Cosas raras que tiene la gente. ¿Síntomas psicológicos?

Por Andrea Méndez

 

Montecarlo, 2017. Rafa Nadal entra a la cancha de tenis, se toca la playera sobre el hombro izquierdo, luego del derecho, se toca la nariz y la oreja izquierda, de nuevo la nariz y ahora la oreja derecha. Acomoda sus botellas de agua siempre de la misma forma. Su contrincante, Matosevic, iba perdiendo y, en el último descanso del partido, tiró las botellas de Nadal. Tal vez creía que así rompería con la buena racha de Nadal, pero él sólo se rió… y luego le ganó.

Este grupo de acciones que repite el tenista en cada partido ¿es un ritual?, ¿una superstición?, ¿un síntoma patológico?

Si nos detenemos a mirar con atención a nuestro alrededor, seguramente veremos que la gente hace cosas que nos parecen raras todo el tiempo, incluso uno mismo. En México hay una costumbre de no pasar la sal en la mesa de mano en mano y, si se llega a caer un poco, lo “conveniente” sería tirarla por el hombro izquierdo tres veces, ¿por qué?, ¿por educación?, ¿para no pasarles “nuestra sal” (mala suerte) a los demás?

Cuando yo era niña había una costumbre de que cada que veíamos a un pelirrojo uno decía “pelirrojo” y pellizcaba al de al lado. De chica nunca me lo cuestioné, simplemente daba por hecho que cada que viera a uno tenía que repetir el acto de pellizcar al compañero.

Lo de la sal, tal vez lo explicamos a partir de racionalizaciones de cómo dice El manual de Carreño que debemos comportarnos en la mesa, y de los pelirrojos, algunas culturas creían que las personas con el cabello naranja tenían algo extraño y lo extraño era primo de lo malo o demoniaco, aún así siguen siendo raras estas prácticas para el que las observa, por ejemplo, para el pelirrojo que iba pasando de largo y vio la escena.

En este artículo voy a retomar algunas situaciones, hay miles, pero en una nota de esta extensión no podría abordarlas todas, las doy como ejemplo para tratar de entender los afectos que hay detrás, algunos están vinculados con la envidia y la agresividad.

Las personas más saludables o neuróticas no graves, tenemos una cantidad de rituales que tomamos como normales, aplicándolos a hechos como argumentos y racionalizaciones, el problema está cuando a uno le produce ansiedad no poder terminar el ritual o no hacerlo, entonces estaríamos hablando de patologías más graves.

Para entender esto, sirve retomar a Freud, quien teorizó sobre el psicoanálisis y la mente a partir de la observación del día a día tratando de entender qué había detrás de los actos más comunes. En Acciones obsesivas y prácticas religiosas (1907) planteó que todos tenemos rituales y que, cualquier acto puede convertirse en una acción obsesiva dependiendo del nivel de agregados o restricciones que hagamos.

En ese artículo habla de una joven que, antes de dormir necesitaba acomodar de una forma la cama, las almohadas, sacar los relojes y realizar algunas otras actividades, y sólo así podía dormir. Este tipo de rituales antes de dormir son muy comúnes y normales durante la latencia, donde el joven busca formas para defenderse de todo lo nuevo que le está pasando a su cuerpo y a su mente.

Una acción obsesiva grave sería cuando, en una entrevista, la persona tiene que dejar flotando las manos a tres centímetros sobre la mesa porque siente que si la toca se caerá el edificio. Lo que determina el nivel de gravedad es la certeza del pensamiento, como en el historial de El hombre de las ratas (1909): un joven que vivía con temor a que le pasara algo terrible a su padre y a su amada y que frente a esta idea generó varios síntomas obsesivos. Freud le explicó que se puede tener hacia la misma persona un intenso afecto consciente y una hostilidad reprimida inconsciente.

Incluso dentro de la cultura hay cosas locas. En varios países existe la creencia sobre “el mal de ojo”, según el cual alguien puede producirle un mal a otro con tan sólo mirarlo. Se cree que los bebés son los más vulnerables y si alguien les hace “ojo” se enferman con vómito y diarrea, y para quitárselos es necesario que les hagan una limpia con un huevo fresco.

Para evitarlo, es muy común ver en México a bebés con listones rojos en la muñeca, incluso se les pone a las plantas, pues si les hacen “mal de ojo” se pueden secar en un instante.

De manera similar, en Grecia, cuando alguien hace un cumplido al bebé, conviene escupirle tres veces en la cabeza para evitar el “mal de ojo”; en realidad no se le escupe, pero se imita el ruido con la boca. De esa manera el bebé queda “protegido”. Otra manera de protección en Grecia y Turquía es usar como amuleto el “nazar”, el ojo de Dios con el iris celeste; así, mientras uno lo traiga puesto, se libera de diferentes males.

Sobre la superstición, Freud escribe en Psicopatología de la vida cotidiana (1901) que proviene de las propias mociones hostiles y crueles, pero ocultas, como si fuera una expectativa de infortunio, porque se ha deseado el mal a otros y se reprimió. De esta manera podemos pensar que la superstición sobre “el mal de ojo” tiene que ver con defendernos de la envidia del otro, que en realidad es la propia, pero depositada fuera, pues todos tenemos un monto de envidia.

Otro ejemplo muy común de esto es el “tocar madera”, como cuando al decir “por ejemplo, si a mi hermano le pasara tal cosa terrible –toco madera–, pasaría tal cosa”. Las religiones paganas creían que los buenos espíritus vivían en los árboles, por lo tanto, al tocar varias veces la madera, vendrían a ayudarnos.

Todas las personas tenemos rituales obsesivos, llevamos algún amuleto, tenemos los tenis de la suerte para jugar un partido, el vestido de la suerte para ir a una fiesta –en el caso de las adolescentes–, hasta el número de la suerte para comprar el cachito de lotería; pero lo que diferencia lo normal de lo patológico es que los paranoicos otorgan la máxima significación a los pequeños detalles, que normalmente no veríamos los demás, y de esos detalles extraen interpretaciones y las convierten en una certeza.

Un ejemplo de esto es una paciente del Dr. Bleichmar que, en la primera entrevista, en cuanto vio una cajetilla de cigarros, salió corriendo y no regresó. Tiempo después explicó que, como la cajetilla era roja y el rojo significa peligro, tuvo que salir corriendo para salvarse.

Por lo tanto, estas acciones están relacionadas con aspectos inconscientes, pero en algunas personas se manifiestan de manera concreta y van acompañadas de la certeza de que si no se hace tal o cual cosa puede ocurrir una desgracia.