Contención y comprensión en la intervención en crisis

Por Víctor Lazcano

La intervención en crisis es uno de los campos de la psicología que más interés han generado en los últimos años, particularmente en los casos de desastres naturales, guerra, migración riesgosa u otros escenarios que impliquen vulnerabilidad extrema. Tras el sismo ocurrido el pasado 19 de septiembre del 2017 en la Ciudad de México, Morelos y otras entidades del país, una gran cantidad de profesionales de la salud mental se movilizó para atender a las víctimas y los damnificados en los albergues y zonas de desastre. Sin embargo, pronto se hizo notar la necesidad de atender al resto de la población, a los voluntarios o al personal de los servicios de rescate, que igualmente se enfrentaron a impactos emocionales importantes.

Según Slaikeu (1996), una “crisis psicológica” o “crisis emocional” se define como un estado mental transitorio de desorganización psíquica que atraviesa alguien cuando no puede utilizar sus recursos habituales ante una situación difícil de tolerar (una pérdida, un desastre, un accidente, un suceso violento, etc.) y su capacidad para procesarla se ve rebasada.

Diversas teorías[i] están de acuerdo en que a lo largo de la maduración emocional el sujeto adquiere poco a poco mayor capacidad para enfrentar la vida. No obstante, cuando ocurre una situación de gran impacto, es posible que se sienta nuevamente como un niño pequeño, vulnerable e indefenso, donde el peligro se experimenta con terror. Es como si la mente perdiera momentáneamente su habilidad para procesar la información y los afectos. Por otra parte, la psicología social (Puy y Romero, 1998) describe el fenómeno colectivo de las situaciones de crisis, donde el grupo puede ayudarse a sí mismo para conservar la calma y reestablecer el orden o, al contrario, “contagiarse” la angustia.

Un concepto fundamental para la intervención psicológica en crisis es el de contención. Esta noción surge a partir del desarrollo teórico de Wilfred Bion (1963), quien describe la capacidad de la mente para albergar en su interior elementos o “contenidos” provenientes de la experiencia. Dichos contenidos serán transformados en pensamiento a través de un proceso de asimilación que implica tolerar la angustia y construir un sentido personal entre lo que se siente y lo vivido. Cuando se presenta una situación particularmente difícil o traumática, los contenidos mentales parecen no tener sentido o congruencia.

La contención implica poseer cierto grado de dominio sobre uno mismo y lo que se siente. Cuando un acontecimiento nos sobrepasa, es muy probable que surja una fuerte sensación de estar indefensos. Por ejemplo, para algunas personas que sufrieron el sismo, el pánico se prolongó mucho después del suceso: temían volver a entrar a un edificio (sin importar el dictamen positivo de las autoridades competentes), no dejaban de pensar que en cualquier momento temblaría de nuevo, se les dificultaba dormir, comer, relacionarse con otras personas; vivían una catástrofe interior.

Una mujer oficinista quedó paralizada cuando se fue la luz durante el sismo, solo consiguió aferrarse a una compañera y hundir el rostro en su pecho. Un brigadista voluntario relató que, mientras removía escombros, encontró ropa de bebé: su mente se detuvo, no pudo continuar con su labor ni sacar esa imagen de su cabeza, pero internamente decía no sentir nada, “todo quedó como desconectado”. Un agente de Protección Civil decía con una sonrisa exagerada que se encontraba perfectamente, pero que durante cuatro días solamente había dormido una hora en promedio y que se había ido a quedar a un hotel porque sentía que no podía hablar con su mujer.[ii]

En estos casos, la contención terapéutica buscará facilitar las condiciones para la recuperación de las capacidades mentales normales del sujeto, a fin de que pueda hacerse cargo de su experiencia, procesarla emocionalmente, sentirse en dominio de la misma y reanudar el curso de su vida.

La escucha psicoanalítica se distingue por su facultad de contención: el analista recibe en su propia sensibilidad la vivencia que rebasa al otro para comprenderla, evitando, a su vez, verse sobrepasado. Posteriormente, buscará la forma de hacer una devolución adecuada; es decir, de ayudarle al paciente a reconocer, nombrar y significar aquellos sentimientos que están en juego. Para ello, primero será necesario reducir la angustia y más adelante hacerle ver a la persona que es posible asimilar la vivencia traumática como una  parte manejable de su historia. Es imprescindible que las personas en crisis logren darse cuenta de que lo que sienten les pertenece, son sus emociones.

El terapeuta se muestra como una persona que tiene la intención y está calificada para ayudar dentro de un vínculo seguro, íntimo (a pesar de ser nuevo) y confiable. Escucha con atención, sin juzgar, sin realizar interpretaciones precoces, para dimensionar cómo se siente el otro. Cuando consigue comprender lo que le sucede, ya lo empieza a transformar, pues el paciente constata a través del analista que es posible manejar la situación sin quedar abatido. A través de interpretaciones o preguntas, se explora con mayor profundidad el malestar y esto, a su vez, también proporciona contención. De este modo, el sujeto tendrá oportunidad de hacerse cargo de lo vivido. Slaikeu (1985) señala que el desenlace de las crisis debe encausar la movilización emocional hacia el auto-conocimiento y el fortalecimiento personal.

Tras el 19 de septiembre, se abrió un grupo de apoyo para los empleados de una empresa. Una mujer dijo que empezó a padecer insomnio, no quería entrar al edificio donde trabaja, se sentía irritable y con ganas de llorar todo el tiempo, sin conseguirlo. Entonces, le pedí recordara los pensamientos y sensaciones que tuvo durante el desastre. En esos momentos, su menté se concentró en su hija, en que algo malo pudiera ocurrirle. Mencionó que la hija se había casado recientemente y, a partir de ello, reconoció que tenía un profundo sentimiento de soledad y la crisis no había hecho otra cosa que agudizarlo. Sin embargo, ella no comprendía por qué se sentía tan sola e irritable, puesto que antes del suceso mantenía una buena relación con sus compañeros de trabajo. Posteriormente, otras personas compartieron sus emociones en torno a lo ocurrido. Muchas de ellas estaban enojadas con las autoridades porque consideraban que habían sido negligentes en diferentes aspectos; se sintieron desamparadas. En ese momento, la  mujer pudo vincular dicho comentario con su propia experiencia: se sentía abandonada “a su suerte” por su marido fallecido, por su hija recién casada y por sus jefes (figuras de las que espera protección y apoyo). Solo entonces pudo llorar.

En este ejemplo se muestra uno de los efectos de contención que ofrecen los grupos de apoyo. Al poner en palabras las emociones y los pensamientos, la situación dejó de ser algo insuperable. Las personas se sirvieron de este espacio para entender, tolerar y encontrar alternativas; juntas consiguieron asumir la contingencia de la vida, sin caer en la desesperación. Poco después, aquella mujer impulsó un plan de trabajo para mejorar las condiciones de seguridad del edificio. Al convertirse de grupo de apoyo (a causa del sismo) a grupo de trabajo (para mejorar la seguridad del edificio), pasaron de la posición de víctimas pasivas a la de partícipes activos, elemento indispensable para salir adelante de la crisis psicológica.

Por último, también es importante tomar en cuenta que los psicólogos que llevan a cabo intervenciones de emergencia también requerirán de contención, puesto que la cantidad de gente atendida y la intensidad de su angustia ocasionan un fuerte desgaste para ellos. Los dispositivos adicionales de contención serán de gran apoyo para mantener su propia estabilidad y capacidad de trabajo.

 

Referencias

  • Bion, W. (1963). Elementos de psicoanálisis. Buenos Aires: Lumen-Hormé, 2000.
  • Puy, A. y Romero, A. (1998). “Claves para la intervención psicosocial en desastres”. En Martin, A. Psicología comunitaria. Madrid: Síntesis.
  • Slaikeu, K. (1985). Up from the Ashes. How to Survive and Grow Through Personal Crisis. Grand Rapids, Michigan: Pyranee Books y Zondervan Publishing House, 1987.
  • Slaikeu, K. (1996). Intervención en crisis. México: El Manual Moderno.

[i] En este sentido, el psicoanálisis (particularmente el derivado del enfoque poskleiniano) y la psicología del desarrollo encuentran aquí un punto de convergencia.

[ii] El interminable recuento de testimonios recogidos durante la atención a las personas en la crisis excedería el presente texto, no obstante, resultaría de inmenso valor para la memoria colectiva.