El dolor narcisista y las pérdidas de objeto: Su impacto en el desarrollo mental

Bárbara Sánchez Armass

Las pérdidas, como experiencia vital, pueden ser el motor del desarrollo mental o la base de ciertas patologías. Día con día experimentamos conflictos con relación a este tema. Su impacto en la mente ha sido estudiado desde Freud, Klein y otros hasta la actualidad. Textos como Duelo y melancolía, Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco-depresivos, El duelo y su relación con los estados maniaco depresivos, son ricos en su contenido y expresan la relación entre las pérdidas y el devenir mental. Estos artículos son la plataforma para entender cómo en la actualidad podemos trabajar con este tipo de situaciones.

Las pérdidas pueden comprenderse como una vivencia personal e interna, más allá de lo que sucede en la vida fáctica. Claro que las experiencias reales de pérdidas tempranas o dolorosas influyen en el psiquismo, pero no podemos dejar de lado cómo la mente las procesa y cómo es afectado el narcisismo cuando se experimenta una pérdida. El narcisismo lo entendemos como el amor propio, la visión de que uno lo es todo y merece todo. En el narcisismo el otro no existe como persona separada, sino como una extensión de los propios deseos. Por eso, el impacto frente a una pérdida es doble: lo que se pierde en la mente y lo que se pierde en la realidad.

La estructura del “yo” sufre una herida cuando uno se enfrenta a una pérdida interna. Estas pérdidas se producen cada vez que la realidad no es como uno la desea. Lo que se pierde es la idea de plenitud, perfección, reciprocidad mutua, goce continuo, completud, omnipotencia y todo lo relacionado a que uno lo tiene todo y que los demás son posesiones nuestras. La experiencia emocional que surge cuando se viene abajo una idea narcisista influye en el carácter y en el modo como construimos la realidad.

La pérdida siempre ocurre dentro del contexto de una relación y del intercambio que tiene lugar en ella. Este intercambio posee dos ejes: por un lado está lo que en la realidad se da y se recibe; por otra parte, tenemos lo que la fantasía inconsciente cree que debe recibir o dar o su interpretación de lo que le dieron. Por ejemplo, un bebé puede sentir el contacto con su mamá como amor y protección y quedarse con esa experiencia dentro de sí; otro bebé, en cambio, cuando la mamá se separa de él puede quedarse con la sensación de frialdad y distanciamiento y olvidarse de la buena experiencia. Un hijo joven puede agradecer a sus padres que le hayan pagado viajes y educación; otro puede decir que era su deber hacerlo.

Existen distintos modos de reaccionar frente a una pérdida. Lo deseable sería elaborar el duelo, cuyo resultado es el desarrollo mental. Este proceso significa aceptar que no existe una relación que esté hecha para satisfacer y aliviar el esfuerzo. Es dejar ir la imagen idealizada que uno tenía sobre sí mismo, asumir que desde esa postura egocéntrica uno ha hecho daño a los demás. Sin embargo, no siempre es así. Freud describió la melancolía como una patología seria por la incapacidad de llevar a cabo un duelo. En su texto sobre el narcisismo, también describió distintos modos de identificación o elección de objeto debido a la dificultad para lidiar con la separación (Freud, 1917, 1914).

Las pérdidas nos obligan a tener contacto con el mundo emocional, nos llevan a conocernos internamente, claro, si se tiene la fuerza para sostener el dolor psíquico que esto implica, pues pueden salir a la luz aspectos destructivos de la mente (odio hacia el objeto por no estar o porque no es como uno quisiera, por ejemplo). Todo esto significa que hay que vivir asumiendo responsabilidad sobre uno mismo y no culpar a los padres o a las circunstancias, sino asumir las emociones destructivas.

 

Lee el material completo en el siguiente enlace: Narcisismo y pérdida. Bárbara Sánchez, Jornadas Eleia 2015.