Diálogos clínicos entre analistas: Experiencias con pacientes psicosomáticos

Ana María Wiener

 Durante el curso de esta exposición tengo el deseo de explicarles de manera introductoria cuáles fueron los orígenes del interés por las enfermedades corporales dentro del psicoanálisis, con el objetivo de establecer las bases tanto teóricas como históricas que permitan construir el mensaje que pretendo transmitirles en esta ocasión.

Descartes apuntó a la enorme importancia que tiene el conocimiento para la civilización occidental en cuanto a su valor práctico, pues pensó que es el elemento indispensable para que el ser humano se conduzca en la vida, ya que, como él mismo lo dijo: “Basta pensar bien para actuar bien”. De esta forma señaló el camino a los hombres de su época para que trascendieran aquella era de oscuridad, donde los ejes para comprender al mundo giraban en torno a la magia y la superchería. Este filósofo instauró un sistema teórico sustentado en la razón, como una directriz que hace posible el conocimiento, el cual a su vez eleva a la ciencia al rango de la sabiduría. Sin embargo y a pesar de que Descartes mismo consideró que mente y cuerpo son una unidad, las propuestas de este fundador de la filosofía moderna devinieron en los principios mediante los cuales se creó una disciplina médica que terminó por consolidarse como la única y verdadera autoridad capaz de dar explicación a las perturbaciones corporales. A partir de entonces, se estudiaron los cuerpos físicos como entidades mecánicas, desprovistas de sustrato emocional y, posteriormente, la mente humana como una realidad incorpórea (Weiner, 2008: 485).

Pero gracias al avance que en época más actual se consigue por medio de la evolución de los métodos de entendimiento, los fenómenos psíquicos son vistos como situaciones mucho más complejas, dignas de estudiarse desde múltiples perspectivas. Así, lo psicosomático se desprendió del reducido enfoque médico que hasta entonces únicamente observaba cuerpos, órganos y tejidos enfermos: hoy se sabe que cuando ocurre una enfermedad están involucrados muchos otros factores como el ambiental, el social y el psicológico, además de los aspectos genéticos y biológicos que se continúan investigando. Este enfoque más amplio le proporcionó al estudio de las enfermedades físicas un matiz más humano y cercano a la entreverada realidad de su naturaleza. La hipótesis fundamental que se propone ahora es que las influencias emocionales juegan un papel importante tanto en el origen y recurrencia, como en el proceso de deterioro o evolución de las condiciones psicosomáticas. Las diversas ramas y escuelas psicoanalíticas aceptan de manera general el carácter multifactorial de las manifestaciones somáticas.

Si bien dentro de los escritos freudianos no encontraremos algún texto dedicado específicamente al concepto de lo psicosomático, a sus diferentes expresiones y causas, ciertamente una preocupación se halla presente en todo momento por referirse a la evidente relación establecida entre la psique y el cuerpo. Es así como lo podemos observar en la obra Proyecto por una psicología científica (1950) o cuando este autor mencionó en 1923 que “el yo es primero y fundamentalmente un yo corporal”. Freud diferenció, además, con notable claridad que los síntomas conversivos que padecían algunos pacientes son distintos de aquellos cuya naturaleza remite más bien a lo hipocondríaco o lo psicosomático. El día de ayer tuvimos oportunidad de participar en la presentación de la historia de Jimena, una mujer joven que describía un cuadro donde aparecen tanto síntomas conversivos como somáticos, a partir del cual se planteaba la importancia de distinguirlos unos de otros a fin de lograr discriminar los procesos psíquicos involucrados en cada uno de ellos y determinar las maneras correctas de intervenirlos. Los primeros, las manifestaciones de carácter conversivo, según Freud, son producto de un proceso de simbolización que recurre al cuerpo para expresar sus fantasías inconscientes, dentro de las que se comprenden la satisfacción de la sexualidad infantil y ciertos mecanismos psíquicos de defensa, como la represión. Siguiendo a este autor, los síntomas somáticos corresponden a la categoría de las perturbaciones funcionales que la medicina clásica suele atender; en general, los entendía como apariciones carentes de significación simbólica, en cuya formación no tomaban parte los mecanismos psíquicos. Asimismo, lo hipocondríaco se caracteriza por remitirse una preocupación exagerada que interactúa con un malestar corporal verdadero y posteriormente lo deforma en una convicción paranoide sobre la gravedad del síntoma, pero sin conducir a ninguna lesión orgánica concomitante; las teorías freudianas plantearon que el mecanismo psíquico involucrado en estos casos es la proyección de la libido narcisista hacia el cuerpo.

Ferenczi, por su parte, dedicó muchas de sus investigaciones a la interrelación del psicoanálisis con las enfermedades orgánicas, donde plateó que el masoquismo cumplía cierta función en tales padecimientos. Groddeck (1866-1934) desarrolló una doctrina psicoanalítica respecto a las enfermedades físicas, en la que concibe un ello todo poderoso capaz de producir, no sólo un síntoma neurótico, sino también una manifestación somática. Otro pionero en este terreno fue Félix Deutsch, quien intentó elaborar una nosografía dinámica y una tipología psicosomática. Alexander, discípulo de Ferenczi, fue el fundador de la medicina psicosomática y llevó a cabo la mayor parte de su trabajo en los Estados Unidos dentro de la Escuela de Chicago, que él creó. Alexander logró sistematizar la clasificación de Deutsch, de manera que fuera posible relacionar cada emoción con una condición fisiopatológica, desarrollo que condujo a la creación de un catálogo de perfiles de personalidad específicos para cada enfermedad orgánica.

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