Análisis y pseudoanálisis.

Por Solange Matarasso.

Dos sujetos, uno que responde al nombre de “analizando” y otro que responde al de “analista”, se encuentran en un espacio designado como “consultorio”. Pueden reunirse dos o hasta cuatro veces por semana durante cincuenta minutos en cada ocasión, sobre la base de que el primero habla libremente mientras el segundo emite formulaciones (interpretaciones) que responden al discurso de aquel. El analizando le paga honorarios al analista. Pero no por todo ello debemos asumir que ahí está teniendo lugar un psicoanálisis. ¿Qué es, entonces, un psicoanálisis y qué no lo es?

Algunos analistas ponen el acento en una concepción médica y lo practican desde una perspectiva médica. Hay quienes centran su atención en la necesidad de hacer dinero (tanto por parte del analista, como del analizando). Otros más ven en la práctica un deseo de influencia y poder, un interés educativo o una intención de hacer justicia. En todos estos casos el eje no es propiamente psicoanalítico, sino financiero, político, académico o legal.

Bion sostiene que se pueden proponer ideas teóricas diferentes sin que se altere el vértice psicoanalítico. Pero, también, es posible pertenecer a un mismo grupo teórico y que exista un abismo entre lo que él y otros analistas de la misma escuela consideran como psicoanálisis. Para Bion, el problema de definir qué es psicoanálisis y qué no lo es, quién es analista y quién no lo es, no radica en los diversos cuerpos teóricos que componen la doctrina, sino en las diferencias de vértice. Sólo hay un vértice psicoanalítico y se hace psicoanálisis a partir de él.

Desde esta perspectiva –o vértice– Bion sostiene que: “En la medida en que los deseos puedan ser formulados, serán deseos sensoriales y propósitos sensoriales… Estos deseos y propósitos, sin excepción, son irrelevantes para el psicoanálisis.” Los que sí son de su interés son aquellos que no pertenecen al campo de lo sensible, sino que se refieren a lo que podría ser llamado: contemplación o meditación. Esto significa que, mientras que los deseos y propósitos concretos son del campo de la acción, la contemplación o meditación corresponden al campo del pensamiento.

El vértice psicoanalítico es siempre –y exclusivamente– del campo del pensamiento: la reflexión, la introspección, la pregunta por uno mismo. El psicoanálisis sólo lidia con los eventos internos que jamás aluden a problemas concretos, sino a deseos inconscientes (los cuales no son del ámbito de lo concreto), motivaciones, emociones, ideas, fantasías o fantasmas.

Ciertamente, el proceso analítico lidia con propósitos y anhelos subyacentes a diversos deseos sensibles que pueden ir desde ganar dinero, hasta tener hijos, conseguir otro trabajo, casarse o descasarse. Sin embargo, tanto analista como analizando deben abstenerse de buscar la concreción de tales pretensiones vía el análisis, dado que estos propósitos pertenecen al dominio de la acción y el psicoanálisis está confinado al dominio del pensamiento. Pensamiento y acción son mutuamente excluyentes. Si nos centramos en hechos concretos, dejamos de lado el pensamiento, que es del campo del significado. Si dirigimos nuestra atención al terreno del significado, entonces nos alejamos del campo de la acción.

El propósito del psicoanálisis o el vértice psicoanalítico como tal es, entonces, la meditación, la reflexión, la contemplación: el significado. Su objeto de observación son los eventos internos, los cuales carecen de una forma sensible que percibamos a través de nuestros sentidos. Este tipo de fenómenos únicamente pueden ser intuidos. El campo del psicoanálisis no es el del placer o el del displacer, sino el de la pregunta, la curiosidad, la expansión del conocimiento relativo a lo interno.

Pero nuestra vida transcurre de manera paralela por la vía de la acción y la del pensamiento. Comer, dormir o responder a las demandas sociales reclaman una existencia real. No se pueden dejar de llevar a cabo estas actividades en aras del pensamiento o de la capacidad psicoanalítica, pero tampoco podemos desistir de conceder un significado a nuestras experiencias y expandir la capacidad de comprender nuestra propia vida entregándonos por completo a la necesidad de comer o dormir, casarse o divorciarse, tener o perder, comprar o vender. Justamente, el psicoanálisis sirve a estos últimos fines: reflexionar, significar y comprender.

Un problema no poco frecuente en la práctica psicoanalítica es la confusión entre estos dos campos y la pretensión de que la sesión analítica sirva para buscar solución a los deseos y necesidades sensibles. En ese caso, la diada analítica habrá invadido el campo de la acción, cancelando irremediablemente el espacio analítico. Lo que aquí ocurre es que a la hora de “hacer” no se piensa, del mismo modo que a la hora de pensar no se “hace”.

Sin embargo, demasiadas veces el analista se inclina por indicar al analizado la forma como “debería” hablar con su mujer o su jefe en lugar de someterse a ellos, poner límites a sus hijos y dejar de temerles, ser menos agresivo con su madre, animarse a tener relaciones sexuales con Fulana y dejar de salir con Zutana o hacer ejercicio porque es bueno para su salud. El vértice psicoanalítico apuntaría a comprender y dar sentido y significación al sometimiento, a la tiranía, al miedo, al sentimiento de desamparo o a la voracidad que subyacen a esos conflictos. Desde luego, una vez que se ha perdido el vértice psicoanalítico en una sesión o como modalidad constante dentro del tratamiento, se vuelve cada vez más difícil volver a él.

Ciertamente, esta actitud puede ser atribuida al analizando, pero entendemos que él está autorizado a buscar un análisis para satisfacer sus deseos, con el propósito de eludir las vicisitudes del proceso de pensamiento, porque esa es, precisamente, su dificultad psíquica. La pregunta que gobierna su estado mental es: ¿Para qué meterse en el laberinto de comprender y soportar el dolor de la verdad, si se pueden simplemente satisfacer los deseos?

En el trabajo conjunto con el analista, el sujeto habrá de capacitarse paulatinamente para soportar el dolor que implica la verdad, comenzando con la primera de ellas: que no hay objeto posible que satisfaga a cabalidad todos sus deseos. Esto quiere decir que el analizando puede iniciar un tratamiento gobernado por un impulso a la acción, pero tendrá que desarrollar la capacidad psicoanalítica o de pensamiento en el trabajo analítico.

No obstante, si la tendencia hacia la acción en detrimento del pensamiento es ejercida por el analista, entonces se configura un mal uso del psicoanálisis o un ataque frontal al mismo. Se trata de un “como si” de psicoanálisis en el que, no por el hecho de que se junten en un consultorio dos personas que se hacen llamar analizando y analista, está teniendo lugar una sesión psicoanalítica. Las desviaciones del vértice psicoanalítico pueden parecer insignificantes, pero sumadas son capaces de configurar “…una imitación del psicoanálisis antes que aquello que es genuino…”.