de las modificaciones propias del divorcio. A partir de ahí podemos preguntarnos: ¿cómo experimentan los niños el divorcio de los padres? Si hay pérdidas, ¿qué es lo que se pierde? Y, sobre todo, ¿cómo y desde dónde enfrentar la pérdida?

Por lo general, se tiende a hablar del divorcio como una situación de duelo, como un proceso que se inicia con una reacción ante la pérdida de un objeto y, como su nombre advierte, produce un inevitable dolor mental que, como veremos más adelante, se genera a partir de factores específicos. Desde la perspectiva psicoanalítica, se exploran aquellos aspectos de la mente del niño que le permiten tener una forma única y particular de interpretar y comprender las experiencias del mundo externo. Es así como, aun cuando el divorcio representa la separación real de los padres, se piensa que cada niño cuenta con una forma propia de enfrentar la pérdida; su mente generará estrategias para comprender y elaborar el conflicto. El divorcio es una situación especialmente compleja, pues a edades tempranas el niño depende emocionalmente de sus padres, y cuando sucede, se enfrenta a la pérdida de la imagen de una pareja de padres unidos, quienes, en su mente, sirven para sentirse protegido incluso cuando los padres reales no están ahí físicamente.

Algunos autores consideran que el efecto que el divorcio tiene en el niño no sólo se relaciona con lo que ocurre dentro de sí mismo, sino con las dificultades derivadas de tener un padre y una madre que se encuentran aturdidos por las angustias que les despierta la ruptura de la pareja. Por su puesto que una madre que se siente triste o abstraída por el dolor que le produce el fracaso de la pareja tendrá una relación distinta con los hijos que aquella que quizá podría establecer una mujer que cuenta con el amor y apoyo de su esposo. El lugar del padre es muy importante y trasciende al niño en muchos sentidos: por un lado, es quien hace valer la ley, el que hace la distinción y ayuda a frenar las ganas de los hijos de tener a la madre todo el tiempo disponible para ellos. El padre también sirve como un apoyo para que la madre pueda realizar sus funciones, así que está presente no sólo físicamente, sino también en la mente de la madre, quien habla de él y le da un lugar ante los hijos. Cuando éste se ausenta debido a un divorcio, será necesario distinguir y conservar sus funciones.

En contra de la creencia popular, los niños son receptivos a los estados emocionales de sus padres y, aunque no se hable del tema o los padres intenten ocultar sus conflictos ante los hijos, estos experimentan angustia e intentan, mediante sus propios recursos, explicarse lo que sucede a su alrededor. Françoise Dolto (1988), experimentada psicoanalista infantil, escribe sobre este tema y recomienda a los padres hacer un intento de poner en palabras, hablar o comunicar a los hijos la situación de la pareja. El objetivo, según esta autora, es calmar los temores del niño y dar la oportunidad a los padres de hablar con la verdad, para que a su vez puedan comprender que la separación entre ellos no cambia el hecho de que deberán seguir haciéndose cargo de sus hijos. Dolto observa que una de las ideas más recurrentes en la mente del niño es que si los padres se arrepienten de estar juntos, también lo hacen implícitamente de todo lo que han creado juntos. Es como si creyeran que, al ser producto de la unión de los padres, automáticamente se convierten en un producto indeseable de la relación.

De acuerdo con otras perspectivas, como la de Melanie Klein y sus seguidores, los niños y los seres humanos en general contamos con una serie de emociones e ideas que nos son desconocidas. Esta afirmación va ligada a la propuesta de que los niños tienen emociones positivas y de amor hacia los padres, pero también existen sentimientos de odio y hostilidad hacia ellos. Es común que los niños lleguen a desear en algún momento que los padres se separen, ya sea porque el niño desea quedarse con la madre para él solo o la niña con el padre. Otra opción es que piensen que si se mantiene separados a los padres, el infante no correrá el riesgo de tener más hermanitos que le roben el amor de los padres. Todos estos deseos se mantienen en un lugar muy profundo de la mente; no obstante, cuando los padres se separan en la realidad, el niño puede atribuir la ruptura a sus deseos más secretos y sentirse responsable en cierto modo. Esta situación representa un verdadero conflicto para el pequeño, pues tiene que luchar contra su deseo de que los padres se alejen entre ellos y, al mismo tiempo, el anhelo de que permanezcan juntos. Una de las cosas que el niño intentará hacer para contrarrestar estos deseos es buscar arreglar, de algún modo, el daño que desde su mente piensa que ha hecho: tal vez tratará de hacer que los padres se reconcilien. Recuerdo el caso de una niña de 8 años, quien, al enterarse de que sus padres estaban por divorciarse, decidió organizarles una comida especial y los dejó solos para que pudieran “hacer las paces”. Los padres al final se divorciaron; sin embargo, más adelante la niña entendió que a ella no le correspondía unir ni separar a los padres, lo cual la hizo sentirse aliviada.

El proceso de duelo ante el divorcio tiene que ver, por un lado, con el proceso que se llevará a cabo en la mente del niño para acomodar la realidad de su nueva situación, entender que uno de los padres ya no estará presente físicamente en el hogar, pero que, a pesar de los cambios, la relación con él no se eliminará, solo se modificará. Al mismo tiempo, el niño tendrá que hacer uso de sus capacidades internas para poder lidiar con la culpa que le provoca el hecho de haber atacado la unión de pareja. Los menores que pasan por una situación de divorcio tendrán que renunciar a la idea de que, como hijos, pueden decidir o influir en la dimensión de pareja, pues eso es algo que sólo incumbe a los padres.

El proceso de duelo que genera un divorcio afecta a todos los miembros de la familia. Es por ello que los padres deben considerar la importancia que tiene compartir la verdad con sus hijos. Es muy recomendable que les expliquen lo que realmente ocurre, para así eliminar cualquier fantasía que los niños puedan generar y que a la larga afecte sus relaciones interpersonales y su percepción de sí mismos.

Referencias

Dolto, F. (1988), Cuando los padres se separan. Barcelona: Paidós iberoamericana.

Etchegoyen, H. y Minuchin, L. (2014). Melanie Klein. Seminario de introducción a su obra. Buenos Aires: Beibel.

Freud, S. (2007). Duelo y melancolía. En Obras completas, tomo 14 (pp. 237-255). Buenos Aires: Amorrortu Editores. (Obra original publicada en 1915).

Klein, M. (1975). El duelo y su relación con los estados maniacodepresivos (1940). En Obras completas de Melanie Klein. Amor, culpa y reparación. Buenos Aires: Paidós.

Segal, H. (1974). Posición Depresiva. En Introducción a la obra de Melanie Klein. Ciudad de México: Paidós.