Desde las humanidades y el arte: un camino para convertirse en terapeuta

Celia Leiberman

En el origen del psicoanálisis, Freud como médico y neurólogo se interesó por comprender los orígenes de los síntomas de las pacientes histéricas, dado que involucraban el cuerpo y el sistema nervioso periférico: parálisis motoras, problemas sensitivos (cosquilleos, adormecimientos, dolores y molestias en brazos y piernas, desmayos) o sensoriales (por ejemplo, ceguera o afonía histéricas). La enfermedad ya estaba descrita, pero no se conocía su origen; no se encontraba una etiología ni alteraciones orgánicas que explicaran su patogenia. Por lo tanto, Freud comenzó a hablar con sus pacientes o, mejor dicho, las dejó hablar y las escuchó: su historia, recuerdos, relaciones personales, vínculos, experiencias previas al surgimiento de los síntomas, recuerdos infantiles, entre otros.

Ellas le cuentan espontáneamente experiencias sexuales actuales y previas, incluso las de la infancia. La sexualidad adquiere relevancia en sus relatos y el doctor infiere que puede tener relación con la producción de los síntomas actuales. Hasta aquí, el origen de las ideas con las que Freud creó el psicoanálisis se relaciona directamente con la medicina, luego con la clínica de las enfermedades mentales y, más tarde, con su descubrimiento de los fenómenos inconscientes, los cuales existen dentro de la mente, pero no pueden manifestarse directamente en la conciencia, sólo a través de elementos indirectos (síntomas, actos fallidos, confusión de nombres propios, lapsus, sueños). Dentro de este nuevo territorio, el psicoanálisis comienza a alejarse de los conceptos médicos. Podría decirse que se desplaza desde la realidad hacia la ficción. O, mejor dicho, construye una realidad distinta a la externa que llamamos “realidad interna”; sólo puede ser inferida, no observada directamente. En el conocimiento de los procesos mentales, el reinado de la consciencia se desplaza hacia la comprensión de los procesos inconscientes. En el tratamiento psicoanalítico, estas inferencias se producen primero, por supuesto, en la mente del analista. Poco a poco, el paciente comienza a percibir que en ese nuevo espacio, la sesión psicoanalítica, todo lo que sucede se puede entender desde otras perspectivas. Comienza a establecerse entre ambos, paciente y terapeuta, un camino de nuevos significados con los que el primero tiene acceso a aspectos desconocidos de sí mismo.

Daré un ejemplo: una paciente que comienza un tratamiento me dice espontáneamente que, desde que hablamos por teléfono, tuvo la impresión de que mi voz se parece a la de su madre. Cuando le digo algo que yo pienso de manera sencilla y neutral, ella responde: “Me parece que usted tiene una actitud un poco exigente conmigo”. Puedo inferir que ella no escuchó lo que yo le dije, sino que reaccionó como si yo fuera su madre, quien, ya me había dicho en las entrevistas, era crítica y exigente, mientras que a su padre siempre lo había sentido más cercano y cariñoso. También puedo inferir que me muestra aspectos infantiles de su mente donde forma una pareja amorosa con el padre mientras la madre se vuelve crítica y exigente porque queda desplazada en el amor del padre. Por supuesto, no le diré todo esto en una primera sesión. Sin embargo, comienza a armarse un escenario dentro de mi mente con personajes, pasiones y una trama dramática.

Cuando en sesiones sucesivas relata un sueño en el que, siendo alumna, se enamora del profesor que le da clases, o bien, me cuenta que en su trabajo su jefa es muy crítica con las tareas que ella realiza, yo interpreto estos significados. ¿Le hablo de algo real para ella, o puede sentir que es sólo una teoría mía, algo en lo que yo creo y aplico en ella? Depende de cómo se lo acerque a su comprensión, de mi estilo y sensibilidad para percibir sus problemas, del uso de palabras adecuadas para acercarme a sus conflictos cotidianos respecto a estos temas, de la cercanía emocional que tenga con su sufrimiento mental, de mi tono de voz y del clima de comprensión que pueda conseguir con mis interpretaciones.  Trato de acercarla a una realidad distinta a la externa. Le hablo de la realidad interna, la de los procesos inconscientes. Doy por sentado que existe en ella la posibilidad de percibirlos. Lo que trato que mi paciente entienda es lo que Freud descubrió y denominó “Complejo de Edipo” o conflicto edípico, piedra fundamental del psicoanálisis; ella reconoce este proceso y su resolución en los niños alrededor de los 3 a 5 años.

En el terreno de la medicina, cuando alguien descubre un conjunto de síntomas con el que se define una enfermedad específica, llamado “síndrome”, es usual llamarlo con el nombre de quien lo descubre, por ejemplo, “Síndrome de Ménière “(vértigo, pérdida de audición, zumbidos y sensación de presión en el oído).  Cuando Freud descubre el Complejo de Edipo no lo llama “Síndrome de Freud”. En este caso sí se aleja de la medicina. Llamativamente lo denomina “Complejo de Edipo”, tomándolo de la tragedia griega Edipo Rey, de Sófocles. En este sentido, más que en la ciencia médica, se apoya en la literatura y la mitología de la Grecia antigua. Por eso, el psicoanálisis está cerca de la medicina, pero también de la literatura, las artes, la ficción, el teatro, los sueños, la historia personal y la imaginación de los seres humanos.

Cuando Freud trata de comprender con mayor profundidad los procesos mentales de sus pacientes neuróticos, presta mucha atención a los sueños que ellos le cuentan, por lo tanto, también a sus propios sueños. En 1900 escribe La interpretación de los sueños, donde postula que los sueños tienen un significado desconocido para la persona que los produce, y los explora con una técnica, también inventada por él, cuyo fin es comprender los contenidos inconscientes. No son premoniciones ni mensajes de un destino ignoto, sino producciones del inconsciente del sujeto que el sueño deforma para que sus imágenes lleguen a la conciencia. Si una persona se entrena para comprender estos significados ocultos, podrá conocer con mayor profundidad su propio interior y las múltiples verdades de sus emociones.

El psicoanálisis freudiano persiste hasta la actualidad en sus pilares fundamentales: el inconsciente, la sexualidad infantil, la transferencia, la represión y el sentido de los síntomas y los sueños. En la década de los treinta del siglo XX se afianza el método del análisis de niños, con Anna Freud y Melanie Klein como pioneras. Es un nuevo campo de comprensión del desarrollo de la mente en los periodos tempranos del psiquismo. El vínculo madre-bebé ocupa ahora un lugar privilegiado. La madre, con su cuidado físico y emocional, comprensión, cariño y dedicación, será quien marque la evolución del psiquismo del bebé. Se mantienen las teorías básicas de Freud, pero todo aborda desde las primeras etapas de vida. Se postula un Complejo de Edipo temprano donde la ausencia de la madre es sentida por el bebé, en sus fantasías primitivas, como un vínculo primario entre los padres que lo deja afuera, excluido y celoso. Como correlato de esta situación, los factores internos que definen la evolución psíquica del infante serán la ansiedad de separación y la tolerancia a la frustración. Otros autores, como Winnicott (con la idea de holding) y Mahler (con los conceptos de simbiosis e individuación), refuerzan la idea de un funcionamiento psíquico desde los primeros periodos de la vida mental. Estos últimos autores acentúan la importancia de la madre real en sus actitudes hacia el bebé y el cuidado físico y emocional que le proporcionan. Nos interesa la repercusión de estas nuevas teorías en la técnica psicoanalítica. La transferencia freudiana, es decir, la tendencia a repetir los conflictos psíquicos del paciente en el vínculo con el analista, sigue vigente. Sólo que ahora se repetirán también las relaciones primitivas del infante con los objetos tempranos (madre y padre).

Esta es una ley inexorable en el funcionamiento psíquico: los conflictos inconscientes y las estructuras del carácter se repiten, más allá de los buenos propósitos o la voluntad del sujeto. El tratamiento psicoanalítico arma la estructura ideal para que dicha repetición se produzca y ofrezca una oportunidad única: el terapeuta tendrá la función de recibirla y entenderla; además, podrá ayudar al paciente a entender el cómo y el porqué de lo que repite en el tratamiento. Sólo así será posible transformar la repetición en comprensión, pensarla y, con el trabajo terapéutico, modificarla.

Para realizar esta tarea, el vínculo que se crea entre terapeuta y paciente durante el análisis tiene un fuerte componente emocional que puede cambiar si pasa de ser acción a ser comprensión. Se trata de un proceso de repetición de los conflictos y también de una oportunidad de reconstruir poco a poco su propia realidad interna, su identidad. En esta tarea, el terapeuta, sus conocimientos y, sobre todo, su sensibilidad, juegan un papel importantísimo. Se necesita aprender muy bien el método psicoanalítico. Sin embargo, la sensibilidad de un artista, un literato, un profesional con una formación previa humanística, tiene elementos que le pueden resultar muy útiles para la comprensión de los fenómenos inconscientes. No por nada Freud, refiriéndose al Complejo de Edipo, expresó: “Ya Dostoievski lo dijo todo”. Se refería a las magníficas novelas escritas por este autor. Pienso en la impresionante descripción que hace en Los hermanos Karamazov de un padre y su hijo mayor (Dmitri), quienes se enamoran de la misma mujer. Cuando Dmitri se queda con ella, tiene un acceso maníaco de omnipotencia por la muerte del padre, su triunfo sobre él, y, simultáneamente, intensos sentimientos persecutorios de que será derrotado y destruido por otros de los presentes. No existe descripción psiquiátrica que supere este monumento literario.

Es en este sentido que pensamos que algunas personas con talento artístico, literatos, poetas, estudiosos de materias humanísticas, pueden estar interesados en formarse como psicoterapeutas psicoanalíticos. Aprenderán una profesión apasionante, que permite ayudar a que muchas personas que sufren dolor mental mejoren sus conflictos y desarrollen sus capacidades creativas. Además, es una disciplina compleja e interesante que aumenta la capacidad personal de profundizar en la comprensión de uno mismo y desarrollar capacidades creativas.

Por tal motivo, en la Maestría del Centro Eleia hay alumnos que provienen del campo de las humanidades siguiendo el ejemplo de grandes analistas como Melanie Klein, Anna Freud, Kris (experto en arte, nada menos que del Metropolitan Museum of Art de Nueva York), Racker (violinista), por mencionar sólo algunos.