Apuntes sobre psicosomática

Por Conrado Zuliani

Durante mucho tiempo, el cuerpo de la histeria, con sus síntomas corporales, se resistió al saber médico o, ¿fue al revés? Hizo falta el genio de Sigmund Freud para percatarse de que la causa de aquellos grandes sufrimientos y síntomas del cuerpo no debía buscarse en el soma —es decir, en el cuerpo biológico— sino en una serie de fantasías inconscientes en donde las diferentes zonas erógenas participan. La histeria, podríamos pensar, fabrica con sus síntomas, un cuerpo “otro”, distinto de aquel pensable para la medicina. Al respecto, Freud escribió que el síntoma histérico pone en juego una “anatomía subjetiva” (Breuer y Freud, 2003/1895).

Si el síntoma histérico contara, a su modo y bajo sus propias reglas, una historia —como un guion fabricado con los argumentos del Edipo— en los padecimientos psicosomáticos, entonces se trataría de otra cosa. Más que el retorno disfrazado de las fantasías sexuales infantiles, estaríamos frente al fracaso de producirlas. El pensamiento operatorio que describió Pierre Marty (2003) da cuenta de un funcionamiento psíquico que se presenta aplanado, con un empobrecimiento significativo de la producción de sueños y fantasías, en donde el discurso se caracteriza por la concreción. De manera similar, la alexitimia que describieron Nemiah y Sifneos (1970) habla sobre la dificultad del sujeto para distinguir los sentimientos y nombrarlos. Sami-Ali (1994, pp. 13 y 28), por su parte, precisó que, más que una represión de determinados “contenidos” (neurosis), en las psicosomáticas se trata de la “represión” de una función: la de lo imaginario, aquella encargada de producir sueños, fantasías, asociaciones, etc. De alguna forma, podría pensarse en una verdadera escisión entre psique y soma. Al verse impedida la tramitación psíquica de determinadas experiencias, éstas deben repudiarse, evacuarse y dispersarse rápidamente. El repudio y la disociación pulverizan tanto la representación como el afecto. A la vez, la dispersión del afecto se efectúa mediante diversas técnicas evacuativas.

En la psicosomática, el cuerpo piensa por su cuenta, “enloquece”. Las angustias presentes, más que angustias de castración, neuróticas y ligadas al Edipo, son arcaicas, muy primitivas. Es por eso que Joyce McDougall (1993, pp. 301-343) habla de la histeria arcaica, la cual entiende como el temor a perder los límites del cuerpo, terror a tener una identidad separada del objeto materno y a tener pensamientos propios. En estos estados psíquicos, el tema es el derecho a existir por encima del derecho a la satisfacción libidinal, es alternar entre el deseo de fusionarse y el de separarse, entre la dependencia adictiva a las personas que se consideran parte de uno mismo. Lo psicosomático implicaría, entonces, un “más allá” de la simbolización. Aquello que no encuentra oportunidad de ser metabolizado o representado se “descarga” sobre el cuerpo y afecta, ahora sí, al organismo. Es ésta una idea que ha encontrado amplia difusión, aunque actualmente algunos analistas la disputan, pues apuntan, sobre todo, a la posibilidad de que coexistan funcionamientos neuróticos y no neuróticos en un mismo sujeto (Wilfred Bion, José Bleger, Donald Winnicott y André Green han trabajado esta idea), lo cual pone seriamente en cuestión el planteamiento tan difundido que dice que “el paciente psicosomático no simboliza”.

Allí donde priman las angustias primarias, la separación de los objetos se vive como un evento catastrófico (Freud, 2001/1925). Es en esos momentos, durante las separaciones con el terapeuta en el proceso analítico, por ejemplo, cuando recrudecen ciertos síntomas psicosomáticos. Se trata de separaciones que suelen producir en el paciente experiencias de terror y rabia que no reconoce como tales. De algún modo, la parte infantil primitiva está “encapsulada” dentro del adulto y siempre se presta a ocupar la escena psíquica en diversas situaciones, como aquellas de estrés. Al mismo tiempo, McDougall (1993) resalta que ciertos pacientes reaccionan somáticamente, no solo ante el dolor sino ante el placer. Experiencias que suponen cargas emocionales intensas se descargan somáticamente al no encontrar posibilidad de simbolizarse; éste podría ser un punto de enlace, tal vez, entre lo psicosomático y el acting out. Dicho de otra forma, lo psicosomático podría considerarse un acting corporal.

En momentos en donde la tensión sobrepasa nuestra capacidad de elaboración, todos tenemos tendencia a “actuar” en lugar de pensar; son verdaderos intentos fallidos de dispersar y de deshacerse del afecto. Se trata de situaciones en las que los sujetos no pueden contener el exceso de la vivencia afectiva. De esta manera, la persona dispersa las experiencias intolerables por medio de adicciones, descargas somáticas o actuaciones. Aquí, vale la pena retomar la descripción que hizo David Liberman (1993) sobre el paciente psicosomático como un sujeto “sobreadaptado” a las pautas de la realidad externa en detrimento del contacto con la realidad psíquica. La disociación opera, entonces, en varios sentidos: cuerpo vs mente y realidad externa vs realidad psíquica. Al respecto, McDougall (1993) y otros autores señalan que estos pacientes se presentan como verdaderos “normópatas”, es decir, están “enfermos de normalidad”.

Por otra parte, no son pocas las situaciones clínicas en donde el padecimiento psicosomático se presenta como el único modo posible de tener un cuerpo, una existencia separada, de establecer límites corporales con el objeto materno. El paciente falla en la construcción del espacio transicional (Winnicott, 1994), en donde hay, más que nada, objetos “transitorios” (McDougall, 1994) con los cuales intenta calmar las intensas angustias promovidas por la ausencia del otro, lo cual denota una seria dificultad para construir un espacio psíquico personal. En “Más allá del principio del placer” (Freud, 2001/1962), a propósito del juego del Fort Da de su pequeño nieto, Freud nos ofrece la posibilidad de comprender lo fundamental que es la representación mental de la madre. Para él, ésta puede evocarse y nombrarse como un elemento importante en la estructuración psíquica del pequeño. La representación del objeto materno, ahora introyectado, es lo que permite soportar su ausencia.

Podemos concluir que lo psicosomático tiene lugar en el campo de las ansiedades tempranas, de los estados psíquicos tempranos. “Más allá” de la neurosis, lo que representa es el testimonio en el cuerpo de aquellas huellas primitivas; y, como afirma Norberto Marucco (2005), estas huellas no son gobernables, pero siempre activables.

Referencias

Bleichmar, N. y Leiberman de B., C. (2001). Perspectivas del psicoanálisis. Ciudad de México: Paidós.

Freud, S. (2001) Más allá del principio del placer. En Obras Completas. Volumen XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores. Obra original publicada en 1920.

Freud, S. (2001). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas. Volumen XX (1925-26). Buenos Aires: Amorrortu Editores. Obra original publicada en 1925.

Breuer, J. y Freud, S. (2003). Estudios sobre la Histeria. En Obras Completas. Volumen II (1893-1895). Buenos Aires: Amorrortu. Obra original publicada en 1976.

Liberman, D. et al. (1993). Del cuerpo al símbolo: sobreadaptación y enfermedad psicosomática. Buenos Aires: Ananké.

Marucco, N. C. (2005). Cuerpo, duelo y representación en el campo analítico. Algunas reflexiones acerca de “la psicosomática hoy”. En A. Maladesky et al., Psicosomática. Aportes teórico-clínicos en el siglo XXI. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Marty, P. (2003). La psicosomática en el adulto. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

McDougall, J. (1993). Alegato por una cierta anormalidad. Buenos Aires: Paidós.

McDougall, J. (1994). Teatros de la mente: ilusión y verdad en el escenario psicoanalítico. Madrid: Tecnipublicaciones.

Nemiah, J. y Sifneos, P. (1970). Psychosomatic Illness. A Problem in Communication. Psychotherapy and Psychosomatics, 18, 154-160.

Sami-Ali, M. (1994). Pensar lo somático. El imaginario y la patología. Buenos Aires: Paidós.

Winnicott, D. (1994) El juego. En Realidad y juego (pp. 61-78). Barcelona: Gedisa.