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El dibujo como herramienta de comprensión psicoanalítica

Por Fernanda Chávez

En la terapia infantil se emplean los dibujos de los niños como una importante herramienta que favorece la comprensión de su mundo interno. Los dibujos, concebidos como una expresión del juego, se construyen gracias a mecanismos proyectivos y disociativos que posibilitan la comprensión del conflicto psíquico y también, como Klein (1929) apunta, permiten el uso de la fantasía, incrementan el contacto con la realidad interna y externa y reducen la ansiedad.

Melanie Klein pone énfasis en cómo el niño proyecta sus fantasías a través del juego por medio de los mecanismos de proyección y desplazamiento. En el juego de los niños ‒y, por supuesto, también en varias formas de funcionamiento de los adultos‒, se puede observar la externalización de imagos internas. Estas figuras se observan tanto en el juego analítico como en el dibujo psicoanalítico. En el juego, el niño puede mantener una tregua con el conflicto psíquico gracias a los mecanismos de disociación y proyección: “El conflicto psíquico se hace así menos violento y puede ser desplazado al mundo externo” (Klein, 1929, p. 211). Al comprobar en la realidad que el conflicto psíquico, con su propia carga de ansiedad y culpa, puede ser resuelto, se disminuye la angustia. Para Klein, el juego funciona como un puente que une al mundo psíquico con la realidad. Esta idea se relaciona con la propuesta de Winnicott (1971) acerca de que el juego representa la posibilidad de ser en el espacio transicional, entre la fantasía del niño y la realidad.

Klein (1929) señala que el progreso analítico en el juego de los niños se puede observar cuando se levanta la represión, se liberan las fantasías, se enriquece la expresión lúdica y, por lo tanto, el niño se vincula mejor con la realidad externa; este contacto con la realidad se desarrolla tanto en cantidad como en cualidad.

Dentro de la materia Supervisión Colectiva, la cual forma parte del programa de Doctorado en Clínica Psicoanalítica del Centro Eleia, analizamos el dibujo de Carolina, una niña de 6 años que llegó a tratamiento porque presentaba enuresis y auto-estimulación masturbatoria compulsiva. Con la orientación de la Dra. Elena Ortiz, exploramos algunos de los posibles los sentidos que tiene un dibujo de Carolina y logramos comprender mucho sobre sus síntomas y su situación emocional.

Carolina es la mayor y tiene tres hermanos varones, uno de 4 años, otro de 3 y el más pequeño de 6 meses. La masturbación comenzó a aparecer un año antes de llegar a terapia, lo hacía en casa con frecuencia, su mamá estaba muy al pendiente y la regañaba mucho. También ha presentado dificultad para dejar el pañal en la noche, recién lo hizo a los 5 años y en el día lo dejó desde los 3 años, pero sigue teniendo “accidentes” hasta 3 o 4 veces al día, asunto que afecta significativamente a ambos padres.

La madre comenta que solía ser muy estricta con Carolina cuando era más pequeña, pues no quería tener una niña berrinchuda. Cuando la niña cumplió 2 años, se dio cuenta de que le temía, así que relajó su trato con ella. Menciona que durante el mes que la amamantó, la bebé agarraba con mucha fuerza el pecho y la lastimaba mucho. Ella trabajaba de tiempo completo cuando nació la niña, por lo que la dejaron al cuidado de su nana. Refiere que le ha costado identificarse con el rol de madre. Cuando nació su segundo hijo, renunció a ese trabajo de tiempo completo para poder atenderlos. Hoy tiene un negocio propio y les dedica más tiempo a los niños. Percibo en la madre miedo a la sexualidad de Carolina. El padre, por su lado, regaña y castiga a Carolina; le ha llegado a pegar porque no deja de hacerse pipí.

La pequeña asiste a clases de gimnasia y karate, mientras que en la escuela practica atletismo y natación. Tiene un muy buen desarrollo escolar, es muy exigente consigo misma, le gusta hacer las cosas bien y no descansa hasta que no le salen como ella desea. Refiere tener amigas en la escuela, en su club y con amigos de sus hermanos. Fuera de sus dos síntomas específicos, Carolina es una niña muy bien adaptada y exitosa.

Me da la impresión de que Carolina se ve excedida por las demandas. La madre desea que se comporte como una niña más grande. El síntoma es llamativo porque pone en tela de juicio lo “impecable” en el resto de sus áreas de funcionamiento. Identifico dos aspectos de la personalidad contrapuestos: la niña estrella en la escuela, en el deporte y en lo social y, por otra parte, la nena que rompe el orden y las buenas costumbres con su masturbación y la orina.

En la terapia, Carolina pregunta constantemente si recibo a otros niños, cuántos son y a qué juego con ellos. Le gusta esconder los tesoros que trae; me pide que cierre los ojos mientras los oculta y dibuja mapas para que los encuentre: “El tesoro son joyas que descubro en mi cama y se lo muestro a amigas”. Los tesoros también son “un poder súper especial para convertir a todos en superhéroes” y le interesa que todos tengan la misma joya que ella tiene. Suele sacarse los zapatos, se sube a los sillones y brinca de sillón en sillón.

Durante algunas sesiones, Carolina hizo el dibujo que se muestra en la figura A. Primero trazó en el centro la litera con su cama, donde ella duerme. Hay cuatro elementos sobre la misma: las almohadas (centro y lado izquierdo), el libro-almohada que le regaló su mamá de la película Intensamente (lado derecho) y su león de peluche (abajo). Posteriormente dibujó la cama superior de la litera (en alguna entrevista, la mamá mencionó que Carolina tenía prohibido subir a esa cama). Después dibujó a una niña haciéndose pipí en la cama de arriba (la prohibida); luego dibujó el sillón (lado izquierdo), la televisión (abajo y al centro) y comentó que es el sillón donde se sienta a ver Scooby Doo. Trazó (lado derecho) el control remoto y las escaleras de la litera. Siguió dibujando a varias niñas: la que se echa pedos en el sillón, la que vomita, la que está babeando, la que tiene diarrea y popó y, finalmente, la que tiene mocos escurriendo de la nariz.

Cuando le pedí que me contara una historia sobre el dibujo, Carolina solicitó que le dijera porras: “Dame una pe, dame una i, dame una pe, dame una i. ¿Qué dice?”. Y había que gritar: “¡Pipí!”.  Hicimos lo mismo con el resto de las sustancias excretoras.

Este es un dibujo sumamente significativo en muchos sentidos. Podemos pensar que Carolina manifiesta su enojo hacia la cama prohibida: hay una nena que la orina. Es muy probable que este lugar no sólo represente la litera de su recámara, sino un espacio mucho más importante, otra cama prohibida que es la de papá y mamá, que parece haberse convertido en una fábrica interminable de bebés. Es posible que después de tres hermanos, Carolina esté muy preocupada, celosa e inquieta por la llegada de más bebés.

Evidentemente, el dibujo guarda una relación estrecha con el síntoma. Se podría pensar e interpretarle a Carolina que las nenas tienen prohibido subir a estas camas donde se hacen bebés. La prohibición provoca enojo, sentimientos de exclusión y celos; entonces, es ahí donde dan ganas de hacerse pipi, popó, vómito, eructo, diarrea, moco.

Carolina hace un esfuerzo enorme por complacer a papá y mamá en su vida cotidiana, pero hay otra parte de ella que revienta de celos por la exclusión. Se siente excluida de la vida de pareja que papá y mamá tienen dentro de su cama, de los bebés que imagina que ahí se gestan y de los privilegios que tienen los hermanos menores. Quizá siente que estas emociones la rebasan, no sabe qué hacer con ellas. Además, se suma lo abrumada que puede estar por la sobre exigencia de los padres.

Es importante que la pequeña comprenda que viene a la terapia a tratar de entender estas emociones. Las ganas de destruir a los bebés que se hacen en la cama de papá y mamá, se le pueden interpretar como: “A los hermanitos se les quiere, pero también se les tiene enojo. A veces dan ganas de desaparecerlos echándoles pipí y caca”; o: “Dan ganas de que la pipí, los mocos, el vómito y la caca vayan sobre esa cama prohibida de papá y mamá en la que se hacen los bebés, para que ya no haya más”. Todo eso, por supuesto, es necesario mostrarlo desde su óptica, a partir de cómo ella lo vive y transmitiéndole que es natural que tenga esas emociones, que no es mala y que después se queda muy preocupada por sus hermanos y padres. Incluso, la gran exigencia y las defensas obsesivas que tiene por hacer todo esmeradamente bien, son una manera de compensar y controlar estas emociones agresivas. Carolina se liberará mucho al ir entendiendo toda esta dramática interna.

Existe un elemento muy positivo en el dibujo, pues hay un continente mental: las almohadas reflejan la comprensión de las emociones (la película Intensamente precisamente trata sobre entender los sentimientos). La almohada-cabeza es el lugar donde las emociones se reciben y se pueden procesar, se pueden pensar junto con la terapeuta. Se le puede decir que esa almohada es donde pone la cabeza para pensar, como lo hace conmigo en terapia, sobre sus celos, su enojo, la culpa y otras emociones que la abruman.

Los teóricos que estudian la mente infantil nos transmiten valiosas aportaciones, herramientas y técnicas para trabajar con el dolor y los síntomas de los niños. A través del dibujo, Carolina puede proyectar sus emociones y crear un espacio entre la realidad y su fantasía interna. Por medio del trabajo terapéutico se le puede ayudar a identificar sus propias emociones, a comprenderlas y a acercarse a ellas con mayor naturalidad y equilibrio, de un modo que no sean tan perturbador. El objetivo es que los afectos expulsivos y violentos jueguen un papel más armonioso, que le permitan disminuir sus síntomas, gracias a la comprensión de sus fantasías y sus sentimientos en una labor en conjunto con su terapeuta.

Referencias

Klein, M. (1929). “La personificación en el juego de los niños”. En Amor, culpa y reparación. Obras completas, tomo I, (pp. 205-214). Barcelona: Paidós.

Winnicott, D. W. (1971). Realidad y Juego. Barcelona: Gedisa.

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El suicidio en la adolescencia

Por Marta Bernat

Al escuchar sobre el suicidio de un adolescente, uno recibe un impacto emocional muy fuerte, sentimos incredulidad, tristeza, miedo, angustia, impotencia, desesperación, incomprensión y después empiezan las preguntas: ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Cómo se habrá sentido para haber tomado esa decisión? ¿Estaba mal desde antes y nadie se dio cuenta? ¿Sufría de depresiones? ¿Había intentado suicidarse anteriormente? ¿Hubo algún evento que lo detonó?

Es común plantearse tales interrogantes ante a un evento que es difícil de comprender y que se convierte en un caso más de los muchos adolescentes que atentan contra su vida y, desafortunadamente, lo logran. El tema del suicido ha sido estudiado por filósofos, sociólogos, teólogos, psicólogos y el psicoanálisis.

El autor argentino Carlos Moguillansky comenta que el suicidio puede ocurrir en cualquier momento de la vida, particularmente en la adolescencia y en la vejez. Considera que hay muchos tipos de suicidio y cada uno responde a distintas motivaciones. Lo define como: “un acto decidido en el que participa cierta confusión y que tiene el propósito y la certeza de matarse” (Moguillansky, 2006, p. 36). Señala que en esta definición hay tres palabras clave: acto, decidido y confusión: alguien está dispuesto a matarse.

La mayoría de los autores coinciden en que es importante diferenciar una fantasía suicida de un intento realmente efectuado, ya que muchos que piensan suicidarse no lo llevan a cabo. El acto suicida ocurre de muchas formas y puede estar presente en todas las patologías. Los suicidas tienen rasgos distintos y es difícil reunirlos en un grupo en específico; por lo mismo, no es posible afirmar que todos los suicidios están relacionados con un estado mental psicótico, así como tampoco se puede asegurar que todas las personas que sufren una depresión severa acaban quitándose la vida.

Este autor piensa que uno de los criterios fundamentales para explicar el suicidio es una pérdida de realidad brutal que acontece en el momento del intento, el cual no necesariamente es psicosis. Las definiciones teóricas de suicidio suelen contener tres elementos en común: desesperación, impotencia y dolor; al menos dos de estas características se hallan presentes en el acto suicida. Moguillansky comenta que, en la mayoría de los casos, hay un hecho desencadenante agudo: una profunda desilusión, una ruptura amorosa, la muerte de un familiar o un fracaso académico laboral. Pero más allá de un detonador, siempre existe una prehistoria muy compleja, es decir, hay una serie de condiciones que se conjugan para que el suicidio se lleve a cabo.

Moguillansky cita a Moses Laufer y Egleé Laufer (1998), autores ingleses con una gran experiencia en el trabajo con adolescentes, y comenta que la mayoría de los que intentan suicidarse presentan un breakdown, es decir, un derrumbe psicológico en el cual el joven se encuentra sin salida, sin alternativa, ni esperanza, con la sensación de haber matado internamente a los padres que lo aman. Cuando uno de estos analistas tenía algún paciente con tentativa de suicido, directamente le preguntaba: ¿pensabas en alguien mientras intentabas suicidarte? Si el paciente mencionaba a su madre, a su novia o su abuelita, el analista sabía que se encontraba ante un panorama muy distinto que si respondía que no pensaba en nadie, justamente porque esa falta de referencia indica una desolación total: son personas aisladas del mundo en el que habitan y devastadas en su mundo interno.

La adolescencia es una etapa de inestabilidad, donde el joven enfrenta cambios a nivel corporal y psíquico. Es un período de crisis, confusiones, duelos, separaciones, búsqueda de identidad, etc. Lo anormal, comenta Aberastury (1988), sería una etapa de estabilidad y tranquilidad. El adolescente se siente invadido, abrumado ante todos los cambios que se le presentan y siente que no cuenta con las herramientas necesarias para enfrentar el mundo adulto.

No todos los adolescentes se suicidan por estas crisis, debe existir una historia que lo antecede. M. Laufer (1998) señala una serie de aspectos que debemos tomar en cuenta: el mecanismo de la desmentida, un superyó sádico y cruel, odio hacia sí mismo y hacia su cuerpo, goce en el sufrimiento, intolerancia al dolor psíquico, incapacidad para hacer frente a las demandas de un self grandioso, atormentarse por fracasos e incapacidad, culpa excesiva, necesidad de castigo, devaluación intensa, vergüenza, abandono, miedo a la separación, incapacidad para manifestar su cólera, expresar la ira hacia adentro, pérdida del sentido de la muerte, ausencia de la función de autoconservación, deseo de matar las cualidades buenas y amorosas de los padres internos y de sí mismo, deseo de silenciar al enemigo interno, al torturador, para llegar a un estado de paz y tranquilidad. Todo esto nos proporciona información clínica muy útil para entender el estado emocional en el que se encuentra el adolescente.

Los Laufer hacen énfasis en la gran dificultad que tiene el joven para integrar el mundo infantil con el mundo adulto sexual. Surge un cuerpo sexual que lo invade, con sensaciones y deseos intolerables. Los adolescentes sienten que ese cuerpo no les pertenece, se sienten “anormales” o, en palabras de Moguillansky, “impresentables” ante los demás. Muchas veces el suicidio atenta, contra ese cuerpo sexual o contra un aspecto de la persona que se odia y que se quiere eliminar. El yo quiere atacar, destruir a ese cuerpo extraño que no es parte de su self. Cuando el joven se ataca físicamente, cree que no ataca a su persona sino a aquello que odia y que quiere destruir.

 

Moguillansky (2006) comenta que cuando un adolescente sobrevive a un acto suicida, no se asombra de estar vivo, pues nunca pensó en morir. Esto habla de la eficacia y de la intensidad de los mecanismos de desmentida. Lo que busca es liberarse de ese cuerpo sexual, del sufrimiento y del dolor, tan intensos. Ataca algo que odia porque se tomó el atrevimiento de morirse, repudiarlo o alejarse y el yo se ofrece como un sustituto. El cuerpo se confunde con un enemigo interno.

 

Este autor comenta que no siempre es la melancolía, la depresión o la identificación la que orilla a un suicidio. En determinado momento, el mundo psíquico del suicida se ve invadido por algo que se apodera de su conciencia y de su vida psíquica, culminando en un acto suicida.

 

El tema es difícil de abordar y muy doloroso, pero con las contribuciones de estos autores se puede llegar a comprender la complejidad de una situación como ésta.

 

Referencias 

  • Aberastury, A. y Knobel, M. (1988). La adolescencia normal. Ciudad de México: Paidós.
  • Laufer, M. (1998). El adolescente suicida. Barcelona: Biblioteca Nueva.
  • Moguillansky, C. (2006). “Conferencia sobre el suicidio”. En Diálogos clínicos en psicoanálisis. Ciudad de México: Centro Eleia, Actividades Psicológicas.