Archivos mensuales: septiembre 2016

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La psicoterapia de grupo, pareja y familia

Por Muriel Wolowelski

Los profesionales dedicados a la salud mental brindamos ayuda y buscamos aliviar el sufrimiento de aquellos que padecen trastornos emocionales. Algunas dificultades se gestan al interior de grupos en los que se desenvuelven las personas, como la pareja, la familia, con las amistades, en el ámbito laboral o en el social. Dentro de las psicoterapias derivadas de la teoría psicoanalítica se encuentran las terapias de familia, de pareja o grupal, como una alternativa que combina el trabajo en el vínculo sin dejar de lado el quehacer individual.

Al iniciar un tratamiento, una de las consideraciones principales es la de la indicación, es decir, cómo elegir correctamente el tipo de psicoterapia. Si bien es cierto que la teoría psicoanalítica propone que el trabajo con las fantasías individuales es sumamente útil y repercute positivamente en el entorno del paciente, hay ciertas circunstancias en las que la problemática amerita trabajar centralmente con las relaciones grupales o familiares, sobre todo cuando se encuentran significativamente deterioradas. Los especialistas entrenados en este campo se ocupan de atender y mejorar las habilidades de comunicación y relación entre los miembros de la familia.

La terapia familiar o de pareja está indicada en aquellos casos donde se presentan cambios significativos en las relaciones familiares, como la pérdida de un miembro del grupo familiar, enfermedades, lesiones permanentes, la pérdida de empleo, problemas de migración o la inminente ruptura de un vínculo amoroso.

Las familias pueden enfrentarse a una gran cantidad de obstáculos y problemas. Hay hogares que viven “angustiados” porque alguno de sus miembros no cumple con las expectativas establecidas, por ejemplo, el caso de un padre con poco éxito económico que es parte de una familia que desea tener acceso a actividades costosas. Otras guardan asuntos inconclusos, secretos o resentimientos y el conflicto se manifiesta de manera permanente.

Asimismo, la psicoterapia grupal, de pareja o familiar se basa en diferentes marcos teóricos, como el sistémico, el interaccional, de apoyo o de orientación psicoanalítica. Podría recurrirse a una terapia breve de familia cuando existe un conflicto en el que todos los miembros de la familia coinciden y, por lo tanto, se encuentran motivados para arreglarlo; también en el caso de una pareja que necesita ayuda para definir un divorcio.

En otras ocasiones, este tipo de psicoterapias pueden realizarse de forma complementaria a otros tratamientos, como la terapia individual o la administración de fármacos, como es recomendable en el caso de pacientes psicóticos, quienes se benefician de un espacio familiar, una terapia individual simultánea y su prescripción de medicina psiquiátrica, que contribuye al alivio de sus síntomas.

Es frecuente que un miembro de la familia cargue con toda la patología grupal y, en este sentido, el terapeuta busca implementar una estrategia para reorganizar las relaciones alteradas y transformarlas en vínculos más saludables. Por ejemplo, los síntomas de un miembro de la familia pueden acarrear ganancias secundarias que mantienen dinámicas enfermas; éstas son familias que encuentran complicado el acceso a la salud y prefieren sostener el equilibrio patológico.

Tales modalidades terapéuticas se pueden aplicar a una amplia gama de situaciones: si un adolescente presenta trastornos de conducta derivados de la relación con su familia (al convivir con los hijos de la nueva pareja de su madre, por ejemplo), si se presentan problemas matrimoniales por dificultades sexuales, discrepancias culturales, etc., en situaciones graves de adicciones, maltrato físico o abuso a los menores. Las psicoterapias de grupo pueden impartirse dentro del ámbito institucional o en el consultorio privado, ya sea en atención a niños, adolescentes o adultos, con resultados muy provechosos.

En estas terapias se busca reducir los sentimientos de aislamiento o hacer aflorar las características comunes entre las personas del grupo. En otras ocasiones, el mismo grupo es tratado como un paciente: las interpretaciones se dirigen al grupo como un todo y el objetivo es lograr el insight sobre las reacciones de transferencia que surgen.

Por ejemplo, un hombre joven se integra a un grupo terapéutico y posee una difícil historia personal y familiar. Al principio, se desploma en su lugar sin moverse ni participar, sólo dirige su mirada al terapeuta. Si el grupo logra tolerar la depresión y distancia de este muchacho, superando sus intentos de sabotear toda ayuda, se convertirá en un medio terapéutico para contenerlo y reflexionar sobre sus relaciones.

La mayor parte de las modalidades psicoterapéuticas buscan, esencialmente, liberar a los seres humanos del sufrimiento, ayudarlos a recuperar la salud, el bienestar y a descubrir forma de desarrollar sus potencialidades en armonía con su entorno físico y social, dentro de un marco de respeto y generosidad hacia los demás. Los tratamientos de pareja, familia y grupo no son la excepción y se incluyen dentro del arsenal clínico con el que cuenta el psicoterapeuta.

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Sigmund Freud y el narcisismo universal e individual

Por Miguel Eduardo Torres Contreras

 

Un fuerte egoísmo preserva de enfermar,

pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo

y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar.

Sigmund Freud, Introducción del narcisismo.

Sin ser un filósofo o un científico, tal como comúnmente se entiende el término, Sigmund Freud ha influido de manera decisiva en la concepción que el ser humano tiene sobre sí mismo. Sus propuestas fueron fundamentales en el siglo XX y lo siguen siendo en el presente. Él mismo fue consciente de su alcance.

En uno de sus escritos de 1917, Una dificultad del psicoanálisis, menciona que el narcisismo universal, es decir, el amor propio de la humanidad, ha recibido tres graves afrentas desde la investigación científica. La primera, denominada cosmológica, fue llevada a cabo por Nicolás Copérnico en el siglo XVI. La percepción sensorial de que la Tierra no se mueve y la convicción de que era el centro del universo, eran garantía del papel dominante del hombre sobre el mundo, lo cual resultó ser una ilusión narcisista.

La segunda afrenta corrió a cargo de Carlos Darwin en el siglo XIX. El hombre se distanció de los animales diciendo que éstos carecen de razón y enfatizando que nuestra alma es inmortal y de origen divino. Esta arrogancia fue derribada por los estudios de este científico: el hombre es parte del reino animal, pariente de algunas especies y su cuerpo muestra semejanza con aquel mundo del que pretendió alejarse. Esta segunda confrontación, llamada biológica, le recordó al hombre que está mucho más cerca del mundo animal de lo que admite.

La tercera afrenta al narcisismo de la humanidad fue encabezada por el mismo Sigmund Freud y la designa como psicológica. El hombre ha creído durante siglos que su vida psíquica es solamente consciente, es decir, que el yo de cada individuo conoce plenamente a través de la consciencia todo lo que ocurre en su vida mental (pensamientos, emociones, sentimientos, etc.) y decide qué hacer usando su voluntad. Pero, en realidad, la vida psíquica del hombre es mucho más compleja.

Por ejemplo, un individuo siente angustia y enojo cuando ve desordenada su oficina: sabe que el desorden le causa angustia y enojo, pero no sabe por qué. Otro individuo puede sentir mucho miedo ante los insectos, pero no conoce las causas de tal comportamiento. Dice el fundador del psicoanálisis que el yo “no puede comprender por qué se siente paralizado de una manera tan rara” (Freud, 1917a, p. 133).

El psicoanálisis se dedica a indagar este tipo de actitudes y su origen, llegando a la conclusión de que una gran parte de la vida mental no está bajo dominio del yo y del imperio de su voluntad. El hombre ha sobreestimado el poder que tiene sobre sí mismo y su vida psíquica; en otras palabras: “el yo no es amo en su propia casa” (p. 135). En efecto, la vida mental del hombre no sólo está formada por el yo y la consciencia, sino que hay una instancia psíquica inconsciente, de cuyos contenidos el individuo nada sabe. Por tanto, dicha pretensión del hombre resulta ser una mera ilusión.

Así pues, el ser humano recibió tres golpes a su narcisismo en los últimos cinco siglos: no es el centro del universo, no es radicalmente distinto de los animales y no es dueño cabal de su vida psíquica y de sus decisiones. Esto lo ha despojado del lugar privilegiado que se construyó; él mismo lo ha deconstruido.

Pero, además de abordar este narcisismo universal o amor propio de la humanidad, Sigmund Freud planteó la existencia de un narcisismo en cada individuo. En 1914 publicó Introducción del narcisismo, un escrito muy importante por diversas razones. En él afirma que en todo ser humano hay un narcisismo primario presente en los primeros años de vida. Si se observa con atención a los bebés o niños pequeños, se constata que, en buena medida, sólo les interesa que los adultos satisfagan sus necesidades biológicas o sus demandas de amor, cuidado y protección. Creen que el mundo gira en torno a ellos y los adultos a menudo lo corroboran. Basta ver a los miembros de la familia cómo tratan a un bebé: lo abrazan, lo arrullan, le dicen palabras cariñosas; en el automóvil se pone un letrero que dice “bebé a bordo”. Freud utiliza una expresión que sintetiza este mundo que gira en torno al infante: “Su Majestad, El bebé”.

Este narcisismo primario nunca desaparece por completo. Antes bien, es el amor propio o sentimiento de propia valía que posee, en alguna medida, todo individuo. Es lo que muchos años después, en la década de los años 80 del siglo pasado, se denominó autoestima. De hecho, Freud utilizó en este escrito sobre el narcisismo el término “autoestima” sólo una vez.

Ahora bien, conforme va creciendo el infante e interactuando con su madre y demás personas alrededor suyo, ese amor que en un principio era sólo hacia sí mismo, ahora se va “colocando” también en las personas con las que se vincula y en las actividades que realiza. Surge el amor hacia su madre, su padre, sus hermanos, sus abuelos, algún juego, etc. Este paso es fundamental en el desarrollo de la psique de todo individuo; Sigmund Freud lo llamó amor de objeto.

Los vínculos amorosos de la temprana infancia, particularmente con los padres, son muy importantes, ya que constituyen la base sobre la cual se desarrollarán con los demás. Un ejemplo extremo ocurre en el enamoramiento: el ser amado ocupa los pensamientos y el tiempo del enamorado casi por completo; pareciera que se olvida de sí mismo a causa del otro, mientras que todo lo demás pasa a segundo término. Afortunadamente, tal estado es temporal; esto permite que conozca a la otra persona de una forma más realista.

Sin embargo, no todo queda ahí. Hay situaciones en las que el individuo se retrae, se repliega sobre sí mismo y no tiene gran interés en entrar en contacto con el mundo exterior. Esto sucede, por ejemplo, cuando alguien se enferma: no tiene ganas de salir, quiere quedarse en casa, busca que lo atiendan. Ocurre también cuando se experimenta una pérdida amorosa o cuando fallece un ser querido; la cercanía con las personas y las actividades que daban satisfacción, dejan de importar, el mundo se torna sombrío. Pero después de dicho repliegue narcisista, por lo general, el individuo vuelve a su vida cotidiana y restablece su vinculación con el mundo y la gente.

En resumen, la vida de cada persona es una constante oscilación entre su amor propio (narcisismo) y su amor por los demás (amor de objeto). Lo más conveniente es lograr un equilibrio dinámico entre ambos. Ello posibilita que la persona se cuide y busque su desarrollo y, también, vea por el otro y promueva su crecimiento.