Adicciones y psicosis: un acercamiento a partir de La luna de Bernardo Bertolucci

Mario Domínguez Alquicira

Las adicciones dan testimonio de un estrechamiento del registro simbólico, de una insuficiencia de Dios, del padre. Podría decirse que, en aquellas personas que las desarrollan, existe un enorme déficit en la función paterna, una falla en la operación constitutiva de la metáfora del “nombre del padre”. Es preciso suplir sin cesar la claudicación de una instancia simbólica y el medio que el adicto encuentra para suplir ese desfallecimiento del otro es precisamente la droga; dicho de otra forma, así como el creyente recurre a Dios, el adicto recurre a la droga por su valor simbólico. Como el verdadero creyente, el adicto está convencido de lo maravilloso de su deidad venerada —el objeto de su adicción— y atribuye a ésta la capacidad de responder todas sus preguntas.

Sylvie Le Poulichet (1990) definió los montajes adictivos que la operación del Farmakon engendra en las configuraciones clínicas (neurosis, psicosis y perversión) bajo las categorías de suplencia y suplemento. Respecto a la intersección entre toxicomanías y psicosis sostiene que “las toxicomanías de la suplencia son formaciones que pueden prestar algo del cuerpo a ciertos sujetos psicóticos” (p. ). La operación del Farmakon se presenta como una tentativa última de mantenerse fuera del mundo, procurar establecer cierta distancia o poner freno al goce del otro; Le Poulichet advirtió que ésta “intenta entonces organizar un circuito cerrado que de algún modo pretendería ‘tapar’ los orificios para la invasión de un Otro no castrado”. Con lo anterior, la pregunta que se impone es: ¿cómo desprenderse de ese abrazo mortal con la madre, cuando ningún significante le permite al sujeto separarse del otro primordial o poner coto a su goce no frenado por la función fálica?

Para responder a esta pregunta e intentar llegar a alguna hipótesis, podemos referirnos a la obra cinematográfica de Bernardo Bertolucci, La luna (1979). El argumento central de esta cinta es sencillo: ante la repentina muerte de su esposo, Caterina Silveri, una famosa cantante de ópera, tiene que llevarse a su hijo Joe a una gira por Italia. A partir de ese momento, entre madre e hijo se inicia una relación incestuosa, al tiempo que el joven se vuelve adicto a la heroína. La película muestra a un adolescente cuya familia está recompuesta y la figura paterna es inconsistente. La incapacidad de la función paternal es evidente en Douglas, el padrastro, y prueba de ello es el absurdo accidente que acaba con su vida. Si bien Douglas no estuvo del todo ausente, fue incapaz de posicionarse como adulto y educador. Así, en la vida de Joe siempre está presente la falta de orientación para existir, así como la ausencia de límites a causa de prohibiciones paternas que nunca se le dieron o que se sostuvieron de forma insuficiente. En contrapunto, la madre ejerce un amor invasivo que le impone a su hijo, sin su conocimiento, pruebas personales —como la iniciación sexual con una chica que acaba de conocer, el consumo de drogas o la fuga— para así romper el cordón umbilical simbólico y acceder a su propia existencia. Las conductas de riesgo tienen su origen en la sobreprotección maternal: aquello que el joven no encuentra más en su casa, lo busca en el exterior y de forma deshilvanada, en un cuerpo a cuerpo con lo real.

El entramado protector constituido por el lenguaje no alcanzó para impedir que el sujeto, en este caso Joe, quedara a merced del goce del Otro como objeto. Cuando la metáfora paterna no logra imponer un límite al deseo de la madre y romper con la célula narcisista, producir una separación y encontrar una hiancia entre madre e hijo, se genera una forma de identificación con el objeto parcial; de esta forma, el sujeto “se hace” parcialmente objeto del goce del otro. Se trata, precisa Le Poulichet, de pacientes cuyo cuerpo se había precipitado en forma de una ofrenda para el Otro materno. La autora evoca una clínica en la que los pacientes, la mayoría heroinómanos adolescentes, organizan un montaje de toxicomanía para tratar de limitar ese goce. En La luna, la situación se vuelve evidente cuando el joven Joe declara: “necesito dos dosis diarias. Si no tomo la droga, enfermo. Me pongo una inyección y todo es maravilloso, lo malo desaparece”.

La función del tóxico

Hasta aquí, podemos considerar que el uso de la droga es un intento por regular ese goce que invade a Joe, para tratar de restituir el lugar del Otro. Se trata de una clínica que presenta la emergencia de lo real, donde el tóxico representa un recurso, una respuesta o una “solución”. Tal función defensiva de la adicción fue destacada por Edward Glover (1932), quien asemejó las tendencias adictivas a las tentativas de curación del delirio o, más aún, las entendió como un modo de obtener una estabilidad. Debemos preguntarnos, entonces, sobre la función de la droga, el modo en que un sujeto inicia el consumo y cómo ésta se articula en su economía psíquica (Naparstek, 2005). En el caso de la cinta, y a nuestro criterio, Joe es, efectivamente, un sujeto psicótico, para quien la heroína cumple la función de atemperar el goce y proporciona alivio. Eric Laurent (1997) planteó que el lazo que establecen algunos sujetos psicóticos con una droga muchas veces les permite localizar un goce. En la experiencia analítica, es común encontrar también el recurso a la droga como un escape de la angustia frente al deseo del Otro:

La clínica enseña que, si estos sujetos siempre están en riesgo de perderse en La Madre, trabajan en una forma de resguardo que a menudo adquiere los rasgos de un llamado al Padre. Dicho de otro modo, esos montajes son una manera de “habérselas con” el cuerpo de La Madre cuando no lo mantiene a distancia una interdicción del Padre (Le Poulichet, 1990, pp. 130-131).

En La luna, el llamado al Padre ocurre durante el viaje de Joe a Parma para visitar el hogar paterno, así como en el hecho de que busca a su verdadero padre, Giuseppe, a la salida del colegio para decirle que su hijo murió por una sobredosis. No obstante, el punto culminante sucede cuando Giuseppe lo abofetea por no decirle la verdad sobre su identidad.

En la operación del Farmakon, el sujeto procura limitar al Otro, ponerle un dique; según Le Poulichet, ésta es una respuesta que se organiza frente a un “demasiado lleno” del Otro primordial. Estas puntuaciones se correlacionan con lo que Jacques Lacan (1992) explicó utilizando la imagen de la mantis religiosa, es decir, “como una matriz de la función atribuida a lo que se llama la madre castradora”. Este insecto decapita a su partenaire en el preciso momento del encuentro cuerpo a cuerpo.

El deseo estragante de la madre

Lacan sostiene que el deseo de la madre siempre produce estragos y la describe gráficamente como un cocodrilo, en cuyas fauces puede quedar la presa. Lo que resultaría estragante es el deseo de la madre que escapa a la ley paterna; ante esto, cabe interrogarse: ¿cómo se da la versión del padre en estos sujetos capturados o devorados por la madre? Una aproximación a esta pregunta es pensar el posicionamiento del sujeto a través de una identificación con algún rasgo del padre —también devorado. En tanto tragado-poseído-decapitado-castrado hay un “pase libre” para el establecimiento de una relación mortífera entre la madre y su hijo, en la que aquella lo ubica como un objeto de goce. Si el hijo deviene objeto, queda desalojado de su deseo. Como puede percibirse en el caso de Joe, la función de la madre está unida a la transmisión de la ley paterna. Es así como la manera en que la madre vive su propia relación con el padre y con la ley se verá reflejada en la transmisión que le comunicará al hijo (Jarque y Burgos, 2010). Madre totalizante que, al darle todo, lo aniquila en su ser deseante. Madre completa que por su particular posicionamiento no puede ubicar a este hijo en la ruta del deseo. ¿Cómo lo logra? Precisamente atiborrándolo de “miel asfixiante y tóxica”.

Lo anterior se constata en la primera secuencia de la película, que Bertolucci concibió como un sueño, y que inicia con un primer plano de la madre ofreciéndole miel al pequeño Joe. A esta escena le sucede un primer plano de Joe atragantándose con la miel. Se insertan primeros planos de alguien manipulando un pescado. La relación entre la alimentación y los primeros planos se mantiene a lo largo de toda la secuencia. Más adelante veremos cómo, luego de comprarle heroína a Mustapha, el dealer árabe de Joe, Caterina suministrará a su hijo una dosis para ayudarle a contrarrestar el síndrome de abstinencia. La madre logra paliar esta aflicción mediante la masturbación de su hijo, con lo cual establece una relación directamente sexual.

En su obra, Monterde y Riambau buscaron establecer las grandes líneas que caracterizan psicoanalíticamente los temas y las relaciones internas de cada uno de los filmes de Bertolucci. De La Luna dijeron que se trata de un filme provocativamente psicoanalítico, cuyos elementos dramáticos fundamentales (a saber: la droga, la música y la sexualidad) están estructurados bajo el signo de Sigmund Freud. Mas no se trata de un filme sobre la droga en sí, por lo que no es de extrañar que carece de elementos como las causas sociales de la adicción o los mecanismos de funcionamiento del mundo de la droga. Sin embargo, ofrece una interesante perspectiva sobre la capacidad simbólica de las drogas frente a aquel que se ha visto carente de una figura paterna y asfixiado por el amor materno.

A modo de conclusión, podemos decir que, en la psicosis, las drogas muchas veces se vuelven una solución que permite al adicto obtener una estabilidad. Desde este punto de vista, la adicción es una tentativa de curación. Preguntarnos qué función tiene la droga en la economía psíquica de cada sujeto, nos permitirá ver qué tipo de estructura está en juego.

 

Referencias

Glover, E. (1932). On the Aetiology of Drug-addiction. International Journal of PsychoAnalysis 13, pp. 298-328.

Hekier, M. y Millar, C. (2005). Anorexia-bulimia: deseo de nada. Buenos Aires: Paidós.

Jarque, C. y Burgos, L. (2010). La madre estrago. Toledo: Ledoria.

Laurent, E. (1997). Tres observaciones sobre la toxicomanía. En Sujeto, goce y modernidad. Los fundamentos de la clínica, tomo II. Buenos Aires: Atuel-TyA.

Lacan, J. (1992). El Seminario. Libro 17: el reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Le Poulichet, S. (1990). Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo. Buenos Aires: Amorrortu.

Monterde, J. E. y Riambau, E. (1980). Bernardo Bertolucci: entre Marx y Freud. Madrid: Ediciones J C. (Directores de cine 4).

Naparstek, F. et al. (2005). Introducción a la clínica con toxicomanías y alcoholismo. Buenos Aires: Grama Ediciones.